Brasil vota este domingo 4 de octubre en una elección que, además de definir al próximo presidente, pone en juego 513 bancas de diputados, 54 de senadores (dos tercios de la Cámara alta), 26 gobernaciones y la totalidad de las legislaturas provinciales. Son 159 millones de electores habilitados, de un padrón total de 220 millones de habitantes, los que deciden si Luiz Inácio Lula da Silva consigue un cuarto mandato no consecutivo a sus 80 años, o si Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado, se queda con la banca que su padre no puede disputar.
Las encuestas muestran una paridad que no se veía desde 2022, cuando Lula le ganó a Jair Bolsonaro en balotaje por apenas 1,8 puntos. Los últimos sondeos previos a la veda (Datafolha ubicó a Lula en 40% contra 36% de Flávio; Quaest, 39% a 34%) coinciden en algo: ninguno de los dos candidatos llegaría al 50% de los votos válidos necesario para ganar en primera vuelta, lo que obligaría a un balotaje el 25 de octubre.
Para entender qué hay detrás de ese empate técnico, La Pluma consultó a dos especialistas: Dolores Gandulfo, especialista en relaciones internacionales y procesos electorales que se desempeña como secretaria en el PARLASUR, y Gustavo Perego, economista y director de Negocios para Latinoamérica en ABECEB, especializado en Brasil y el Cono Sur. Estas son las claves que surgen de ese análisis, combinado con los datos duros del proceso.
Qué está en juego en la elección
Más allá del resultado puntual entre Lula y Flávio, la elección brasileña se mide también por su impacto regional. En los últimos años, candidatos de derecha se impusieron en Chile (José Antonio Kast), Perú (Keiko Fujimori), Ecuador (Daniel Noboa), Colombia (Abelardo de la Espriella), y hasta el propio Javier Milei en Argentina, consolidando un corrimiento del mapa político sudamericano que convierte a Brasil, la economía más grande de la región, en la prueba de fuego de esa tendencia. Si Flávio Bolsonaro gana, esa ola de derechas continentales se profundiza; si Lula retiene la Presidencia, se frena al menos en el país con más peso económico y poblacional de Sudamérica.

Puertas adentro de Brasil, lo que se dirime no es solo quién gobierna, sino qué modelo de desarrollo conduce al país en los próximos cuatro años, en momentos en que la violencia se consolidó como la principal preocupación ciudadana, por delante de la economía, la corrupción, la salud y la educación, según coinciden los relevamientos de opinión pública citados por distintos medios brasileños.
Dos modelos de país
Para Perego, la elección condensa dos proyectos económicos claramente diferenciados. «Por un lado, es un Lula con modelo de gobierno de mayor intervención estatal, sin llegar al extremo de la Argentina, o sea, sin intervención del Banco Central más allá de los discursos de que la independencia se mantiene, pero sí mayor intervención del Estado, mayor gasto público, déficit fiscal, que hoy está en 10%», explicó el analista a La Pluma. El dato que preocupa, agregó, es la trayectoria de la deuda: «En los últimos cuatro años, con Lula, la deuda aumentó 10% del PBI, está en 84%», lo que anticipa una economía que deberá convivir con tasas de interés altas en el mediano plazo si esa tendencia no se corrige.
Del otro lado, el equipo de Flávio Bolsonaro propone «una idea más aperturista, mayor integración al mundo, más iniciativa privada y menos control estatal«, con el objetivo explícito de «romper monopolios estatales», en la línea de la legislación que impulsó inversión privada en infraestructura sanitaria y urbana durante la gestión de Jair Bolsonaro. Según Perego, ese modelo también apunta a un recorte del gasto público para equilibrar las cuentas, lo que en el mediano plazo «podría bajar la tasa» de

interés. «Cada uno elige en el menú que le gusta», resumió.
El mapa del voto: religión, clase y zonas clave
La base electoral de cada espacio también está marcada por líneas religiosas, de clase y territoriales muy definidas. Según el último censo citado por Perego, el voto evangélico representa el 30% del electorado brasileño y es mayoritariamente de derecha y centroderecha: «Ese es un voto que en su amplia mayoría estaría yendo hacia Bolsonaro, o hacia candidatos regionales, gobernadores o diputados que defienden la familia y los valores cristianos», señaló.
En términos geográficos, el Partido de los Trabajadores concentra su fuerza en el Nordeste, una región históricamente pobre. «El PT, que surgió como un partido de demanda sindical de zonas industriales en San Pablo, terminó durante su gobierno transformándose en un representante de las oligarquías de zonas no industrializadas del Nordeste y Norte brasileño», explicó Perego. El bolsonarismo, en cambio, domina en el Sur, el Centroeste y, cada vez con más fuerza, en el Sudeste, a medida que el PT perdió su nexo histórico con el votante de la periferia industrial del Gran San Pablo.
Hay, además, una lectura de clase que el analista describe como parte de un fenómeno global: «Clases medias altas y clases altas en Brasil son de centroizquierda declarado, eso se ve en las universidades. Y clases medias bajas son de derecha, lugares donde entra fuerte también el pensamiento evangélico«. Las clases bajas, en cambio, aparecen hoy divididas: según Perego, la izquierda brasileña «tiene un gran problema para darle respuesta a la clase baja», porque no quiere abordar de lleno el problema de la inseguridad, mientras que el avance del cuentapropismo y el empleo informal empujó a buena parte de ese electorado hacia posiciones más conservadoras. El resultado de fondo, remarcó, es estructural: «Si vos hacés una encuesta en Brasil, más del 60%, me animaría a decir el 70% del perfil del votante brasileño es conservador de centroderecha. Y eso está reflejado en el Congreso, que históricamente es de centroderecha».

El voto electrónico
Uno de los ejes menos conocidos para el público argentino es cómo funciona —y por qué genera confianza— el sistema de votación brasileño. «La urna electrónica es uno de los pilares del sistema electoral brasileño y de la construcción de confianza ciudadana en sus elecciones», explicó Gandulfo a La Pluma. Implementada en 1996, surgió originalmente como respuesta a los altos niveles de analfabetismo que dificultaban el uso de las boletas de papel y generaban denuncias de fraude. Hoy permite organizar la votación de más de 158 millones de electores mediante un sistema biométrico de identificación y una pantalla que muestra el número, la foto, el nombre y el partido de cada candidato, categoría por categoría.
El dato central, según la especialista, es que el software y toda la cadena de seguridad están bajo control exclusivo de la Justicia Electoral, sin intervención de empresas privadas en el desarrollo del sistema de votación. Esa confianza institucional fue puesta a prueba en 2022, cuando Jair Bolsonaro impulsó una ola de desinformación contra las urnas y el propio Tribunal Superior Electoral (TSE), pese a haber llegado a la Presidencia en 2018 mediante ese mismo sistema. La respuesta del TSE fue, por primera vez en la historia electoral brasileña, habilitar la observación internacional, algo que ni Argentina, ni Chile ni Uruguay contemplan en su propia normativa, con misiones de la OEA, el PARLASUR y UNIORE (el organismo que nuclea a las autoridades electorales de América Latina y el Caribe). «Brasil muestra que la confianza ciudadana no depende sólo de la tecnología, sino del control público del sistema, la transparencia, las auditorías, la observación independiente y la fortaleza de la autoridad electoral», resumió Gandulfo.
La especialista aclaró a este medio que «la polarización que instaló el bolsonarismo desde su irrupción generó un terreno fértil para que ciertos discursos de desconfianza prendan en su electorado más fanatizado, pero que ese fenómeno tiene más que ver con eso y no con una percepción de falta de confianza o de que la gente va y no sabe cómo votar». De hecho, remarcó, el propio sistema judicial brasileño falló a favor del TSE en la disputa que mantuvo con la red social X (ex Twitter) por la difusión de contenido vinculado al proceso electoral.

Apatía y polarización
Pese a la paridad en las encuestas, la campaña que termina este domingo está lejos de despertar entusiasmo. «Hoy tenés dos campañas que son mucho más apáticas, dos candidatos que tienen un rechazo altísimo: Lula tiene un rechazo de 45% más o menos, y Flávio, por el padre, también tiene un rechazo cercano al 40%«, describió Perego.
Ambos espacios se sostienen sobre un núcleo duro que no supera individualmente el 25% del electorado —el PT por un lado, el bolsonarismo por otro—, pero que alcanza para proyectar un resultado de primera vuelta históricamente concentrado: Perego estima que Lula y Flávio podrían sumar entre los dos más del 90% de los votos válidos este domingo, dejando apenas resquicios para el resto de las once fórmulas en carrera.
La dimensión internacional de la elección
La elección brasileña no se juega solo puertas adentro. En julio, Javier Milei participó del lanzamiento de campaña de Flávio Bolsonaro y aprovechó el escenario para cruzar públicamente a Lula, lo que derivó en que Brasil llamara a consultas a su embajador en Argentina en un gesto diplomático poco habitual entre dos socios del Mercosur. Esa tensión bilateral se completa con el cruce de Lula con Donald Trump, que terminó convirtiéndose, según Perego, en munición política de ambos lados de la interna electoral brasileña.

«Cada candidato está buscando su excusa para decir por qué perdió», planteó el analista. Según reconstruyó, el propio Lula evitó presentarse al último debate para no exponer una silla vacía y, en cambio, concedió una entrevista en un podcast donde instaló la idea de una injerencia de Estados Unidos en el proceso electoral. Esa versión motivó que sectores oficialistas de la Corte Suprema brasileña —dividida, según Perego, entre magistrados afines y opositores al Gobierno— pidieran a la Policía Federal que investigara la denuncia, con allanamientos y pedidos de información incluidos. La propia Policía Federal, sin embargo, ya publicó una nota aclarando que, hasta el momento, no encontró pruebas que confirmen esa injerencia.
Del otro lado, el bolsonarismo construye una narrativa especular: denuncia que tanto el Supremo Tribunal Federal como el Tribunal Superior Electoral intervinieron en reiteradas ocasiones para «complicarle la campaña» a Flávio, en lo que caracterizan como una persecución judicial que alcanza también a Jair Bolsonaro. «Ambos construyen su propia narrativa de derrota», sintetizó Perego, en una definición que anticipa que, gane quien gane este domingo —o se defina recién en el balotaje del 25 de octubre—, la discusión sobre la legitimidad del proceso no se va a cerrar con el recuento de votos.
JD/CM










