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La privacidad y la privación se parecen un poco

"Decir que sí para seguir estando ¿dónde?, estar para seguir durando ¿cuánto?", pregunta la autora.

Silvina Giaganti Por Silvina Giaganti
5 de abril de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
La privacidad y la privación se parecen un poco
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En una novela que leí hace unos años, Tony P., un cantante melódico semi retirado pero que no descarta dar un zarpazo más en el negocio musical que le engorde por última vez la cuenta bancaria, con un pasado a cuestas de mujeres, autos caros y noches infinitas, un poco dandy y un poco bufón, conocedor de punta a punta de las noches de varieté europeas, de todos los all inclusive del Caribe, y uno de los artistas principales de varias ediciones del festival de San Remo, va por la vida ofreciendo sabiduría. Aprendiz eterno, conocedor de la cumbre y del subsuelo, observador y receptivo, Tony P. sostiene, sin solemnidad, más bien con la picardía de un bebedor entonado, que el cansancio es el mejor amigo de esa habitación sin paredes que es la libertad de decir “no”, “no voy a ir”, “no estoy para esto”, “no quiero”, “no participo”. Que finalmente se dice no cuando el cansancio -en vez de la voluntad, en vez de la disciplina- y con él, la claudicación, se apersonan. Toda la vida tenemos la inseguridad de no ser personas decisivas, digan lo que digan los epigramas sobre la autoafirmación, las frases motivacionales sobre hacerse valer y por más que se haya tenido padres que no sólo dijeron sino que demostraron que una era una persona bárbara, fabulosa, llena de atributos. No funciona así, aunque supongo que contar con una familia que propone señalizaciones más o menos claras y progenitores interesados en realizar una sólida inversión de cariño, es probable que menoscabe la fragilidad personal de los hijos. Afortunadamente el cansancio, siguiendo a Tony P., no solo se lleva los sí vacilantes, débiles, rumiantes, dudosos y los reemplaza por mejor no turgentes, firmes, vitales sino que también se lleva la preocupación por no ser personas determinantes. Las noticias del mundo ya no conciernen tanto y ya no pueden alterar lo que se es, alguien ocasional. También se altera la idea de malentendido. El malentendido es leído como parte constitutiva de experiencias a estrenar, de momentos flamantes, de eventos inaugurales, de primeros pasos en algo. Creemos que el malentendido nos usa de sparrings con el fin de prepararnos para un conocimiento prolongado en el cual el malentendido mismo se reduzca. Probablemente las primeras veces que besemos lo hagamos con toda la pericia del desconocimiento, como si fuera el tirón que abre un papel de regalo. Lo mismo da si es otra experiencia, lo de besar es un ejemplo sencillísimo. El asunto es que el malentendido dura toda la vida. Y entonces estás ahí, a los cuarenta y pico de años, a dos baldosas del número redondo, con un desgaste incipiente de cadera, sentada en la silla de tu analista, y (aunque te sentás en esas sillas desde los catorce años) llegás -de la mano de tu analista, claro- a que no es solo un momento, una fase, sino el empapelado entero de la vida. 

Creemos que el malentendido nos usa de sparrings con el fin de prepararnos para un conocimiento prolongado en el cual el malentendido mismo se reduzca.

Todo esto fue armando el clima personal de escritura de esta columna que mi editora me pidió para el primer domingo de abril. Si bien el tema es libre, tenés campo abierto, me dijo, el asunto es que digas algo sobre la privacidad desde el enfoque que quieras, pero que sea tuyo. Por eso estiro y amaso este punto de vista por el que me pagan justamente por ser personal, que gracias a dios no tiene que ser riguroso ni preciso ni buscar aprobación y mucho menos interés. Igual pienso porqué se me apareció Tony P. y su filosofía del cansancio -que suelen encajarlo en el lugar de carcelero de los deseos, de factor limitante para la búsqueda y consecución de realizaciones- en el medio término de pensar esto de la privacidad. La privacidad y la privación se parecen un poco, comparten un montón de letras y su acercamiento, hoy, en estos años, en estas décadas, es bastante obvio. Si la privacidad es enfundar una parte pequeña, parcial o grande de la vida, sean hábitos o datos, para preservarla de los otros, la privación es la funda. Y esto no es solo una cuestión de entornos digitales, aunque también lo es, porque los entornos digitales son la pastura de la que nos alimentamos y damos alimento todo el rato, pero es solo un pedacito, un momento. Decir que sí para seguir estando ¿dónde?, estar para seguir durando ¿cuánto? Son insistencias continuas producidas por vidas intermitentes: algo completamente poco natural. En definitiva lo más serio que puedo decir y que también se lo escuché a alguien y no es mío, es que la cultura cambia más rápido que nuestros patrones biológicos, por eso tanto malestar. Desconozco si profundizar en la edad, si avanzar hacia curvas cada vez más cerradas, hace menguar el interés en lo que rodea. No amonesto el presente, de hecho el presente me encanta, me cautiva, siento cada partícula de tiempo pasando sobre el cuerpo como un viento. Y además es lo único que hay (sí, soy bastante conformista). No es el presente lo que no me calza, es la actualidad, me aprieta los pies. Pero me consta que esas curvas pronunciadas aminoran sobre todo el interés exagerado en una misma. Una se conoce demasiado como para que sea elegante seguir dispensándose tanto interés. Una ya sabe, como dice Julian Barnes en su último libro, Despedidas “que los rasgos menos aceptables de uno mismo se endurecen a medida que se crece”. Honestamente creo que el tratamiento para eso es disminuir, no lo endurecido, pues no se puede, sino sus expresiones, cosa de evitárselas a otros.

Una se conoce demasiado como para que sea elegante seguir dispensándose tanto interés.

Sí creo que hay transiciones rotundas y definitivas que hacen subir al podio del cansancio, como la muerte de los padres, un torniquete en cualquier biografía. Ayer hizo exactamente un año de la muerte de mi mamá, y, si bien a los quince días me rompí algo en la cadera, el cartílago izquierdo que la une al fémur, un anillo conocido como labrum, lo relevante, para mí, no es que alguien me haya dicho que la zona izquierda del cuerpo es la madre (creo en esas cosas de forma muy relativa)  sino que lo alucinante es que empecé a hacerle lugar al cansancio que se me reveló, diría Tony P., como una especie de ganancia rara, un activo que no es derrota ni barrotes, y me hizo pensar que los verbos de disminución -como resignarse un poco o retirarse- nombran gestos audaces. El cansancio no es quietud, el cansancio es un enorme obrador que saca agua de un molino para llevarla a otro. Cada cual sabrá adónde llevar el agua que retiró de otros molinos. O le llegará el momento de saberlo. O no le llegará. Si como dice ese Papa rubio, huérfano, brillante y fumador, ese papa de IA antes de la IA, un Papa que tiene como programa retrogradar a la institución porque los fieles no quieren comprensión ni quieren empatía, sino un portavoz severo y misterioso… Decía que este Papa interpretado por Jude Law sostiene que religiosos y escritores se parecen pues no pueden darse el lujo de resolver el misterio ya que al otro día se volverían irrelevantes. Si la escritura, esa piedra maciza como un meteorito debe abstenerse de decirlo todo, de agotar el sentido, si debe privarse para resultar, cómo no seguir un poco su procedimiento. Sustraerse, recordar que una está hecha de pausas y de intermitencias y que el continuo es un grillete, es, quien sabe, una forma de reducir la agenda del sacrificio que anda por ahí simulando complacencia.

SG/VDM

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Silvina Giaganti

Silvina Giaganti

Silvina Giaganti nació en Avellaneda. Estudió Filosofía en la UBA. Publicó “Tarda en apagarse” (Caleta Olivia, 2017) y “Donde brilla el tibio sol” (Mansalva, 2022). Dicta talleres de escritura y es periodista cultural. Le gusta caminar de noche. Habla lento, come lento y camina lento. Su lugar favorito en el mundo es ella cuando está bien.

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