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La adolescencia del putito pobre que vivía en una Portería

Hijo de un encargado de edificios, el autor encontró afuera el espacio que no tenía adentro. Del "room service" al blog.

Zabo Por Zabo
5 de abril de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
La adolescencia del putito pobre que vivía en una Portería
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Viví mi primera infancia sin saber qué tan pobres éramos. Barrio Parque Chacabuco, ni muy muy ni tan tan. Noventas. Todos mis amigos del barrio y yo solo podíamos presumir muy buenas versiones truchas de los juguetes que nos compraban en los Todo x $2. Nadie se iba de vacaciones, nadie tenía la última consola de videojuegos, nadie usaba ropa nueva. 

Recién cuando llevé a un amigo a casa entendí que sí, que estábamos todos en la misma. Pero no en la misma-misma. Ezequiel no pudo evitar una risa burlona cuando descubrió que en un mismo cuarto podía entrar una heladera, una cama cucheta que compartía con mi hermana, una mesa para comer y un rincón de objetos acumulados sin ningún tipo de orden ni criterio. 

Quienes somos hijos de encargados de edificio, sabemos que ellos llevan tatuado en la sangre eso de “la basura de uno puede ser el tesoro de otro”. No hay vecino que no haya sido cuestionado antes de osar deshacerse de algo sin la previa supervisión de mi padre. La fantasía de encontrarle un uso a los caídos de las limpiezas ajenas me desordenó parte de los recuerdos de aquellos años. Siempre me pregunto qué cosas fueron regalos, qué cosas pedí y cuáles otras me convencí de desear porque ya estaban en casa.

No hay vecino que no haya sido cuestionado antes de osar deshacerse de algo sin la previa supervisión de mi padre. Siempre me pregunto qué cosas fueron regalos, qué cosas pedí y cuáles otras me convencí de desear porque ya estaban en casa.

La risa burlona de Ezequiel se me impregnó tanto que no solo fue el primer amigo en venir a casa, sino también el último. Ojos que no ven, pobreza que no se siente. Mi creatividad me permitía lucir todo tipo de excusas aunque con el tiempo se volvió bastante obvio que ninguna casa necesita tantas remodelaciones. Menos si no estás en condiciones de pagarlas.

MTV Cribs: Edición Hacinamiento

El momento donde empecé a odiar la portería fue en la preadolescencia. Acompañenmé a hacer un recorrido por la casa de la familia Zamorano. Les prometo que va a ser corto. Muy corto. 

Abrimos la puerta y encontrarán, a su izquierda, la cocina. Era tan chica que mamá nunca tuvo que echarme: no entrábamos más de dos al mismo tiempo. Yo tenía que esperar a que se fuera del baño o a colgar la ropa para meter un pancito mientras la salsa todavía estaba al fuego. Seguimos caminando, un paso más nomás, veremos el cuarto de quien les escribe. Compartido con mi hermana. Que también era living comedor. Con heladera, porque si la metíamos en la cocina nadie iba a poder entrar. Dormía con el motor de la heladera pegado a la cara. Room service.

Pero por favor, no nos detengamos acá. Sigamos con este MTV Cribs: Edición Hacinamiento. El baño, lugar preferido de la familia para venir a llorar. Nos tapábamos la boca con un toallón para que no se oyera, para que nadie se enterara. Y por último, en el ala oeste de la casa, llegamos al cuarto de mamá y papá, donde apenas quedaba lugar para pasar entre la cama y la pared. Y no, no me olvidé de las puertas. No había puertas (salvo en el baño y por eso cotizaba como espacio para tener una crisis de angustia). 

El baño, lugar preferido de la familia para venir a llorar. Nos tapábamos la boca con un toallón para que no se oyera, para que nadie se enterara.

Por eso comencé a odiar tanto esa portería en la preadolescencia: porque pude entender lo importante que era la privacidad para todo el mundo y cómo yo nunca iba a poder gozar plenamente de ella. Imaginensé lo difícil que era abstraerse para masturbarse mientras mis viejos tomaban mate y discutían mirando Crónica o Luna Salvaje, a ver qué cagada le anda haciendo Millie Stegman a la Carina Zampini. 

Sacando que las hormonas a esa edad te permiten desestresarte hasta en un funeral, lo que más me afectaba en esos años era no poder hablar por teléfono, no tener ese momento con mis amigos que yo sabía que ellos sí tenían entre ellos. No hay manera de tener una conversación en un departamento sin puertas sin que se entere el resto de lo que estas hablando. La portería me volvió más callado. 

Y mi mundo se hizo más grande

Años después llegó la primera computadora familiar, el internet dial-up y, gracias a Dios: el MSN para compartir secretos con amigos. De la misma manera, al poco tiempo también llegaron los foros de UOL para entrar al mundo del sexo de los putos. No quiero profundizar en eso, pero sí aprovecho para mandar a un abrazo a todos los chicos que, como este humilde servidor, caímos repetidas veces en esos “sos muy maduro para tu edad” o “pareces más grande” que nos tiraban como carnada los EDU79_CONAUTO de aquella época. 

Imaginensé lo difícil que era abstraerse para masturbarse mientras mis viejos tomaban mate y discutían mirando Crónica o Luna Salvaje.

Mientras en ese living con disforia de dormitorio papá hacía zapping para no pensar, mamá gritaba que liberemos la mesa para comer y mi hermana reclamaba que lo haga yo porque ella estaba estudiando y yo “pelotudeando” en esa Pentium 1, comenzaba a escribir mi primer libro. Y mi mundo se hizo más grande. 

La llegada de internet como laboratorio de la humanidad y mi desconocimiento de la intimidad terminaron volcados en un blog llamado Yo, adolescente. Una oda a la violación de la privacidad de mis amigos y compañeros de aventuras de aquellos años. Me gustaba escribir sobre ellos porque eran mis personas favoritas del mundo. Me la pasaba en la calle y cuando un amigo tenía que hacer algo me fijaba enseguida en qué andaba el otro. Era un adolescente muy amiguero, por eso nunca pude recuperarme del todo de lo que pasó después.

Hay un verso de Gente que no que siempre se repetía en mi cabeza. Ese que dice hay gente que te invita a su casa a dormir/ hay gente que te deja en la calle morir/ ¿y vos?/ ¿quién sos? Cuando las cosas estaban mal en las casas de mis amigos yo no podía darles un techo, así que me iba a morir a la calle con ellos hasta que aparecía otro que sí pudiera hacerlo. Esperábamos juntos la llegada de esa “gente que sí” mientras caminábamos por el Parque Chacabuco. 

Esas aventuras me volvieron un adolescente muy callejero, nocturno y extremadamente inconsciente en una Buenos Aires pre-Cromañón que era una invitación constante a generar recuerdos y traumas inolvidables con otros. Pero todas esas historias que saltan en los reencuentros de egresados 20 años después, yo se las estaba contando al mundo.

La experimentación sexual, el acercamiento a las drogas, las cagadas que nos mandábamos en pedo, los secretos que nos hundían, todo se convertía en una crónica interminable en las que no tuve ni la astucia de cambiar los nombres de sus protagonistas. Aprendí de la forma más retorcida el precio que pagan las personas que son expuestas por un tercero. Y es mucho más doloroso cuando ese tercero te convenció de que eras una de sus personas favoritas en el mundo. Esos amigos que no había dejado entrar nunca a mi casa, ya no me querían en las suyas.

Como una Culisuelta me convencí de que me tenían envidia. Era la manera más fácil de afrontar las consecuencias de lo que estaba pasando. No me preocupaba perder amigos del barrio y del colegio porque en ese momento yo era el amigo que todo adolescente que se había enganchado con el blog quería tener.

Aprendí de la forma más retorcida el precio que pagan las personas que son expuestas por un tercero. Y es mucho más doloroso cuando ese tercero te convenció de que eras una de sus personas favoritas en el mundo.

Empecé a tomar consciencia de eso parando la oreja en la Bond Street y en el colegio. Al principio no revelaba mi identidad y podía escuchar conversaciones donde arriesgaban quién podría estar detrás del teclado. Decidí comenzar a llevarme el crédito cuando a la salida de los recitales, mientras repartía mi fanzine Adolece adolescente, la gente me recomendaba mi blog porque seguro me iba a gustar.

El recuerdo de algo que me perdí

Nadie me decía Zabo antes de Yo, adolescente. Para mí fue como nacer de nuevo, en un mundo nuevo, con nuevas oportunidades. Internet alguna vez fue un paraíso. Chicos y chicas de todo el mundo querían pasar tiempo conmigo para que yo escribiera sobre ellos y presumir que aparecían en las aventuras que contaba en aquel blog. Y aunque con Yo, adolescente cumplí sueños que ni siquiera me atreví a imaginar siendo un putito pobre de una portería de Parque Chacabuco, y que (por suerte) pude aprender con los años a poner la amistad en primer lugar, sigue habiendo días en que me pregunto qué haría si pudiera revertir la manera en que hice las cosas.

¿Hay un universo alternativo donde pueda ser “gente que sí” para esa primera generación de amigos? Me gusta pensar que el cielo es un pogo donde me los encuentro, me agarran del hombro y me dicen “ya está, Zabito, ya pasó, vamos a disfrutar”.

Pude aprender con los años a poner la amistad en primer lugar, sigue habiendo días en que me pregunto qué haría si pudiera revertir la manera en que hice las cosas.

La privacidad expuesta se convirtió en un bien con el que se hace contenido y construye identidad. Hoy veo la privacidad con la nostalgia de alguien que descubrió el valor de algo cuando ya no queda manera de vivirlo. Soy como esos fans de Sumo que gritaban contra Soda Stereo y ahora, de grandes, disfrutan su música: no me queda otra que pensar en lo que me perdí por boludo. La privacidad es el recuerdo de algo que me perdí. Ahora que soy más publicista que escritor, solo me queda disfrutarla como una estrategia de marketing de la que nadie puede escapar.

Z/VDM

 

Zabo, de Parque Chacabuco. 

(o el primero en escuchar “si compartís eso no te hablo nunca más”).

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Zabo

Zabo

Zabo es un creativo categoría 1989 de Parque Chacabuco. A los 16 años escribió la blogonovela "Yo, adolescente". Para celebrar los 15 años de su lanzamiento fue publicada como libro por editorial Planeta y su adaptación al cine llegó a todo el mundo de la mano de Netflix en 2020. Actualmente sigue escribiendo, haciendo música y parándose atrás de un micrófono cada vez que el autoestima se lo permite.

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