Son las 23.30 de un jueves y me tomo un taxi al azar en Aeroparque con destino a Palermo. Estoy cansada y cargada, pero también preparada para lo que sucederá al instante en el que me subo al auto cuando el conductor es varón. Lo sé de memoria porque hago este trayecto con frecuencia y siempre que el tachero ve mi valija interroga. Éste debe tener unos 50 años; doce más que yo, calculo. O es mayor pero está muy bien conservado. El tipo dispara, sin vueltas: “¿De dónde venís?”.
Lo que sigue también lo tengo aceitado. Sé que tengo que responder sin dar demasiados detalles, agregar que estoy cansada a modo de excusa para no seguir la charla y, acto seguido, sumergir la cara en la pantalla del teléfono para mostrarme ocupada. Lamentablemente, como también pasa seguido, el conductor que me tocó insiste en seguir conversando. Recién estamos a la altura de Costanera Norte y viene el tiro: “Con esa carita linda, ni el cansancio se te nota”.
Se activa, entonces, el sexto sentido defensivo de una mujer que se desarrolla a lo largo de una vida superando acosos callejeros. Es como un instinto animal de supervivencia en el que el corazón se acelera y el cerebro elucubra planes de escape aunque no haya una amenaza explícita.
Agradezco el piropo porque -como sabrán las mujeres que están leyendo- cuando una está encerrada entre cuatro paredes o un vehículo con un hombre que no conoce, pilotear la galantería no solicitada es un arte. Debemos ser agradables pero no demasiado simpáticas. Tenemos que medir las palabras y evitar ser permisivas, no ser mala onda ni mostrar el miedo, aunque todas sintamos pánico en esas ocasiones.
El viaje, de ahora en más, no será para nada placentero. Mi conductor seguirá indagando sobre mi futuro de las próximas horas y al enterarse de que no he cenado, proseguirá con una invitación a cenar con él: que te llevo a una parrilla linda de Palermo, que comemos algo rápido y te dejo en tu casa para que duermas temprano; que yo tengo que seguir con el turno, un ratito nada más, no seas mala, qué te cuesta; es un planazo… Te invito yo, eh, yo pago todo, eh.
Eludirlo respetuosamente se hace más difícil cada cuadra que pasa. Las manos me transpiran, pienso excusas para bajarme en Avenida Sarmiento y caminar hasta mi destino. Como falta poco, hace frío y no hay nadie en la calle, opto por pilotearla solo diez cuadras más. Pienso escenarios a toda velocidad y me doy cuenta que no quiero que vea el edificio donde me quedo, así que aprovechando la doble mano de Santa Fe le digo que con que me deje enfrente yo me arreglo.
El tachero insiste con la cita, pero su tono cambió y ahora es terminante: “¿Quién te invita a un plan así, espontáneo, con un tipo divertido como yo? Mirá que te vas a arrepentir de perdértelo”. Faltan dos cuadras. Encaro la estrategia de pagar en efectivo para no demorarme pidiendo alias y usando aplicaciones. Tengo los billetes listos, apretados en la mano. Cuando frena se los acerco al hombro derecho. No me los agarra: “Dale, última chance, vamos a comer”. Celebro tener la valija a mi lado y no en el baúl ni en el asiento de adelante. “¿Me podés cobrar?”, le digo ya con muy poca onda. Resopla, agarra la plata y vuelve a la carga. Me dice que no me haga la difícil.
Ahí mi último pensamiento de supervivencia se activa horrorizado. Miro el picaporte y anticipo mi próxima dificultad: esa puerta está trabada con seguro. Tironeo y efectivamente lo está. A esta altura quiero gritar de las ganas que tengo de salir de ese auto, pero respiro hondo y con mi voz más firme, le digo: “Abrime”. “Dale, vamos a cenar”, dice sin destrabar la puerta. “Abrime, te dije”, exijo ya enojada. No responde. Pasan unos cinco segundos eternos. Silencio. Escucho el click. Salgo eyectada del taxi, tiro mis cosas en la vereda y cuando entro en el departamento me largo a llorar.
«Se te cayó un papel»
Hay un piropo, antiguo pero eficaz, en el que caigo siempre y me muero del odio. Es ese de «se te cayó un papel» y vos, como una boluda, mirás para todos lados pensando que estás perdiendo algo y ahí, en medio del giro sobre tu eje, el desconocido agrega: «El que te envuelve, bombón». Me hierve la sangre de ira y sigo mi camino avergonzada por -otra vez- haber caído. Dentro del vasto universo de los piropos, ese es de lo más inocentes y pienso que la intención principal de su enunciador es ver cómo tropezás en el chiste pelotudo. Tu descoloque lo hace sentir superior. Eso, más que darte una apreciación de tu belleza.
Me cuesta mucho, como mujer, desvincular el piropo del acoso callejero. Es una situación en la que una nunca elige estar, para la que no está preparada. No hay guardia suficiente para afrontar un comentario que suele ser desagradable y que una no quiere escuchar.
Unos días después de mi incidente con el taxista en Buenos Aires voy al gimnasio en Rosario, donde vivo. Me encuentro con Lucía, mi compañera. Esperamos que empiece nuestra clase y le elogio unos auriculares grandes, tipo vincha, que le cuelgan del cuello. Lucía me cuenta que le encantan porque tienen “cancelación de ruido”, una tecnología que inhibe los sonidos del exterior para que no interfieran con la música que estás escuchando. Uno pensaría que mi amiga celebra esa característica porque evita que bocinas y sirenas arruinen sus canciones, pero Lucía sigue: “Así no escucho lo que me gritan por la calle”. ¿Qué te gritan por la calle?, le pregunto nada sorprendida. Lucía, hermosísima, jovencita, 23 años, enumera:
“Qué ganas de chuparte bien el orto”.
“Con ese culo lo que debés tener la cajeta”.
“Subite y sentate en mi poronga”.
Ustedes dirán: qué ordinaria esta periodista, qué necesidad de usar ese lenguaje soez en una columna. Pero, ¿por qué si mi amiga tiene que escucharlo no van a leerlo ustedes acá conmigo? Horrorizados, espero, como yo ante su relato. ¿Eso según quién puede ser un piropo que una quiera escuchar?
Otra destreza y otra opuesta, de otro orden
Un pensador urbano que ha ahondado en el piropo en muchas ocasiones, es el escritor Alejandro Dolina. En la larga historia de su programa radial La Venganza Será Terrible, el conductor se ha manifestado múltiples veces en contra de esta práctica y, en el contexto actual, donde el machismo y el acoso vuelven a avanzar sin miedo, con la autoridad de una estructura patriarcal que los protege, que sea un hombre el que se opone, me hace pensar que alguien del otro sexo nos entiende y, por lo tanto, es digno de citar: «El piropo no sirve en ningún caso», dijo Dolina a lo largo de los años. “Queda la belleza estropeada por el cristal del ojo abyecto de ese tipo que dijo eso. Y lo digo yo que acostumbro a decir cualquier cosa y que todos los terrenos de mi decir varían en extensión, pero ese es un lugar que yo no piso”, precisó en una emisión de 1994.
En su programa se refirió al tema varias veces en los últimos 30 años: “Las mujeres están hartas del piropo y los piropeadores en realidad son acosadores al paso”, retomó en 2007. Eso es lo que representa el piropo hoy. En la Historia occidental habrá sido una herramienta de galantería para que una mujer, en general obligada socialmente a ser retraída y sumisa, supiera del interés de un hombre. Pero hoy es otra forma de ponernos incómodas y una herramienta discursiva que no solo es ineficaz sino que dudo, al igual que Dolina, de que esté puesta en práctica para halagarnos:
“El piropo se usa mayormente cuando hay grupos de hombres. Estos hombres, cuando le dicen un piropo a una mujer, en realidad no quieren seducirla a ella, sino a los hombres que forman parte del grupo. […] Los tipos que están juntos en una pizzería y le dicen un piropo a dos minas que están aterrorizadas a las cuatro de la mañana esperando el 143, no se quieren levantar a esas minas, se quieren levantar a los amigos. No sé de qué manera, pero así funciona. […] No digo que le gusten más los hombres que las mujeres, digo que prefieren la seguridad de una misoginia ejercida desde la pizzería a las verdaderas aventuras del amor, que no son gritarle cosas a las mujeres que pasan por enfrente. Son otra cosa, requieren otra destreza y otra apuesta, de otro orden”, dijo de nuevo en el 2009 en su programa.
La RAE define al “piropo” como un “dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer”. ¿Leyeron? “Especialmente la belleza de una mujer”. Por defecto, en su conceptualización ya está segmentado como elemento discursivo que se posiciona sobre nosotras. Sin dudas hoy existen piropos entre personas del mismo sexo y piropos amorosos entre amigos o parejas. Pero no son los que me interpelan.
¿Cuál es, entonces, la forma correcta de acercarse a una mujer? Coincido con Dolina en que es un arte que “requiere otra destreza y otra apuesta”, y solo puedo hablar de lo que a mí me puede resultar atractivo. Elijo que me saquen conversación casual sin forzar la situación. Cualquier escenario es válido para la conquista si está bien implementada la charla. En una ferretería, por ejemplo, con alguna elocuencia o chiste espontáneo. Y si yo me río, respondo o muestro interés, puede que se abra una posibilidad de más conversación que no debe nunca superar una solicitud respetuosa de intercambiar teléfonos o @ de redes.
Leer el clima me parece clave en cualquier coqueteo. Pienso, incluso, que una buena charla inicial puede funcionar mejor que cualquier piropo estandarizado o guarango. Y si me hacés un chiste y no te lo sigo y me quedo hablando con el ferretero, no insistas, dejame tranquila que sólo quiero irme a mi casa con mis tornillos y en paz.
GDK/VDM





