El viernes al mediodía me subí al 39 y tardé un rato en pagar porque mi tarjeta no tenía saldo. Mientras cargaba la SUBE con el teléfono, atrás se formaba una fila larga de gente abatida por la faena del día. Para mí estaba terminando la semana pero había algunos, en esa fila, que todavía tenían trabajo por delante. Una mujer tomada de la mano con un nenito con guardapolvo a cuadros, una enfermera con uniforme, un vendedor que llevaba su mercadería de medias en una bolsa de nylon. En la radio reproducían audios del presidente insultando, feroz, a una periodista, y el locutor anunciaba una protesta de familiares afectados por los recortes en el área de salud.
El chofer, malhumorado por mi tardanza y por la gente acumulada en la fila, cerró la puerta con un chiflido de aire, puteó en voz alta y, cuando arrancó fue tan brusco que varios perdimos el equilibrio y nos tropezamos en medio del pasillo, flameando con los brazos en alto como muñecos llenos de aire, balanceándonos entre una pierna y la otra, chocándonos entre nosotros. Desestabilizada, sin poder manotear un caño de donde agarrarme, caí encima de una viejita que miraba un TikTok sin auriculares.
La vida en común es inestable y torpe, está llena de tensiones y conflictos, como ese 39 zarandeándose con todos nosotros adentro. Vivir con otros es la tarea más difícil y más desafiante que nos toca, tanto en el plano social como en el familiar y el político. En Cómo vivir juntos, Roland Barthes acuña un término, el de idiorritmia, para referir al ritmo, singular y común, propio de la convivencia social: todos estamos así, a los golpes y los tropezones, intentando disimular el malestar. Barthes imagina formas utópicas de vida en común donde lo gregario no anula el deseo de estar con otros.
“¿Cómo vivir juntos?”: una pregunta que recorre casi todo el pensamiento contemporáneo, desde la filosofía hasta la sociología, pasando por el psicoanálisis, las novelas familiares y las intrigas matrimoniales. Pensar en compartir la calle, el banco de la escuela, el pasillo del colectivo o una cama conyugal es una locura, si lo miramos bien. Incluso en este mundo donde reina el yo, donde el individuo y la experiencia singular llevan la delantera, no estamos solos: ¡es impresionante todo lo que hay que consensuar, la cantidad de subtextos que hace falta conocer para seguir viviendo juntos!
Pensar en compartir la calle, el banco de la escuela, el pasillo del colectivo o una cama conyugal es una locura, si lo miramos bien.
En On tyranny, su breve tratado sobre la tiranía y la convivencia democrática, Timothy Snyder destaca el valor de los pequeños gestos: el small talk, la charla anodina y ligera; el lenguaje amable, la cordialidad en el trato; el contacto visual, el cruce de miradas; la creencia en una verdad común. Hay que apostar por la verdad, sí, pero también hay que saber mentir. Es preciso ser hipócritas y engañarnos en cierta medida para mantener en pie la convivencia. Es lo que algunos autores llaman hipocresía social, esa virtud democrática que nos mantiene juntos y evita la disolución absoluta de los lazos.
En su libro Yo me lo merezco, Paula Sibilia explora la mutación del “suelo moral” en los tiempos contemporáneos: en el pasado, dice Sibilia, éramos sabiamente hipócritas, cultivábamos la vida interior y simulábamos en público, entregándonos al velo de engaños y mentiras necesarios para no romper los acuerdos mínimos de convivencia (no decirlo todo, no develar el truco).
Ahora, en cambio, reina el cinismo, nadie disimula el malestar, la crueldad o el engaño, y la verdad se encuentra al desnudo, sin velos ni máscaras. Como dijo Alan Pauls en una entrevista reciente sobre el gobierno de Milei, este parece haber sido el único, o el primero, en decir una especie de verdad cruda, una verdad provocadora que afirma que todo en este mundo es falso: el amor es falso, la política es falsa, la universidad es falsa, las utopías de emancipación son falsas.
En el reino del cinismo no hay utopía, hay puro presente. Hace poco salió un videoclip donde Silvio Rodríguez y Chico Buarque cantan una versión de “Sueño con serpientes”, esa canción de trova que hablaba de soñar, de serpientes locas, de engullir y de luchar. En el video se ven imágenes de La Habana destruida, pobre, derrotada, con ellos dos ya viejos cantando al borde del mar Caribe, y sentí una nostalgia feroz: el mundo que conocimos, o el que creímos que podríamos conocer, no existe más.
En el reino del cinismo no hay utopía, hay puro presente.
En algunos momentos, me siento sumida en ese mundo cínico en el que nadie cree en nada. En otros, como el viernes pasado en el 39, siento que la vida en común nos impone un movimiento frenético y cruento, con frenadas y aceleradas bruscas, con disonancias rítmicas y morales, y que todos intentamos sostener los pequeños gestos –el comentario cordial, la risa cómplice, el gesto adusto, el sabio silencio, el canto compartido– para seguir andando.
SM/VDM






