Busco en mi fascinación simétrica por las emociones del cine y del fútbol, y encuentro una coincidencia numérica. La duración promedio de una película es similar a la de un partido: 90 minutos. La concordancia temporal se basa en la idea de la capacidad física y de atención, pero también en la promesa de garantía del transcurrir dramático del entretenimiento. No es casual que el acuerdo para que los partidos duraran 90 minutos, sucedido en un encuentro amistoso entre equipos ingleses, haya sido en Londres, tierra natal del máximo genio del arte temporal del cine: Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso.
Ya se repitió mil veces que el cine es un arte del presente. La temporalidad de las películas es “estar allí”, como definió el célebre texto de Barthes: el cine anula el pasado fotográfico del registro de cada escena y convierte a la narración en puro flujo del presente. Por eso, la mayor conquista de un Mundial de fútbol es magnánimamente cinematográfica: la dimensión que adquiere la experiencia colectiva del tiempo, todo el planeta sigue un juego que es puro presente, tal como sucede en una sala de cine con los espectadores viendo una película.
Ahora o nunca, ese ápice del tiempo, ese vértigo del ahora, hace de la intensidad del fútbol y del cine una experiencia del ya que no se puede parpadear, rebobinar, ni pausar, ni vivir plenamente fuera de ese juego temporal. Como la revelación en una película que nos conmueve, el éxtasis del gol se grita una vez, luego se puede analizar, admirar, pero la emoción, la verdad de la experiencia, sucede en (y por) ese presente.
Ahora o nunca, ese ápice del tiempo, ese vértigo del ahora, hace de la intensidad del fútbol y del cine una experiencia en la ya que no se puede parpadear, rebobinar, ni pausar.
Por eso es tan molesto ver un partido en una transmisión que está retrasada y escuchar que otras personas gritan goles que todavía no vivimos, porque nos roban la emoción real del fútbol del Mundial. Son como los spoilers de las películas, nos anulan vivir el verdadero sentimiento del espectáculo: su presente.
El prodigio del partido de Argentina contra Egipto de este Mundial llevó ese sentimiento a la apoteosis, hizo del futbol el mayor espectáculo del tiempo cinematográfico. Una temporalidad del mito, con Messi convertido en el dios Cronos, el que maneja cada minuto terrestre desde un Olimpo. Desde el inicio de este Mundial él desafió al tiempo: ¿acaso no repetimos una y otra vez que es increíble que Messi tenga 39 años? Messi siempre está igual, no tiene edad, ves a la pulga con la camiseta de Newell’s y reconocés todo lo que es hoy, lo vemos en movimiento con la pelota y es el mismo prodigio, la misma hazaña una y otra vez. Messi nunca pudo crecer pero no como una maldición física sino porque nació grande, es nuestro Peter Pan, es la encarnación máxima de una vida en ese presente mítico del fútbol y del cine.
Messi nunca pudo crecer pero no como una maldición física sino porque nació grande, es nuestro Peter Pan, es la encarnación máxima de una vida en ese presente mítico del fútbol y del cine.
Santiago Motorizado dice que cada penal de Messi errado a propósito es “la obra de arte conceptual más grande de la historia”. Concuerdo. Y si Messi tiene entre sus tantos récords el de ser el jugador con más penales errados en mundiales es porque, justamente, el tiro penal es un quiebre del partido, donde se para el juego, se detiene el tiempo colectivo, ese presente cinematográfico. Frente a Egipto erró un penal, otra vez, para luego convertir al partido en una bomba de tiempo.
Si la tendencia en este Mundial es la definición de los partidos en los últimos minutos, con goles agónicos al límite de los 90, Argentina, con la heroicidad de Messi, llevó eso a su versión más explosiva. Frente a casi 80 minutos y una desventaja de dos goles, perdiendo su lugar en los cuartos de finales, Messi participa en los dos goles del empate con diferencia de minutos: primero con un centro al Cuti Romero y luego con una jugada entreverada que remata con un disparo fulminante que atraviesa a varios defensores y al arquero, en uno de los golazos del Mundial. Los gritos del segundo gol fueron una descarga eléctrica mundial. Ese empate vertiginoso ya era la gloria, pero había más.
“El quite salvador de Paredes a los 90 minutos cuando el partido con Egipto iba 2 a 2”, titula el diario La Nación. Y cuando Leandro Paredes recupera la pelota en el área argentina, Messi no está tan lejos, pero en lugar de pedir el pase, le señala a Lautaro Martínez con el dedo apuntando al cielo, como cuando mete un gol. Cronos mueve los hilos del tiempo. Paredes patea, la pelota le pasa por arriba a Messi como dibujando un arco iris después de la tormenta. Y el final no hace falta que lo describa, porque no creo que pueda ni acercarme a la emoción de haberlo vivido. Aunque les regalo un spoiler: Enzo Fernández cabecea con las manos aleteando a sus costados, son las alas del Ave Fénix que renace de las cenizas. Un final de película, si me permiten el remate obvio y la frase hecha.
Que un equipo remonte en los minutos finales, durante un Mundial, un partido que perdía 2 a 0, las estadísticas confirman que es algo único y excepcional. La Selección argentina lo logró con Messi haciendo el último gesto de grandeza: correrse al costado para hacer posible que ahora jueguen los otros jugadores por el camino que él construyó, señaló. Y así nos regaló otro “ahora” inolvidable, aleccionador. Porque ese presente colectivo de reinvención y gloria es el que merecemos vivir.
DT/VDM





