Hola, mi nombre es Maia y fui adicta a los libros de autoayuda. Durante mi adolescencia, hasta los veinte años. No es casualidad la edad, una etapa de desconcierto, aturdimiento, una irrupción de preguntas. Y sobre todo de falta de guías. Los padres dejan de ser cómplices para convertirse en personas poco confiables. No son enemigos, pero sí obstáculos al deseo. En la mayoría de los casos el diálogo se interrumpe.
Hacernos adultos implica pelearnos con los adultos más importantes de nuestras vidas.
La distancia con los responsables de crianza hace mella, deja un hueco que es llenado por ídolos que nos enseñan a portarnos mal. El ejemplo negativo tan necesario. Sea un(a) cantante de rock, un futbolista o un poeta maldito.
Voces, aullidos.
A veces no alcanzan.
Soy una adicta recuperada, hablo con conocimiento de causa. Mi juventud coincide con uno de los estallidos de la autoayuda en Argentina, una invasión de falsos filósofos, gurúes y personas de mundo que ocupaban un lugar dominante en personas que sostenían que ir al psicólogo era cosa de locos. O, en su defecto, repetían “¿cómo le voy a contar mis problemas a un desconocido? Para eso tengo amigos”.
A partir de esa convicción los libros se siguen vendiendo como pan caliente, portadas que traen promesas con letras bien grandes. “Guía para combatir las causas de la infelicidad”, anuncia e ilusiona el autor Wayne W. Dyer debajo del título “Tus zonas erróneas”. Conocido como “el padre de la motivación”, el psicólogo y orador estadounidense se adelantó al auge de la autoayuda (sin ser el primero tampoco), implantó el concepto de “pensamiento positivo”. La portada del libro es icónica: una silueta humana hecha de palabras, un cuerpo encorvado y afligido por el peso que lleva dentro:
Culpa
Angustia
Temor
Miedo a lo desconocido
Auto-rechazo
Obligación
Deseo de justicia
Vivir en el pasado
La clave de la autoayuda es hablarte sin intermediarios, una intimidad artificial.
Hay un juego de palabras: Voz/Vos
El primer engaño de la autoayuda es el nombre/concepto.
¿Cómo puede ser autoayuda un proceso que no sale de tu propia voz sino de una ajena? Ese “auto” que antecede al término “ayuda” es falso. La autoayuda reside en escuchar a una persona que se pone por encima tuyo, el orden de la superioridad, la relación es vertical.
Hay dos motivos por los que la autoayuda es exitosa y no pasa de moda, incluso se expande, crece como la hiedra dentro de las paredes, sigilosa. En la última década se acentuó el individualismo. Las personas están cada vez más solas, escondidas en un personaje. Los vínculos se volvieron torpes, fugaces, controlados, superficiales. Las personas le temen a las personas.
Las (no tan) nuevas formas de comunicación social, Instagram y Whatsapp, tuvieron su cuota de responsabilidad: la posibilidad y el riesgo de ser expuestos por un otro (en imagen o audio) provocó una desconfianza masiva. Caímos en la paranoia del control. Perdimos la zona de intimidad. Esa escena que sucede entre dos, sin registro ni espectadores.
La autoayuda se instaló como un credo porque apunta al individuo, habla de “superación personal”. Hay que separar los dos términos, el primero que resuena es: superación.
Como si fuera obligación o la única vía superar el dolor o una falta. Pasar a otra cosa, sacárselo de encima. La certeza mentirosa de que el dolor te detiene. El dolor es, tantas veces, el motor para seguir adelante. No en línea recta sino a través del desvío. No hay tanta distancia entre el “Para comerte mejor” del lobo de Caperucita al “Para sentirte mejor”. Hay una trampa, y el desenlace es el mismo: devorarte.
El segundo término es: personal
El orador te invita a una escenificación de intimidad, y esa intimidad anula otra posible. Esa verborragia de respuestas que ofrece el autor silencia la duda, la conversación colectiva. El encuentro y el desencuentro. La autoayuda te garantiza no solo un bienestar sino una protección. Un espacio seguro sin riesgos: “pequeños cambios”, dicen muchas de las portadas de los libros de autoayuda. Está mal estar mal. El objetivo es estar bien. ¿Qué significa estar bien? Es fácil lograr la fe del otro en un estado de fragilidad y baja autoestima, la desesperación por salir a flote, ganar aire, dejar de respirar cortito.
La estrategia infalible es la tentación, la receta revelada para abandonar los patrones que frenan tu triunfo: Los siete hábitos de la gente altamente efectiva. El libro de autoayuda escrito por Stephen Covey que desde 1989 vendió más de 25 millones de copias en 52 idiomas. El campo fértil en el que cava la autoayuda es el pánico a fracasar, o a quedarse quieto en el mismo lugar, envejecer sin alcanzar las metas que en teoría debemos cumplir. Espirituales y materiales. No hay autoayuda sin capitalismo, aunque se presente, a veces, como una lucha contra él.
Bucay anestesiaba mi angustia y extravío
20 pasos hacia adelante es uno de los libros más vendidos de Jorge Bucay, editado por primera vez en el año 2000. La palabra clave que se desprende es: avanzar. El pope de la autoayuda caído en desgracia acusado de plagio, llegó al living de cada hogar cuando Adrián Suar lo llevó a la televisión. Lo vi todas las tardes en canal 13, tenía 16 años.
Confirmo que Bucay anestesiaba mi angustia y extravío. Me tapaba la boca, quedaba sin habla. El nudo en el pecho seguía estando, pero confiaba a ciegas en que si ponía en práctica su discurso se desataría. Nunca pasó.
Jorge Bucay llegó a hacer cosas perversas, libros-álbum para niños que no eran otra cosa que un adoctrinamiento infantil. Quitarle la oportunidad a un niño de sentir celos o practicar la maldad cuando se siente herido. El peligro de estar mejor cuando hay que estar triste, llorar a mares. La autoayuda es tranquilizadora. Instala una mirada demoníaca sobre el estar inquieto, solo, triste.
¿Cómo estar en movimiento si no es a través de la incomodidad?
Los oradores de esta rama entonan con suavidad, son encantadores como magos. Lo agradable no siempre es inofensivo. Bucay fue el psicólogo de los famosos. Su técnica era la moraleja final: el peligro del cuentito redondo. Chin pun. Dar alivio a los televidentes, a las personas que, a pesar de estar por ahogarse en su propia tragedia, no se atrevían a terminar de explotar.
Ese es el secreto del éxito y permanencia de la autoayuda: evita la detonación, te mantiene en un estado de control. Mantiene los pensamientos encapsulados. Una represa que contiene a la furia. No hay que confundir resistir con aguantar. A veces no hay que aguantar sino romper todo. Terminar de quebrarse por dentro. Deshacer una vida ordenada, quedar perdido, no saber a dónde ir, caminar sin rumbo, no avanzar, rechazar la paz y entregarse al caos. Por supuesto, en un lugar de contención, dentro del consultorio de un psicólogo o psiquiatra. Pero no es sencillo ni siempre estamos preparados para sumergirnos en la completa oscuridad, empezar a delinear nuestras sombras.
Por eso los oradores de la autoayuda repiten con astucia la palabra “aceptación”, un término en el fondo insidioso porque habilita la impunidad. Desentenderse de los actos individuales que dañan al otro. La autoayuda es un ejercicio del egoísmo. Títulos como Los dones de la imperfección (Brene Brown, 2010) funcionan porque alimentan esa creencia: envolverte en tus defectos. ¿Qué sucede cuando esos defectos lastiman a tu entorno?
Otra palabra que estos oradores repiten mucho: autocompasión. La idea de que ser auténtico significa actuar como una lacra. O, por lo menos, como una persona que está tan preocupado en sí mismo, en estar bien, que no puede considerar al resto. De nuevo: individualismo.
La autoayuda te convoca a mirarte al espejo, y los espejos no revelan nada de quiénes somos, y menos qué sentimos. Son imágenes planas, incapaces de tallar la tridimensionalidad del cuerpo. ¿Qué ves?, preguntan esos gurús que aseguran acompañarte al encuentro de tu amor propio. La trampa es que el dolor no se ve. Solo los espejos que deforman muestran cómo estamos. No solo importa el ser, también el estar. Todo fluctúa.
Estar mal es mucho más que una posibilidad. Es un derecho.
MD/VDM





