Lo admito: en mi vida he fracasado al triunfar.
Estas líneas son más bien para que el lector cínico, cansado y aburrido se las tome para la chacota, y acaso por arte de magia se encuentre ¡abracadabra! por ahí, en algún embute del texto y diga “soy” o “a mí también me pasa eso”, sentado tal vez en el inodoro o acostado en posición fetal, en la oscuridad de la noche, mientras espanta el sueño con la droguita del scroll. Con que eso suceda una vez, una sola vez, esta teoría —que no es una teoría— habrá encontrado su función de ser y la cagatintas que suscribe, el alivio de no saberse tan sola en esta durísima empresa que es triunfar al fracasar.
De un tiempo a esta parte logré hacer del sentimiento intransferible del fracaso una disciplina perfectible, tanto así que, gambeteando el visto nuevo de Freud, lo que hoy creo que hago es el reverso del default: yo triunfo al fracasar. Por supuesto la teoría —que no es una teoría— está floja de papeles, pide a gritos no ser escrutada con los ojos tantas veces solemnes de quienes nos escuchan meta bla bla bla en sus confesionarios laicos.
Veamos si algún valiente se suma al padrón y que tiemblen, de paso, los arrogantes que una y otra vez triunfan, predecibles, monocordes, hijos sanos de la victoria que no les escasea, que teman por sus reconocimientos, por sus premios en moneda extranjera, por sus medallas enchapadas y que alguna vez se metan sus trofeos dorados en el orto.
Si sabés que tus rollos rebeldes insisten porque todas las tardes caés en las garras del chipacito y no porque tenés un alto nivel de cortisol, entonces, querida, querido, triunfaste al fracasar.
Si te resistís a reemplazar el Marlboro y el café negro recalentado por la pipeta electrónica y el ice coffee, triunfaste al fracasar.
Si todavía podés sostener una conversación de más de media hora sin perderte en el abismo del celular, triunfaste al fracasar.
Si preferís tomarte el 124 o el 60 para ir a un conversatorio en hora pico en la otra punta de la ciudad a ver su transmisión online, triunfaste al fracasar.
Si cada muerte de obispo te sacás una selfie con tu marido pero te da vergüenza subirla y farmear likes, entonces triunfaste al fracasar.
Si ejercés el noble derecho a la abstención de opinión sobre alguno de todos los temas que andan dando vueltas en la discusión pública, entonces, ahí está la copa, maestro, triunfaste al fracasar.
Si todavía pensás que el trabajo duro y el talento valen más —mucho más— que el capital social, que las camaraderías y las mafias, triunfaste al fracasar.
Si preferís la carrera de fondo al pique corto, si elegís el ritmo atortugado del prestigio a la dopamina del viral, si optás por un vasito venenoso de Coca regular cada tanto a dos vasitos de Coca Zero todos los días, triunfaste al fracasar.
Si tenés la chance de colgarte de las tetas de alguien para figurar pero antes muerto que arrastrado: dale, campeón, dale, campeón.
Si todavía no viste la serie con la que todos están fascinados, si lo que publica la escritora fetiche del establishment literario te parece un robo tras otro, si no sabés ni un solo verso de los temas de Lali, de Dillom, de Trueno, de Milo J, si te parece un idiota el streamer que te explica cómo son las cosas… Hermano, hermana, adiviná, sí: triunfaste al fracasar.
Si te dicen «la distinta» porque tenés media idea propia, si recusás algún punto del programa de la buena conciencia que dictan las dueñas de la idem, chapeau.
Si no te llegan las solicitadas para firmar a favor, tampoco las solicitadas para firmar en contra, después de preguntarte si existís o si sos un holograma, podés salir a festejar: triunfaste, máquina, nadie te extorsionó.
Si te clavó el visto la Mili Pili más hegemónica de Instagram pero la mamá luchona de Ramos Mejía te aceptó esa cerveza; si te ghostearon de la editorial y te hicieron sentir para la mierda; si se cayó el proyecto autogestivo antes de arrancar; si nunca compraste un trapo en Shein (aunque no parezca), triunfaste al fracasar.
Si cada vez te parecen importantes menos cosas, si cada vez desconfiás más de las instituciones y mirás con otros ojos al cuco de la violencia, si cuidás tu intimidad y no la convertís en mercadería, bueno, obvio, triunfaste en el arte de fracasar.
Si tu fracaso hace feliz a otro, dejame decirte, que el que triunfó en realidad fuiste vos.
Si tu opinión provoca urticaria a las pieles sensibles, si escuchás el audio cuando tenés ganas y no cuando te lo mandan, si sabés y hasta disfrutás aburrirte, si mirás hasta el final Máxima Velocidad o Legalmente Rubia cada vez que la enganchás en el cable, si tenés una maestría en hacer nada con el tiempo, si estar solo mirando el techo no te perfora de angustia, entonces, claro que sí, triunfaste al fracasar.
Pero sobre todo, si te rompe mucho las pelotas la dictadura del éxito, si te asfixia el imperativo proteico, antiinflamatorio, pseudocientífico, financiero y algorítmico de la época, si no soportás que los trofeos pasen mano en mano entre los veinte viejos meados y señoras chetas de siempre, si tampoco vas a soportar que en unos años tu presidente sea un nepobaby pasado de likes, si te negás a participar de la farsa —de cualquier farsa— triunfaste al fracasar.
Qué lindo, ¿no? Casi como ganarle, otra vez, a los ingleses. Para los que triunfamos al fracasar, 15 de julio es todos los días.
PP/VDM









