El gobierno de Javier Milei activó una de las jugadas parlamentarias más sensibles de este año y, al mismo tiempo, una de las más inciertas. La reforma política ingresó este miércoles al Congreso, pero la verdadera discusión recién empieza ahora, lejos del texto y centrada en los votos que hoy no tiene el oficialismo.
El proyecto entró por el Senado con la lógica de empezar donde el oficialismo cree que puede construir acuerdos más ordenados, sobre todo con gobernadores. Pero esa decisión también expone la otra cara del problema: el Gobierno no tiene hoy los números para aprobar su objetivo central, la eliminación de las PASO.
La reforma, que tiene 78 artículos, no se limita a ese punto. Incluye ficha limpia, cambios en el financiamiento, nuevas reglas para partidos políticos y modificaciones en la Boleta Única. Pero en términos políticos, todo gira alrededor de lo mismo: quién define las candidaturas en un sistema sin primarias.
El oficialismo resolvió arrancar por la Cámara alta para ganar tiempo y volumen político. La apuesta es que un primer avance allí ordene la discusión y genere impulso hacia Diputados.
Pero incluso en ese terreno aparecen señales de alerta. Sectores de la UCR defienden las PASO y el PRO de Mauricio Macri viene manifestando que «sin una propuesta alternativa a las PASO, no estamos de acuerdo». El Gobierno, además, no realizó un sondeo formal con los bloques antes de enviar el proyecto, lo que refuerza la sensación de que la iniciativa nació más como una señal política que como un acuerdo construido. Un legislador nacional también sumó a La Pluma que es un gesto más para «fijar agenda» en el Congreso, mientras la economía y la causa Adorni no arrojan buenas señales.
En paralelo, algunos operadores empezaron a moverse. Hubo contactos preliminares con gobernadores a través de borradores del proyecto, en un intento de empezar a armar una base de sustentación que todavía es frágil. Sin embargo, el texto final ya fue enviado.

Ficha limpia como «moneda de cambio»
Si el Senado es el primer paso, Diputados será el filtro real. Allí la reforma se enfrenta a un escenario fragmentado, con bloques que acompañan al Gobierno en algunos temas pero marcan límites en otros.
El caso más claro es el de las PASO. Según reconstruyó La Pluma, el peronismo ya anticipa rechazo a su eliminación porque las considera una herramienta clave para ordenar su interna. Incluso dentro de aliados del oficialismo hay dudas: en el PRO admiten que, en distritos como la provincia de Buenos Aires, las primarias podrían ser el único mecanismo para evitar que la lapicera quede en manos del oficialismo libertario.
Ese punto explica la tensión de fondo. Sin PASO, la definición de candidaturas se corre hacia acuerdos de cúpula. Y nadie quiere quedar en desventaja en esa negociación.
En ese esquema, ficha limpia aparece como la herramienta del Gobierno para intentar construir mayorías. Pero tampoco llega «curada» al debate. Como ya quedó expuesto en la discusión previa, varios bloques quieren tratarla por separado. «No puede ser una moneda de cambio, hay que discutirla por separado», dijo Maximiliano Ferraro, diputado de la Coalición Cívica, en diálogo con este medio. El problema para el oficialismo es que ese capítulo, que podría sumar consensos, pierde potencia si queda atado a la eliminación de las PASO.

Financiamiento de la política y cambios en la BUP
El proyecto va más allá de las primarias y mete cambios estructurales que también generan resistencia. Por un lado, endurece las condiciones para la existencia de los partidos: exige presencia en al menos diez distritos y fija un piso del 3% del padrón para evitar la caducidad de personerías.
Por otro, modifica las reglas de financiamiento y amplía el margen para aportes privados, con nuevas obligaciones de registro y control.
También introduce cambios en la Boleta Única de Papel, como la posibilidad de votar lista completa, lo que ya genera resistencia en partidos provinciales que buscan evitar el arrastre de candidaturas nacionales.
Ese combo convierte a la reforma en algo más que un debate electoral: es un rediseño del sistema político que impacta directamente en cómo sobreviven los partidos, cómo se financian y cómo compiten.
La reforma política de Milei ya está en el Congreso, pero todavía no tiene dueño. El Gobierno la empuja, los aliados la miden y la oposición la fragmenta. En el medio, aparece la verdadera discusión: quién se hace cargo de juntar los votos de una ley que redefine reglas, incomoda a todos y nadie quiere pagar en soledad.
JD/CM





