“Yo estaba bien, podía elegir qué comer”, dice Laura Luna. Tiene 62 años y es jubilada, durante más de cuatro décadas trabajó en fábricas, oficinas, casas particulares e iglesias. Ahora vive con los 369.600 pesos por mes de la jubilación mínima y alquila por 200.000 en un conventillo de La Boca. Como hoy es su día de cobro se compró dos choclos y dos bananas. Está muy lejos de los 1.800.000 pesos que necesita un jubilado para cubrir sus necesidades básicas según la Defensoría de la Tercera Edad.
Antes, para Laura darse un gusto era elegir alguna ropa. Ahora, un gusto es comprar 100 gramos de calamar y cocinarse unas rabas, es comprar la tintura para que su cabello quede cobrizo o un shampoo para “estar presentable” en alguna búsqueda laboral. Hace mucho que no come asado, la última vez fue hace unos meses cuando se acercó a un parrillita de su barrio y acordó con los mozos una porción más barata por 15.000 pesos.
“Estaba riquísima la costillita”, recuerda mientras se acerca las manos a la boca, como si la estuviera comiendo. “Chupaba los huesos”, dice mientras se ríe. A los segundos, llora: “Es tristísimo”. Hace unas semanas, le volvieron las ganas de asado y le pidió dinero a su ex-marido, que siempre la ayuda económicamente. Pero decidió suspender la idea y con esa plata comprar dos kilos de milanesas, mucho más rendidoras que una porción de asado. “Si en vez de cerrar fábricas hubiese laburo, yo iría a laburar”, se queja.

Laura come una sola vez al día, lo que le dan en el comedor del Centro de Jubilados Tita, que está bajo un puente en la calle Perú al 300, en San Telmo, y que da el servicio a través del PAMI. También la ayudan en el Centro Cultural Martín Fierro. “Por que Dios es grande me aguanto las cosas. Yo me tuve que desacostumbrar a la vida que tenía. Me da vergüenza tener que andar pidiendo a la edad que tengo, yo siempre trabajé”, cuenta y se le quiebra la voz. Cuando está en su casa toma agua y mate, y se arma tortillas con harina y aceite: “El café es un gusto que me doy”. Dice que no tiene hambre, que se acostumbró pero que, a veces, le dan ganas de comer pescado.
El drama del alquiler
Desde hace cinco meses, Olga Castillo, de 67 años, y su mamá Noemí Ollel, de 84, viajan desde Flores en el 126 para comer todos los días en el comedor Tita. Entre las jubilaciones de las dos apenas superan el millón de pesos, están a casi la mitad de lo que un solo adulto mayor necesita para vivir según la Defensoría de la Tercera Edad: 503.600 pesos para medicamentos, 410.640 para alimentos, 360.150 en vivienda y 151.350 en servicios. “No se llega, por eso venimos a almorzar al comedor. Sabemos que acá tenemos una rica comida, una fruta”, explica Olga.
Es jueves y se acerca el fin de semana largo y lo que para algunos es una alegría para Olga y Noemí es una preocupación. Tendrán que procurarse la comida durante cuatro días corridos. “Tenemos que mentalizarnos qué comer: fideos, arroz y ver qué se puede comprar de carne. Antes era común comprar un bifecito, ahora es menos carne. Voy a la verdulería y me llevo cuatro manzanas, no más que eso”, dice Olga, que además hace changas como trabajadora de casas particulares. Extraña las salidas, el cine, el teatro, cenar en una pizzería.
Si juntan las jubilaciones, Olga y Noemí apenas superan el millón de pesos: casi la mitad de lo que un solo adulto mayor necesita para vivir según la Defensoría de la Tercera Edad. De ese total, $503.600 son para medicamentos.
Noemí vivía sola en Solano, cerca de Quilmes, pero ya no pudo pagar el alquiler de la pieza en la que estaba y se fue a vivir con Olga. “Yo tenía a todas mis amistades allá”, dice. Iba a la feria con sus amigas a escuchar música, “era lindo”, cuenta.
Parte de sus haberes van a la compra de medicación para la presión arterial y el hipotiroidismo. Desde la llegada de Javier Milei a la presidencia, Sandra Pettovello al ministerio de Capital Humano y Mario Lugones a Salud, PAMI ya no le cubre al 100%.
Solo en 2025 y por el congelamiento del bono de 70.000 pesos, los jubilados que cobran la mínima perdieron un 4,6% de poder de compra frente a la inflación. En la última década la caída de la jubilación básica fue de 34% (23,6% con Mauricio Macri, 6,5% con Alberto Fernández y del 7,6% en lo que va del gobierno de Milei). La diferencia es que desde que La Libertad Avanza está en la Casa Rosada se quitaron beneficios que ayudaban a la economía diaria como la cobertura al 100% de los medicamentos.
Elvira no cena. Toma mates con medialunas o pan que le dan en una panadería de Parque Lezama cada martes y jueves.
Las dos comen pollo con ensalada y tendrán una manzana de postre. Están sentadas junto a Elvira Latorre, de 94 años. Ella tiene casa propia, pero se queja de las expensas que cuestan 150.000 pesos, casi la mitad de su jubilación mínima. Agradece tener la bolsa de alimentos que le dan en el comedor, pero le preocupan los artículos de limpieza que están caros. Le gustaría tener dinero para pagarle a alguien que limpie su casa porque, cerca de los 100, los brazos ya no le dan.
Elvira no cena, toma mates con medialunas o pan que le dan en una panadería de Parque Lezama cada martes y jueves. Cuando ya no le alcanza también se acerca a la iglesia de San Telmo, donde bautizó a su hijo hace 62 años. La semana pasada le regalaron una docena de huevos, que vienen bien para tener proteínas.
Lista de espera para comer
Nelly Quiñones está siempre activa, dirige el Centro de Jubilados de Tita que está repleto de imágenes de Juan Domingo Perón y de Evita, además de Néstor y Cristina Kirchner. Los cuadros ocupan todas las paredes. Organiza el comedor, la distribución de los bolsones, las actividades recreativas. Después de la pandemia comenzaron con el comedor del PAMI con 25 personas. Ahora atienden a 40 y tienen una lista de espera con otros 40 que también quieren almorzar ahí. “Te mata cuando vienen los chicos a pedir. Hay que ser fuerte acá”, dice y llora. Los dos extremos de la vida que coinciden en el mismo lugar por un poco de comida.
Ella cuenta que, a veces, se arman debates durante el almuerzo entre quiénes votaron a Milei y quienes no. Dice que la mayoría hace changas para sumar a la jubilación, los hombres con trabajos de gas, electricidad y las mujeres con limpieza.

Es jueves por la tarde y en el salón del centro de jubilados un grupo de 10 personas sigue las indicaciones de un profesor, que los va guiando con movimientos breves. Lo siguen con ritmo lento, concentrados, como queriendo olvidar lo que ya no pueden elegir.
CDB/VDM






