Cuando el 3 de marzo Elisa Muñoz vió las imágenes del derrumbe en Parque Patricios y cómo las 175 familias que vivían en las torres B, C y D del complejo Estación Buenos Aires eran trasladadas a hoteles se le puso la piel de gallina. Recordó la pesadilla que vivió y que aún vive junto a su hija desde hace dos años, cuando una obra en construcción en Caballito provocó el derrumbe de su edificio y provocó la muerte de dos personas. “Han sido terribles estos días para nosotros. Ver esas escenas era vernos a nosotros mismos con las valijitas esperando para sacar un par de cosas”, cuenta. Pasaron dos años y hay 14 familias que aún no pudieron volver a sus casas, de donde salieron a las apuradas y dejaron (casi) todo.
El 8 de febrero de 2024, la obra que desarrollaba MAB INVERSIONES S.R.L, a cargo de Yanina Natalia Cueto, Fernando José Cueto y Jorge Ezequiel Cueto, en Pedro Goyena 551 provocó el derrumbe del edificio lindante. Ese día murieron los hermanos Ramón Acuña (77) y Nélida Acuña (81) y el resto de los vecinos y vecinas jamás pudieron regresar a sus casas. Allí quedó ropa, materiales de trabajo, elementos de uso cotidiano, recuerdos, la vida.
Dentro del PH de 125 metros cuadrados en el que Elisa Muñoz vivía con su hija de 11 años quedó todo excepto alguna ropa de invierno que pudo sacar cuando habilitaron el ingreso al edificio 45 días después del derrumbe. Entró, juntó lo importante –o lo que puede entrar en una valija pequeña– y se fue. Tuvo que esperar un mes para volver a hacerlo y después otro. En total, pudo ingresar al departamento tres veces y llevarse lo necesario para seguir en otro lado por tiempo indeterminado. Recuerda ese día, fue en junio de 2024. “Saqué la ropa de invierno porque pensé que más adelante podría volver a sacar la de verano, pero todo quedó adentro. Y ahora ella ya creció, y esa ropa, obviamente, ya se perdió”.

Después del derrumbe, la empresa constructora comenzó a pagarles el alquiler a las familias perjudicadas, muchas tuvieron que dejar el barrio y la vida que tenían en él. Pero dos años después, las cosas siguen casi iguales que entonces. Excepto que, ahora, MAB INVERSIONES S.R.L paga contratos de alquiler de solo tres meses y no de seis como lo hacía. Eso genera incertidumbre porque hay propietarios que no quieren alquilar por tan poco tiempo.
“Estos dos años han sido desoladores, un paréntesis en la vida. Logré alquilar un departamento sin nuestras cosas y en un espacio más chico. Pero a eso se suma la angustia de volver negociar de nuevo el alquiler, que se me vence y me están poniendo trabas con los aumentos que no dependen de mí. Es un trastorno ponerse a buscar en este contexto. Yo no sé si el próximo mes voy a tener un lugar donde vivir o no”, cuenta Elisa Muñoz.
En julio del año pasado, la empresa aceptó hacer la reconstrucción del pasillo y la medianera que se necesita para poder volver a los departamentos, sin embargo el avance es casi nulo. “Pasamos por la puerta de dónde era nuestra casa y vemos que están construyendo el segundo piso de la obra de ellos, pero nuestra medianera que era lo pactado legalmente no se construyó. Se nos acorta el plazo de protección del alquiler y no avanza lo establecido”, cuenta Tania Ataliva, que con su marido y sus dos hijos, de 17 y 19, tuvieron que mudarse a otro barrio.
“A todos nos afectó en lo emocional, la incertidumbre de no saber cuando volvés a dormir en tu cama…Modificamos la forma de viajar a sus escuelas, volver armar toda esa vida para tener una rutina otra vez y que ahora se siente amenazada ante la posibilidad de volver a quedar a la deriva”, dice Tania.

Además, las familias sostienen que ni el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA), a cargo de Jorge Macri, ni la constructora les dan información suficiente. No saben qué materiales se van a usar, cuál es el avance de la obra ni para cuándo estará lista. Paralelamente, se mantiene la causa penal por la muerte de las personas y hay demandas civiles individuales por los daños y trastornos que generó esta situación, que ya tenía advertencias no solo de los vecinos sino también de organismos como la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, que desde principios del año 2023 había advertido al GCBA sobre irregularidades en la obra en construcción.
Ese último día de verano en la casa de Pedro Goyena, Ingrid Vadalá quedó atrapada junto con sus dos hijos y tuvieron que salir por el techo con la ayuda de los bomberos. Desde noviembre de 2022 venía denunciado a la empresa constructora en el Juzgado Civil 48 porque durante la demolición de una antigua clínica comenzaron a romper su casa. Tuvo cinco audiencias y no pasó nada. O pasó todo el 8 de febrero, cuando lo que anticipó se hizo realidad. “La Justicia toma la misma modalidad que los constructores: dilatar, desgastarnos. Luchamos contra todo, con lo que no tenemos, con lo que nos sucede en el día a día, con las angustias y con una justicia que es lenta y no se pone del lado de la víctima”, dice.
En su nueva vida, Ingrid Vadalá tiene pequeños actos impensados, involuntarios. Mientras cocina, por ejemplo, gira el cuerpo para buscar una olla que no tiene porque quedó en su casa o busca utensilios que nunca pudo rescatar. La memoria de lo que fue aparece por unos segundos y se desvanece. “Nosotros no somos los mismos que nos fuimos de ahí. Mi hijo en ese momento tenía 8 años y sus gustos son otros, sus juegos son otros. Hace unos días se acordaba de unos muñecos que coleccionaba y tenía en una repisa. ‘Ya no me gustan más’, me contestó desde su óptica de niño”, describe.
¿Qué habrá a la vuelta?, ¿Cómo estarán sus casas?, ¿Los colchones?,¿Habrá ratas, cucarachas?, ¿Podrán volver a usar lo que quedó detenido en el tiempo? Esas son algunas de las preguntas que sobrevuelan entre los recuerdos alcanzados por el polvillo de la obra en construcción. La palabra que resume todo es “impotencia”, la repiten una y otra vez acompañada de “angustia”, “dolor”, “bronca”, “tristeza”.
A Ingrid le duele que su hijo ya tenga 10 años y que haya padecido trastornos de sueño y ansiedad. “Vive con incertidumbre todo el tiempo, pregunta qué va a pasar y cuándo vamos a volver y cuándo voy a poder agarrar tal cosa. Le ha cambiado la dinámica de su barrio, él iba a un club que quedaba ahí a la vuelta, pero uno tiene que rearmarse y todo eso en una criatura afecta más que a un adulto”, cuenta.
En estos dos años, a Susana se le murió la mamá de cáncer. Vivían juntas en la casa de Caballito. “Falleció en la espera de volver”, cuenta. Para ella, la vida es el día a día, “es estar en un lugar que no es nuestra casa. Es muy, muy difícil, nos faltaba ropa, cosas, todo lo que tuvimos que comprar”. Dice que en Pedro Goyena al 500 también quedó el nacimiento de sus hijos, su matrimonio: “Ahí quedó mi vida, mi corazón, mis olores. Todo”.
CDB/VDM






