La expulsión de Mohsen Soltani Tehrani, encargado de negocios de Irán en la Argentina, no fue solo una respuesta al duro comunicado que Teherán difundió desde Uruguay. Fue, también, un nuevo paso del Gobierno de Javier Milei en una secuencia de definiciones políticas y diplomáticas que profundizó el enfrentamiento con la República Islámica y dejó la relación bilateral al borde de una ruptura formal.
La medida fue anunciada por Cancillería después de que la Casa Rosada declarara “persona non grata” al principal representante iraní en Buenos Aires y le diera 48 horas para abandonar el país. Ocurrió apenas un día después de que el Gobierno incorporara a la Guardia Revolucionaria Islámica al Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a actos de Terrorismo y su Financiamiento (RePET), una decisión que Teherán calificó como un “grave error de cálculo”, un “insulto imperdonable” y una acción alineada con Estados Unidos e Israel.
En ese marco, la decisión de expulsar al diplomático -que ya dejó el país- condensó varias capas al mismo tiempo: una respuesta diplomática inmediata, un gesto de confrontación abierta y una señal política hacia los principales aliados internacionales de Milei. Para especialistas consultados por La Pluma, el movimiento no implica todavía una ruptura de relaciones, pero sí coloca el vínculo en un punto crítico que podría agravarse si la guerra en Medio Oriente se prolonga.
El ex canciller Rafael Bielsa explicó a este medio que, aun sin haber roto relaciones, la expulsión del encargado de negocios “es un gesto de confrontación abierta y una de las herramientas clásicas más fuertes de coerción diplomática”.

Según detalló, la escalada quedó condensada en apenas 48 horas: primero Argentina declaró organización terrorista al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica; luego Irán respondió desde Uruguay con un comunicado cargado de descalificaciones, acusaciones y advertencias; y finalmente la Argentina expulsó a su principal representante diplomático en el país.
Para Bielsa, la decisión tiene una carga política evidente. La designación de la Guardia Revolucionaria como organización terrorista “suele implicar sanciones financieras, restricciones operativas y un fuerte señalamiento político”, aunque aclaró que en el caso argentino las sanciones económicas o las restricciones concretas sobre Irán son “nimias”. Donde sí se vuelve contundente la medida, planteó, es en el plano simbólico y geopolítico: “El señalamiento político repite la identificación del gobierno local con Estados Unidos e Israel”.
Ese punto aparece también en el modo en que se produjo la respuesta iraní. Bielsa sostuvo que Teherán eligió hablar desde su embajada en Montevideo para “maximizar el impacto del mensaje, minimizar riesgos inmediatos para su misión en Argentina y enviar una señal más amplia” a toda la región. Para el ex canciller, no se trató de una necesidad operativa ni de una falta de representación en Buenos Aires, sino de una maniobra deliberada para controlar la escalada sin exponer de inmediato al encargado de negocios que todavía estaba en funciones en el país.
La contramedida argentina llegó al día siguiente y terminó confirmando, en parte, ese cálculo: la expulsión de Soltani Tehrani fue la respuesta directa al comunicado difundido desde Uruguay.
Alineamiento con Washington y Tel Aviv
El trasfondo político de la decisión también fue subrayado por Said Chaya, analista internacional y profesor de la Universidad Austral. En diálogo con La Pluma opinó que el paso dado por la Argentina “tiene que ver con la política del gobierno” y que, en ese sentido, “es un paso lógico dentro del posicionamiento internacional” que sostiene Milei.

“En un contexto de conflicto con los dos aliados más importantes que tiene el gobierno en este momento, que son Israel y Estados Unidos, con los cuales hay una suerte de alineamiento automático, es lógico que se aprovechen estas oportunidades para profundizar esa división, como es la expulsión del encargado de negocios”, explicó.
La secuencia previa reforzó esa lectura. Milei venía endureciendo su discurso contra Irán desde hacía semanas. Lo llamó “enemigo” de la Argentina y volvió a vincular al régimen iraní con los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. Luego, la decisión oficial de declarar terrorista a la Guardia Revolucionaria fue celebrada en público tanto por Estados Unidos como por Israel.
Bielsa también apuntó a ese factor: recordó que el embajador estadounidense en la Argentina, Peter Lamelas, agradeció la medida, mientras que el canciller israelí Gideon Sa’ar la presentó como una señal de “claridad moral” y ubicó a la Argentina “a la vanguardia del mundo libre” en la pelea contra el régimen iraní. En ese contexto, para el ex canciller argentino, cuesta separar la expulsión del diplomático del alineamiento geopolítico del Gobierno con Washington y Tel Aviv.
De todos modos, Chaya introdujo un matiz clave: aunque Milei acentuó el distanciamiento con Irán desde una lógica de política exterior y no solo desde la memoria de los atentados, la mala relación bilateral no empezó con esta gestión. “La relación con Irán ha sido mala en los últimos 30 años y esto no es patrimonio de este presidente sino de todos los anteriores”, afirmó. Y recordó que desde mediados de los noventa, a pedido de la Argentina, el vínculo bilateral quedó reducido al nivel de encargado de negocios.
Esa continuidad histórica le da otra dimensión al conflicto actual: Milei no inauguró la tensión con Irán, pero sí la llevó a un terreno más explícito de alineamiento internacional y confrontación abierta.
El próximo paso: una relación al borde del quiebre
La expulsión del encargado de negocios iraní no implica, por ahora, una ruptura formal de relaciones. Pero sí deja a ambos países en un umbral de máxima fragilidad diplomática.
Bielsa remarcó que Irán, hasta el momento, no respondió con una medida recíproca contra la representación argentina. También explicó por qué: el encargado de negocios argentino Jorge Mariano Jordán y su segundo, Matías Manuel Baeza, operan desde Azerbaiyán desde la evacuación del personal diplomático argentino en Teherán durante la guerra de los Doce Días. Según su análisis, Teherán conoce esa situación y por eso evitó hasta ahora una represalia simétrica.
Chaya, en tanto, fue más allá y proyectó un posible escenario inmediato si la crisis internacional no se enfría. “Si la guerra se sostiene un poco más podemos afirmar que vamos a avanzar a un escenario de ruptura de relaciones”, advirtió a La Pluma.
Ese pronóstico muestra hasta qué punto la expulsión de Soltani Tehrani puede ser leída como algo más que un episodio diplomático aislado. La medida no solo agravó un vínculo ya deteriorado desde hace décadas, sino que terminó de ubicar a la Argentina en una posición de involucramiento geopolítico mucho más visible dentro del conflicto regional.
En otras palabras, el Gobierno no solo respondió a una ofensa diplomática. También eligió convertir esa respuesta en una demostración de alineamiento internacional, aun a costa de empujar la relación con Irán hacia un punto de no retorno.
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