A veces con dos o tres segundos alcanza. Mientras esperaba que den con mi nombre en una lista de invitados, el foco estuvo claro. Era sábado por la noche y estábamos a punto de meternos en un galpón ferroviario reconvertido en espacio cultural. Ella, a tres metros de distancia, miraba un afiche viejo pegado en una pared que nadie miraba. Tenía trenzas entre sus rulos y unos ojos enormes. Quise saludarla pero la dejé tranquila. A los pocos días (bueno, al siguiente) le conté en un privado de Instagram que la había visto. Pero no se lo dije así. Le escribí esto que ahora escribo acá: la noche, las trenzas, el afiche, la pared… Varios meses después, le conté a un amigo fotógrafo cómo había empezado todo. “Alguien volvió a verla”, me dijo. Una síntesis.
El piropo debe ser lo más pícaro que tenemos en nuestra cultura popular. Mal usado, y con mala prensa, puede terminar condenado. Bien usado, inesperado, y si el receptor está a gusto, puede cambiarte un poco la vida. Así es como empieza una puteada espectacular en la calle o así es como empieza otra historia de amor en la calle.
Pero hay piropos menos obvios. En el cuento William en la ventana, de Samanta Schweblin, la protagonista cuenta algo que le gusta de su pareja. Dice que cuando va al baño, él se para frente al inodoro y hace pis apoyando la mano que le queda libre sobre los azulejos. “Me gusta esa marca borrosa que deja de él mismo”, dice la protagonista. Ese es un piropo secreto. Algo que sólo ella puede ver.
El piropo debe ser lo más pícaro que tenemos en nuestra cultura popular. Mal usado, y con mala prensa, puede terminar condenado.
Cuando termina la temporada anual del fútbol amateur, con mi equipo el Atlético Ruta 11 hacemos una asamblea para elegir al próximo capitán. Generalmente es un lugar alejado del casco urbano de La Plata y con una fogata inmensa en el centro de nuestras jetas. El voto no es secreto, es un piropo dicho delante de todos con reflexión incluida.
Todos hablan: el wacho que trabaja en Rappi, el abogado del servicio meteorológico nacional, el profesor de historia, el administrativo, el que no tiene laburo. Cada uno con su estilo va desarmandose frente a los demás. Este año volveré a ser capitán del Ruta 11. En esa asamblea frente al fuego, alguien me dijo uno de los piropos más hermosos de mi vida: “Yo te elijo a vos porque siempre estás viendo lo que ninguno de nosotros ve”.
Me encanta ir por la calle y ver que el fisurita de 7 y 50 les hace un corazón a las chicas que paran en el semáforo y le dicen “no, gracias, no necesito que me limpies el vidrio”. El especial de esa serie es cuando el loco ve a alguna chica que va, seria, en el micro 275. El fisurita va y le dibuja un corazón de agua y jabón en su ventanilla.
O el señor del Barrio Hipódromo que tiene un caballo de plástico en su balcón. No entra más nada en ese balcón. Todos los años en la previa de las fiestas, lo decora. Una vez pasé el día muerto de año nuevo y estaba él con su caballo de plástico negro: lo abrazaba mientras cantaba una de Gilda.
Cuando el loco ve a alguna chica que va, seria, en el micro 275, va y le dibuja un corazón de agua y jabón en su ventanilla.
También está la señora en Meridiano V que decora los tachitos que le pone a los gatos callejeros. En uno de esos recipientes dice “dale Lobo” y un corazón azul pintado a lo chueco.
Cada vez que veo algo así lo escribo. A veces vuelvo a mandar un mensaje con alguna de esas observaciones. Una vez la pared se hizo tatuaje: “Te extraño desde el día que te conocí”, fue su respuesta. El piropo es una excusa para hablar del amor. Es la excusa que elijo para hablar del amor. El amor, el ocio, la pasión y la amistad. Todo eso puede estar dentro de un piropo.
FA/VDM






