Silvia Barrera tenía 23 años cuando decidió alistarse para ir a las Islas Malvinas. Era junio de 1982 y ella, instrumentadora quirúrgica, tuvo que enfrentar a su novio de entonces, que le pidió que no fuera. Le reprochaba que vaya al corazón de una guerra siendo civil y mujer mientras que él, que era médico y militar, no lo hacía. Intentó frenarla, pero no pudo.
Silvia se anotó en la convocatoria que hizo el Ejército en el Hospital Militar, donde trabajaba, y al día siguiente tomó el avión junto a otras pocas mujeres. Estuvo 10 días en el buque rompehielos Almirante Irízar atendiendo a los heridos que llegaban tras los ataques. Llevó con ella una Minolta Pocket, una cámara de fotos que le regaló su padre. En una época en la que lo digital e instantáneo no existía, las imágenes que tomó Silvia son valiosas.
Nada fue igual desde que regresó al continente. Se casó con otro hombre y tuvo cuatro hijos, que van entre los 20 y los 38 años, en los que dice que se puede ver el el paso de la “desmalvinización” y el olvido que se vivió en los primeros años después del conflicto y la resignificación que llegó décadas después. Cuarenta y cuatro años después de la gesta, Silvia pasa sus días “malvinizando”.

“Nosotros le ganamos una batalla a los ingleses”, dice Silvia cuatro décadas después. No se refiere al hundimiento del destructor HMS “Sheffield” ni al ataque de Bahía Agradable. Habla de otra cosa, de algo más intangible. “Nosotros le ganamos la batalla cultural a los ingleses. No hay nene que en Argentina no diga que las Malvinas son argentinas. Y eso ellos no lo tienen. No saben nada”, agrega.
Desde que volvió de la guerra su vida fue trabajar en el hospital, criar a sus hijos y luchar contra la indiferencia. Recorrió jardines de infantes, escuelas y universidades para que la guerra no quede replegada en un mero recordatorio. “El 2 de abril es recordar a los caídos que quedaron allá y tratar de hacer visible esta fecha para que no se pierda, no se olvide”, cuenta.
Nosotros le ganamos la batalla cultural a los ingleses. No hay nene que en Argentina no diga que las Malvinas son argentinas, dice Silvia.
Silvia trabajó en el Irízar con otras instrumentadoras que pertenecían al Ejército. Como en ese momento no había hombres recibidos buscaron a las mujeres. Con ella fueron seis en total: Susana Maza, María Marta Lemme, Norma Etel Navarro, María Cecilia Riccheri y María Angélica Sendes. Estuvieron desde el 8 al 18 de junio de 1982, con sus días y sus noches sin poder dormir por la demanda.
La vida en el mar la definía la salida del sol. En el buque sabían que cuando empezaba a clarear llegaban los heridos de los ataques que los ingleses hacían por las madrugadas. “A la mañana temprano recibíamos a los heridos porque los helicópteros y los barcos que los traían funcionaban de día. Durante la noche, cuando ellos bombardeaban, todos teníamos que estar adentro del buque, ahí hacíamos las cirugías”, recuerda Silvia.
En ese tiempo, el rompehielos pasó a ser un buque hospital con una capacidad de 250 camas –entre terapia intensiva e intermedia–, pero que no fueron suficientes. “Trajimos 320 heridos”, detalla. No eran solo las operaciones, era armar los quirófanos, esterilizarlos, hacer las curaciones postoperatorias y volver a la rueda interminable. “En nuestro grupo, que éramos 19 entre médicos, enfermeros y bioquímicos, no descansamos durante los 10 días. Nosotros no teníamos horario. Una cirugía uno no sabe cuánto va a durar y no había recambio”, agrega.
“En Malvinas el mar es muy bravo”, dice Silvia y recuerda la vez que tuvieron que hacer cirugías con una oscilación de 45 grados, atados los profesionales y pacientes. “Se nos complicó muchísimo hacer las cirugías por el movimiento del buque que, mientras está andando tiene estabilizadores y cuando está parado esos estabilizadores no funcionan y se empieza a mover. Se movió a 45 grados y tuvimos que hacer las operaciones igual porque no podíamos parar”, explica.

Silvia Barrera tiene 67 años y hace cuatro meses que se jubiló después de pasar 45 años trabajando en el Hospital Militar Central. Está contenta con la nueva etapa porque puede seguir colaborando en el centro de salud y, a la vez, dedicarle más tiempo a la “malvinización”. Una palabra que repite varias veces durante la entrevista con La Pluma y que muestra la centralidad de esa tarea en su vida. “Los veteranos fuimos trabajando como hormiguitas para que no quedara en el olvido y hoy vemos los frutos”, explica.
Las semanas posteriores a la guerra se convirtieron en meses, que luego fueron años de ostracismo, del silencio que genera un trauma y de una sociedad que se olvidó de la efervescencia de la guerra cuando la junta militar, comandada Leopoldo Galtieri (Ejército), Jorge Anaya (Armada) y Basilio Lami Dozo (Fuerza Aérea) agitaba banderas de triunfo.
Silvia dice que en sus hijos más grandes –Gonzalo, de 38, y Emiliano, de 36– puede verse el efecto de la “desmalvinización”. “Ellos están orgullosos de mí, pero nunca participaron de una ceremonia. En cambio, las chicas –Paloma y Miranda, de 30 y 24– que ya empezaron a vivir más lo que era Malvinas en la escuela. Son las que más me acompañan a todos lados y las que más estén empapadas en el tema”, dice. Para ella, hay un corte generacional que tiene que ver con esos primeros tiempos en los que Malvinas no estaba en la agenda pública: “Por eso nos cuesta tanto llegar a esa edad que va entre los 45 y 35 años, son los años en los que nosotros no fuimos a los colegios”.
“En Malvinas el mar es muy bravo”, recuerda Silvia. Una noche, ella y el equipo tuvieron que atarse, como a los pacientes, porque el buque estaba a 45 grados.
La presencia de las mujeres en el conflicto bélico es otro de los desafíos que encara. Recién en el año 2012, cuando se cumplieron 30 años de la guerra, el Ministerio de Defensa reconoció formalmente el trabajo de las 16 mujeres que participaron en el Conflicto del Atlántico Sur. Fue durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Además de las 6 del Ejército, fueron por la Marina Mercante: Graciela Liliana Gerónimo,
Mariana Florinda Soneira, Doris Renee West, Marta Beatriz Giménez, Olga Graciela Cáceres y Marcia Noemí Marchesotti. Por la Fuerza Aérea Argentina, María Liliana Colino y por el Estado Mayor Conjunto; Maureen Dolan, Silvia Storey y Cristina María Cormack.

Una cámara y diez rollos, el regalo de su padre
En internet hay unas pocas fotos que ilustran a esas mujeres en medio de la guerra. Se las ve con trajes verdosos y abrigadas con camperones por debajo de la cintura. Sus cabellos sueltos alborotados dejan inferir el viento en las islas. Son imágenes que tomó Silvia y que las conservó durante años. Entre las cosas que llevó a Malvinas, había una cámara de fotos y 10 rollos, que le regaló su papá, que era un suboficial retirado del Ejército.
Después de esa conmemoración todas quedaron comunicadas, tienen un grupo de WhatsApp en el que se cuentan las novedades de sus vidas, conocen a sus familias y a sus hijos. “Nosotras no somos feministas, en realidad somos igualistas. Queremos igualdad de trato con el hombre porque el problema que tenemos es que siempre hacen visible a los hombres en toda la historia y las mujeres que participamos de la misma historia que ellos, quedamos opacadas”, dice Silvia.
En la guerra de Malvinas murieron 632 soldados argentinos y más de 1200 fueron heridos. En medio del fuego, el dolor y el abuso del gobierno militar, estuvieron esas 16 mujeres, que hoy siguen peleando por la memoria.
CBD/VDM





