La morosidad sigue en aumento en préstamos a familias y se ubica en 10,6%, y se eleva al 24% si se consideran las entidades no financieras -fintech y billeteras virtuales-. En ese sentido, el crédito comenzó a mostrar señales de agotamiento en los hogares, y ya se observa más como una trampa que como un sostén.
Un estudio del economista Alejandro Sangiorgio reveló que la morosidad impacta más fuerte en sectores vulnerables: en préstamos inferiores a $1 millón, los niveles de incumplimiento alcanzan el 21,9%, muy por encima del 12,9% registrado en créditos superiores a los $10 millones.
Esto se debe a que la tarjeta dejó de usarse para compras grandes o puntuales, y empezó a servir para los gastos corrientes. Mientras tanto, el costo del financiamiento se mantuvo en niveles elevados, con tasas de interés de tarjetas se ubicaron entre el 70% y el 100% nominal anual durante gran parte del año pasado. Si bien mostraron cierta moderación en los primeros meses de 2026, todavía se mueven en torno al 80% y 90%. Asimismo, las entidades no financieras presentaron tasas incluso más altas.
En esa línea, la evolución de los ingresos mostró una clara disparidad con el costo del crédito. Mientras la inflación de 2025 se ubicó en torno al 31,5% y los salarios crecieron en niveles similares, financiar consumo implica pagar tasas que duplican o incluso triplican esas variaciones en términos reales.
Nicolás Parreira, economista y director de Asesoría Financiera, explicó: “El problema no es solo el nivel de deuda, sino el tipo de deuda. Cuando se usa la tarjeta para gastos habituales, el endeudamiento deja de ser transitorio y pasa a ser estructural”.
Asimismo, advirtió que “el pago mínimo no es una solución financiera», ya que si bien permite evitar el incumplimiento inmediato, «no reduce de manera significativa la deuda y en muchos casos termina prolongando el plazo y aumentando el costo total”.
Por otra parte, hay una clara diferencia entre la mora de los hogares y la de las empresas, que se mantiene cerca del 2,8%. Esto marca un deterioro en las economías familiares y responde a la creciente dependencia del crédito para sostener el gasto.
Para Parreira, “no es solo un problema financiero individual, es también una señal macroeconómica. Cuando una mayor parte del ingreso se destina a pagar intereses, el consumo se desacelera y la economía pierde dinamismo”.
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