«Acá está un poco complicado», escribió en la carta un joven Daniel Ontiveros en una mezcla de inconsciencia y espíritu de aventura a su novia, Rosana Fuertes. Un oración breve para explicar cómo estaba la situación en Malvinas. Ontiveros había pasado el servicio militar, el entrenamiento en Tandil y la vuelta a Mar del Plata, donde vivía cuando recibió el llamado. Categoría 63, fue elegido para combatir a los ingleses con apenas 18 años.
En 1982, cursaba segundo año en la escuela de Artes Visuales de Mar del Plata. Un año antes había quedado flechada con Rosana, también estudiante y artista. Pero ese amor inocente sería interrumpido por la convocatoria a jóvenes —la mayoría nacidos en 1962, pocos de 1963— para repatriar las Malvinas. «La adolescencia terminó ahí, fue una experiencia que por un lado nos unió más, pero a la vez muy traumática», explica Rosana.
El entrenamiento para la guerra había sido breve, 18 días en Tandil. La distancia con Rosana no implico, sin embargo, una pausa en la relación. «Ella fue un montón para mi durante la guerra, le agradecía tanto que me escribiera por la felicidad y el apoyo que me daba, para no sentirme abatido todo el tiempo. La letra de quien amas te sostiene», recuerda Daniel. En Malvinas, Ontiveros dibujaba en un bloc de notas que le había mandado Rosana y escribía cartas.
La guerra duró 74 días, hasta el 14 de junio. Dos días antes, en un relevo de la guardia, Daniel intercambió posición con uno de sus compañeros del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601, Diego Bellinzona. Apenas 15 minutos después, una esquirla atravesaría la cintura de Diego y lo dejaría sin vida. Del pequeño grupo de 14 combatientes volvieron 13.

Cuando los ingleses tomaron prisionero a Daniel, entre muchos otros compañeros, le permitieron quedarse con las cartas. «Hasta 2022 no las habíamos mostrado, y ni siquiera las habíamos releído, porque cada vez que las abríamos no pasábamos de la primera, nos poníamos muy mal», explican ambos, completándose la frase de a turnos. «Recién 40 años después de Malvinas pudimos leerlas», dice Daniel.
A pesar del martirio que significó vivir una guerra, Daniel se emociona cuando recuerda su participación: «No voy a hablar de valentía ni de coraje, sino de inconsciencia y espíritu de aventura. Vamos a ver qué pasa, ya llegué hasta acá, o sea, ¿cómo no voy a cruzar? Si me llevan, voy. No había plena conciencia de que íbamos a ir a una guerra. Después fue tomar conciencia de lo que la guerra significa cuando las bombas te caen encima y cuando ves que las bajas se producen de verdad y y eso no es joda. Visto a la distancia, realmente es un orgullo».
«Anhelos y recuerdos», arte para recordar
Ontiveros y Fuertes inauguraron «Anhelos y recuerdos» en el Instituto Patria, una muestra que reúne trabajos de ambos para construir el recuerdo de la guerra de Malvinas. En las obras de Rosana predominan los impresos, que juegan con la repetición y envuelven pequeños relatos. Por su parte, Daniel contribuye con algunos dibujos en pequeñas hojas, que hizo cuando estaba en Malvinas, así como pinturas en tamaños más grandes que describen su experiencia en la guerra.
«Sabemos esperar» es la primera obra que Rosana hizo sobre Malvinas. «Me parece que transmití allí mi experiencia al tener a Daniel lejos», dice la autora. Daniel pintó «Picnic en el cuartel». Fue a partir de una foto que les tomaron a Daniel y Rosana unos días antes de que él fuera a Malvinas.

«Es una versión obviamente kitsch de la foto, absurda y ridícula. Lo de los costados es lo que quieras, pueden ser árboles o gente que no está. A mí me interesa que mis obras disparen cosas. Mirá lo que digo… Disparen. Justo hablamos de la guerra. Por eso digo que las marcas son inevitables», se ríe Daniel.
La vida después de Malvinas
Cuando volvió de la guerra, Daniel trabajó en el Banco Nacional de Desarrollo (BANADE) y empezó a pintar. Lo mismo hizo Rosana, su pareja, que fue maestra en los ochenta e hizo su propio camino en las artes. Ambos recibieron la beca Guggenheim —Rosana en 1996 y Daniel en 2007— y expusieron en galerías de Estados Unidos, Alemania y Brasil, y hasta en la Bienal de La Habana, en Cuba.
Juan (30) y Mora (25) son los hijos de la pareja e, inevitablemente, el tema de Malvinas los toca de cerca: «Siempre se habló un montón, igual tratamos de que sea lo más natural posible porque somos gente que vive la diaria como todo el mundo. A Mora le pegó un montón. Por otra parte, para muchos compañeros Malvinas fue lo más importante que les pasó en la vida, entonces hacen mucho hincapié en eso o se visten con ropa de veterano o decoran su caso con símbolos de la guerra. Nosotros tratamos de que no haya nada porque es una carga».

Sin embargo, a pesar de que siempre tuvieron una mirada optimista, las heridas de Malvinas no tardaron en revelarse. «Cuando Daniel volvió de la guerra él decía que estaba bien y contaba todo como si hubiera visto una película. No creía en los tratamientos psicológicos, entonces yo le decía que por qué no iba un psicólogo, y él me decía que no, porque los psicólogos son para los locos», explica Rosana, a lo que Daniel replicó: «Hasta que en un momento yo me di cuenta que estaba loco».
Comenzaron los trastornos físicos, gastritis, principios de úlcera, colesterol alto y hasta se le cayó el pelo. «Nadie en mi familia es pelado», admite Daniel entre risas. Hizo psicoanálisis durante cuatro años. Al final del tratamiento, su analista le contó que era inglés. En 2004 vinieron los ataques de pánico, presión baja y taquicardia. Y vino, con eso, la psiquiatría.
Daniel admite que no pudo haber resistido sino hubiese sido por su entorno, suerte que no corrieron muchos de los ex combatientes. Las estimaciones de las asociaciones de ex combatientes indican que 500 los veteranos se quitaron la vida y que 2.500 muertes de veteranos estarían relacionadas a los efectos traumáticos de la guerra.
Al presente de la Argentina, atravesado por el choque entre la memoria por los desaparecidos durante la dictadura cívico-militar y la imposición de una «memoria completa» impulsada por el Gobierno de Javier Milei, Rosana lo califica como «increíble». Ella nunca imaginó estar viviendo esto: «No se puede creer el negacionismo ni que el presidente diga que tiene en el escritorio una foto de Margaret Thatcher. Uno desde su lugar, y pensando si el arte puede en algún punto cambiar alguna cosa, sigue trabajando».
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