“Amor, ¿sabés? Los sesenta fueron tres putos años, nomás”.
En ese verso del tema Tomasito ¿podés oírme? Tomasito ¿podés verme?, incluido en el álbum debut como solista del Indio Solari (El tesoro de los inocentes; 2004), el inolvidable cacique del rock argentino que acabamos de perder en su forma física, hacía su propia segmentación de la década que lo nutrió en lo cultural, en lo emocional y en lo espiritual.
Un trazado que incluye el esplendor de la explosión psicodélica (1966-1969), según confirmaría la tarde del 30 de noviembre de 2004, cuando me convidó una escucha inaugural + entrevista en su cuartel laboral-vivienda de Parque Leloir. Faltaba un mes exacto para que la tragedia de Cromañón determinara el rubicón de la década en curso y el ex cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota quería probarse como Indio. Esa porción que tomaba Solari bien podría demostrar -también los mamotretos de Eric Hobsbawm y las microhistorias de Carlo Ginzburg- que toda historia podría llegar ser un recorte arbitrario, caprichoso y sensorial, incluso trascendiendo la calidad de su argumentación.
Estaba en esto de escribir sobre el rock de los ‘90 mientras un millón de personas hacían un fila tan larga como el recorrido de una línea de colectivos para despedirlo. No fui, pero igual que varios millones más, estuve sumergido en sus canciones, amparado en la nación invisible que habían construido con los que fuimos atravesados por ellas y el arcano halo de su generador. Como si ese deliberado misterio hubiese contenido una gran energía que se derramó sobre todos aquellos que durante cinco décadas intentaron descifrarlo. “Fuimos una egrégora”, dijo alguna vez La Negra Poly refiriéndose a Los Redondos, tan responsable ella del éxito de Los Redondos siendo manager y agitadora como la marmita mágica de donde Skay hacía emerger riffs y solos. Y todos fuimos al diccionario. Egrégora: Entidad autónoma o mente colectiva. Surge de la suma de pensamientos, emociones y energías de un grupo de personas unidas por un objetivo, creencia o ideología. Funciona como una fuerza independiente que influye en quienes la alimentan. Sí, eso.
Hay miles de formas de encarar los ‘90, incluso las que uno mismo militó en el despuntar del oficio: los sónicos. Los Visitantes, el Andrés Calamaro de fin de siglo, el Cerati solista, bandas de rock con poca hinchada pero mucho peso específico como El Matadero, Menos que cero, Fotofobia, Loquero, Copiloto Pilato, Reynols, Pez, Rayos Catriel y Picón de Mulo. Lugares como La Luna, Babilonia, El Codo, Nave Jungla, El Dorado, La ideal y Die Schule. Las reediciones en cd de los clásicos inconseguibles del rock argentino.
Y está todo aquello que regresa y estalla con la potencia de lo reprimido. Si me tocara segmentar los ‘90 en tres años, recortaría por la mitad. El hígado. El bisturí entrando a la altura del ombligo. El período que va de 1994 a 1997. El primer año, el del primer Obras de La Renga (y la leyenda “hoy La Renga trajo el barrio a Obras” grafiteado en los pasillos), el estruendoso debut de 2 Minutos y su “punk crot” (Mosca dixit) que nombraron Valentín Alsina, el Charly perioxiddo en homenaje al suicidio de Kurt Cobain presentando La hija de la lágrima en el hall del Teatro San Martín, la aparición del sueño bolivariano con capitales yanquis de la MTV latina y el éxito continental de Matador de Los Fabulosos Cadillacs. El broche, la helada separación de Soda Stereo en River, Los Piojos y La Renga empezando a repartirse los estadios del país, la consagración comercial de Andrés Calamaro con Alta suciedad, el retruque de un Charly García implotado en un disco interpretado por Mercedes Sosa (Alta fidelidad), el regreso de Luis Alberto Spinetta y su doble con los Socios del desierto, el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas en enero y la victoria de la Alianza por sobre el oficialismo en las legislativas de octubre.
En el medio, chapoteaban otras historias que nacían en el momento en que el menemismo se alzaba en su propio charco, la resaca se extendía y la creatividad dejaba de ser un fin en sí mismo. Donde en los ‘80 eran taxis que trasladaban a los popes de la realeza rockera por Avenida Del Libertador, y que con tan precisa muñeca retratara Laura Ramos en su columna Buenos Aires me mata en el Suplemento Si de Clarín, los ‘90 imprimían subterráneamente la historia de Eduardo “Korneta” Suárez. El que acarreaba sus eternos sueños bohemios, que empezaron como espectador de Tanguito y Moris, continuaron con internaciones en el Borda, adicciones y vida okupa y prosiguieron con el sueño & pesadilla de encarar su propia banda familiar: Los Gardelitos.
La épica de Mr Suárez, un Capitán Ahab persiguiendo la iluminación en medio del lumpenaje y sus debilidades, es el motor narrativo de su alocado existir, con un pie en transas en Ciudad Oculta y otro en su predilección por los textos del poeta Walt Whitman y el maestro místico Gurdjiefff. Igual que varios grupos de época, Korneta protagonizó el asalto a la Bastilla de la aristocracia rockera. Pero a diferencia de los grandes triunfadores (Los Piojos y La Renga), acaso tenía mejores credenciales callejeras pero (seguro) menos talento y capacidad para mercantilizar sus canciones.
Componía como haciendo planos cerrados en lugar de zooms. Sus primeros temas llegaron agrupados en la producción independiente Rock sudaka, toda una declaración de principios aunque alguna vez, en una entrevista para el Sí de Clarín, arriesgó el término “rock villero”. Luego lo negó, mientras gustaba de desplegar su música en las celebraciones del 25 de mayo en Ciudad Oculta y todavía hoy se canta “vamos copando las villas argentinas/ de la mano de Korneta y su familia”. En aquella entrevista, realizada por Ernesto Martelli, la mano izquierda del joven Eli, hijo de Korneta, guitarrista y mano derecha musical de su padre, atenazaba un libro de poemas de Oliverio Girondo. Y se apuraba porque había quedado con su novia en ir a ver Happy Together, la película que un enamorado de Manuel Puig y Maradona como el hongkonés Wong Kar-wai había filmado en la Argentina unos meses antes: pautas y apuntes de una descendencia curiosa inquieta en el apellido Suárez, dentro de esa aparentemente sádica conspiración contra el individuo que conocemos con el nombre de evolución.
Rock sudaka, en 1996, fue ladero cronológico de dos creativos marginales de la década, no necesariamente ligados al rock. A dos días de empezado el año, el periodista y escritor argentino Salvador Benesdra había optado por tirarse desde el piso 10 de un edificio porteño. Aunque no fuera la única razón (había sufrido brotes psicóticos y en París llegó a ser internado en la Maison Blanche, el Borda parisino, para distinguirlo de y unirlo a Korneta), el rechazo de todas las editoriales a su primera novela, El traductor, también lo traumatizaba. Dos años más tarde, las 638 páginas en las que se extiende su primera edición en la editorial De La Flor fueron saludadas como la obra de “un Roberto Arlt para el fin de siglo”. Y la expansiva y claustrofóbica ficción en la que el traductor trotskista Ricardo Zevi observa cómo se cae la Unión Soviética, el amor se le hace esquivo y la psiquis un firulete insondable, se transformó en un libro de culto que aún hoy es influyente.
Algunos meses después, Fabián Polosecki eligió egresar de este mundo arrojándose a las vías del ferrocarril San Martín a la altura de Santos Lugares. Polo, como lo conocimos, no fue póstumo. Los ciclos televisivos de este periodista con cara de ángel (El otro lado en 1993 y 1994 y El visitante, en 1995) salían en tv abierta y hasta le dieron un Martín Fierro. Sus incursiones en busca de personajes urbanos, marginales sin atril y los propios fantasmas nocturnos de la ciudad le dieron otra connotación a los decorados flúo de la convertibilidad, con poesía y calidez.
Polo, igual que Wong Kar-wai y Korneta, sabía sacarle viruta a los adoquines olvidados de la Gran Ciudad. Esa que había pertenecido a Carlitos Gardel y “ahora es tuya y nada más”, como canta en Gardeliando, donde afirma que “solo la música puede darme amor” y se quita el chaleco amable para acusar “si no te gusta lo que ves/ andate a vivir a Nueva York”. Es una de sus grandes canciones, aunque no tan buena como Nadie cree en mi canción y la gloriosa Cobarde para amar, que aparecería como novedad en 1998, en el conciso Gardeliando, una reversión sonora necesaria de Rock sudaka. Ahí Korneta usaba el “tú” para una melodía franca y rozagante, acaso más con el espíritu de Roque Narvaja en La Joven Guardia o Litto Nebbia en los primeros discos de Los Gatos. La fábula Los chicos de la esquina, un suite de funk que retrata una postal suburbana con nervio, humor, drama, y con un dejo protofeminista, lo que consagran como el Balzac de los bajos fondos porteños.
En cierto punto, Korneta no dejó nunca de ser un hippie que convocó a las hordas más lúmpenes, amén de carecer del magnetismo de Andrés Ciro o Chizzo para atraer público femenino. Su muerte, en 2004, hizo recrudecer la madurez latente de Eli, con quien tenía un juego de Yin y Yang en cuanto a pilas y responsabilidad. Porque sin Korneta, Los Gardelitos ganaron en profesionalidad y, gracias a su ausencia, en aura mítica. Sobre su viejo líder podría caer la especulación de una gestión más profesional o enfocado, pero no hubiera sido él. Y eso sí que habría sido una pena.
JB/VDM





