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Pausar la vida propia y recalcular

"Me estoy jugando las últimas fichas en el deseo", escribe Soledad. La crisis (y el alivio) de las mujeres de 40 y pico. El momento de pasar la posta.

Soledad Urquía Por Soledad Urquía
12 de abril de 2026 - 12:02 am
en Tema Libre
Pausar la vida propia y recalcular
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Un profesor que tuve cuando era jovencísima decía: “Toda literatura es de autoayuda”. Entiendo que pretendía ser provocador, evitarnos ese esnobismo un poco perezoso que nos llevaba a comparar nuestras lecturas con las de otra gente, como si nosotros estuviéramos para algo mejor que intentar buscar consuelo en la lectura.

Sin embargo, para mí, la frase contenía algo verdadero en el sentido de que muchas veces los libros me salvaron porque me ayudaron a evadirme (estoy a favor de la evasión en algunos casos, los budistas dirían que se debe aceptar lo que se presenta momento a momento pero bueno, qué exigente) y también porque leyendo, sin querer, me encontré en ocasiones con alguna verdad sobre mí misma o sobre los demás a la que no hubiera llegado de otra forma. 

Hace poco leí un libro que me impactó de esa manera: A cuatro patas, la última novela de Miranda July. La narradora es una artista promediando los cuarenta, casada y madre, que decide ir en auto desde Los Ángeles a Nueva York. A los cincuenta kilómetros frena en un pueblo, saca una habitación de hotel y, sin avisarle a nadie, se queda ahí lo que iba a durar todo el viaje. 

Cuando converso con varones sobre este libro digo cosas como que la estructura es perfecta pese a que la voz de la narradora es por momentos caótica, disparatada, excesiva, parece que está a punto de derrapar pero no, la trama avanza de manera impecable. También puedo elogiar la prosa, la originalidad, el desparpajo ordenado. Pero nada de todo esto me importa en realidad. No quiero que lo lean varones ni chicas o chicos jóvenes. Siento que lo van a leer como cuando yo tenía veinte años y leía, por ejemplo, las novelas de Philip Roth, de Siri Hustvedt, de Delphine de Vigan, de Hanif Kureshi y pensaba qué interesantes estos problemas de gente vieja y bastante burguesa. 

Quiero que a Miranda July la lean mujeres de mi edad, que ya hayan cumplido cuarenta años, que hablemos de la curva que aparece en la mitad del libro que muestra la debacle hormonal que se da a partir de cierto momento y de esa sensación que tengo a veces cuando me miro al espejo y noto que la imagen que devuelve no condice del todo con la imagen mental de tengo de mí misma: sí, soy yo, pero como si estuviera pixelada, mis piernas no eran exactamente así, mi cara tenía rasgos más definidos, qué es esto y qué se hace. Sobre la sensación de que me estoy jugando las últimas fichas en el deseo, en el trabajo, en las cosas que hago sin saber bien por qué como, por ejemplo, intentar escribir. Sobre cómo hacen otras chicas para gestionar el estrés previo a una mamografía, que es un poco más cada año que pasa. Que cuestionemos juntas esa idea predominante de que hay que hacer fuerza, levantar peso, lo que nos hace estar en el gimnasio tres veces por semana, aburridísimas, solo porque sentimos que sino el cuerpo va a colapsar, no en el sentido estético, estamos cuidando funcionalidad. Y, sobre todo, quiero que todas la leamos porque July narra una fantasía que quizá hemos tenido: la de pausar la propia vida, que tenía perfecto sentido dos días antes, y recalcular. 

Pero la mayoría de nosotras no cuenta con esa posibilidad, la de irse, la de dejar de trabajar, de maternar, de resolver cuestiones. Entonces la crisis (si somos lo suficientemente privilegiadas como para tenerla, es evidente que una crisis meramente existencial siempre está acompañada de una cierta comodidad material al menos en lo básico) transcurre mientras la vida sigue: ¿Cómo te fue en el colegio?; ¿Qué vamos a comer a hoy?; Mamá, quiero hacer una pijamada; Apareció una errata en la novedad de marzo, qué pena; El libro tendría que entrar a imprenta esta semana, a más tardar; Quiero que mi cumpleaños de cinco sea de Harry Potter, dinosaurios y fútbol; ¿Vamos a ver Hamnet? Vamos; El domingo podríamos invitar a alguien a comer a casa, ¿no?; Habría que comprar leña, va a llegar el frío en cualquier momento; Fijate que hay una humedad en el techo de tu escritorio. 

En el medio de todo esto, podemos volver a momentos de la novela de Miranda, como en el que la narradora tiene una historia con un chico muy joven y muy simpático pero con la irritante costumbre de escrolear instagram en medio de las conversaciones. O cuando ella se mira la cola en el espejo, una parte del cuerpo de la que había estado orgullosa, y se da cuenta de que es un desastre, o más adelante, cuando empieza a salir con una chica y la pasa bien y también mal o mientras habla con otras mujeres y hacen listas sobre las cosas buenas que ocurrieron cuando llegó la menopausia. 

Y así notamos que eso que nos está pasando es bastante universal y no tan grave porque lo que nos está pasando es que estamos envejeciendo. Quizá envejecer es un poco exagerado y el término preciso es que estamos dejando atrás la juventud de manera irrevocable y para siempre, lo cual es un bajón pero también, de alguna forma extraña, un alivio. 

A veces la veo a mi hija, en ese borde entre ser una nena y una adolescente, tan hermosa, las piernas largas y firmes, la espalda recta, la mirada abierta al mundo y pienso que es muy lindo que tenga todo por delante pero que también hay algo agotador en ser mujer, especialmente, una mujer joven. Deseo aliviarle la carga con comentarios empoderados, contrarios al amor romántico y demás, pero también sé que es imposible.

Imagino que le van a romper el corazón más de una vez, que va a dudar de sí misma, que por momentos se va a sentir amada y deseada y que otros días no, todo lo contrario, va a tener la sensación de que a nadie le importa. Que se va a arrepentir, equivocar, que alguna amiga le va a fallar y quizá ella también le falle a alguna amiga. Que va a entender que a veces una se esfuerza pero que no alcanza. También se va a reír fuerte, va a tener un primer beso, va a descubrir qué le gusta hacer, va a conectar con el placer de tener todo por delante y también con el vértigo. Va a bailar y bailar y sentir, durante un instante fugaz de madrugada, que todo está bien, que nada realmente podría ser mejor. 

Siempre tuve el pelo muy largo, hasta la cola, un poco por distracción (ir a una peluquería es una ocurrencia que no suelo tener así que durante más de veinte años no me corté el pelo) pero también como si me hubiera estado aferrando a algo estable, un rasgo propio que no cambia pese al paso del tiempo. Un día, mientras hacía gimnasia, sentí que pelo me pesaba, que quizás esa contractura en la espalda alta que no se me iba tenía que ver con eso.

Esa misma tarde, pese a las quejas del peluquero y de las otras mujeres que estaban ahí, me dieron un tijeretazo contundente. Vi más de treinta centímetros de mi pelo apoyado sobre la mesada que tenía enfrente y pensé en los últimos veinte años y en mi vida actual, igual en lo esencial a la vida que tenía antes de de mi pequeña crisis a lo Miranda July y de recalcular, pero también ligeramente distinta, en algunos sentidos más liviana, con menos peso sobre la espalda.

Y también pensé que ahora es el momento de pasar la posta en algunas cosas a mi hija, que está creciendo tanto, y a mi hermana más chica, que en unos meses va a tener un bebé. Si tengo muchísima suerte, ojalá, quiero ser como una montaña calma a la que ellas puedan venir si en algún momento las abruma un poco todo lo hermoso que les está por pasar.

SU/VDM

Temas: AutoayudaSoledad UrquiaTema Libre
Soledad Urquía

Soledad Urquía

Soledad Urquia nació en 1983. Ha publicado dos novelas: "Mamá India" y "La luz y la montaña". Codirige Chai Editora, una editorial dedicada a la traducción de narrativa. Vive en el valle de Traslasierra, Córdoba.

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