Es de plástico, verde y está dividida en el medio, para que la puedas hacer girar en dirección de las agujas del reloj. Cuando lo hacés, empieza a moverse mecánicamente, hasta que vuelve a su lugar. No tiene música, no tiene nada. Sólo gira hasta un lugar de tensión y vuelve de a poco a su mismo sitio.
La manzana estaba construida por las calle Maza, Carlos Calvo, Estados Unidos y la avenida Boedo. En la calle Maza vivía Ricardo Francescheli, uno de los amigos de nuestro primo. Una vez se nos pinchó la rueda delantera de la bicicleta y veníamos derrotados por la calle, a pie, y salió Francescheli de la casa donde vivía con sus padres. Alto, pecoso, en musculosa blanca y vaqueros, y nos dijo que la podía arreglar.
Abajo de la casa de los Francescheli había un sótano con una ventana que deba a la calle. Cuando estabas ahí podías ver pasar zapatos, o ver caer colillas de cigarrillos, paquetes vacíos de golosinas. En ese sótano había olor a goma y grasa. Francescheli nos arregló la bicicleta en un segundo. Era un genio. Todo el barrio tenía muchas esperanzas en su futuro.
Francescheli, Rino, Locuratto, Jimmy, Enriquito, el Chanta, Carlos, mi primo (al que después iban a llamar Charlie): ellos eran adolescentes cuando nosotros éramos chicos.
Francescheli entró en la Marina, eso causó sensación. Nuestros padres lo invitaron a almorzar. Estaban fascinados por cómo comía, la forma en que apoyaba los codos, como subía el tenedor a la boca, ningún ruido. Comía despacio y sabía dónde iba cada cubierto. Lo habían entrenado en los modales de mesa. Parecía que en vez de comer estaba haciendo tai chi. Nuestro primo lo miraba de costado, como si sospechara algo. Papá y mamá pasaron la tarde hablando sobre la educación extraordinaria de Francescheli. Le decían “El Educadísimo”.
Primo vivía con su madre en la pieza de adelante de nuestra casa. Cuando Francescheli entró en la Marina, él entró en la JP. «Su primo está mal de la cabeza, no quiero que se queden hablando hasta tarde con él», nos decía mamá. Mi mamá le lavaba los pantalones a Primo y sacaba los boletos mojados de los trenes. Porque nuestro primo iba a Gaspar Campos a vivar a Perón que había vuelto al país.
«Este viejo los va a traicionar», decía nuestra madre. Nuestra madre había sido una mujer delgada, pero después de que nacimos se volvió gorda, usaba soleros amplios, con motivos florales, tenía pies planos y solía tirarse en el piso del patio trasero en verano a fumar jockey clubs. Había sido muy pobre y junto con nuestro padre luchaban por mantenerse a flote y tal vez, quién sabe, ascender.
Papá y mamá hicieron de su pareja una pyme y se convirtieron en hermanos. Ahorraban todo lo que conseguían en una caja que tenían en el dormitorio. Arriba del ropero. Querían comprarse una casa. Primo quería hacer la revolución, Francescheli quería conocer los mares del Polo Norte.
Primo quería hacer la revolución, Francescheli quería conocer los mares del Polo Norte.
Una tarde de otoño jugábamos al fútbol en la calle y de golpe vimos aparecer a Francescheli cruzándola, con su uniforme inmaculado, la gorra, los guantes, todo como la tapa del Álbum Blanco. Le pegó el sol que se filtraba entre dos edificios y nos encegueció su elegancia. Cruzaba de la vereda nuestra a la del deber.
Cuando pasó lo de Ezeiza, Primo no volvió a casa. Durante dos largas noches la luz del patio de adelante estuvo encendida. Las noticias eran malas. Hasta que sonó el teléfono negro y alguien le avisó a nuestro padre que Primo estaba vivo.
Cuando volvió, todo golpeado, estuvo en su pieza varios días. Mamá le pasaba a nuestra tía una bandeja con la comida. En algún momento debe haber salido para ir al baño, pero eso lo habrá hecho durante las noches porque nosotros no lo veíamos. Si quería algo, golpeaba una palangana con una cuchara y nuestra madre o nuestra tía iban a ver qué necesitaba.
Desde esa vez que estuvimos esperando a nuestro primo en la incertidumbre total, cada vez que uno de nosotros llega tarde, no podemos dormir.
Francescheli se embarcó y viajó por el mundo. Volvió bronceado y muy musculoso. Pero ya no se hablaban con nuestro Primo. Francescheli había dejado de usar la ropa militar para salir. Lo hacía con saco y corbata, blazer negros, pantalón gris, como si usara un uniforme de preceptor de secundaria.
Nuestro primo se operó la nariz –después de los golpes le había quedado torcida, respiraba mal- y venía a dormir a la casa de vez en cuando. Fue para cuando lo empezaron a llamar Charlie. A veces sonaba el teléfono y alguien preguntaba: ¿está Charlie?
Había un policía en la esquina, de consigna. Se quedaban largos períodos, siempre el mismo, tanto que los conocíamos por su nombre y los saludábamos. Hasta que empezaron a matarlos. Una noche de intenso calor, nuestra madre dio la orden de que sacáramos los colchones al patio para dormir. Mirábamos las estrellas, el satélite que las recorría a esa hora, los balcones iluminados y a oscuras de los edificios de enfrente. Se escucharon tiros, pero a diferencia de otras veces, nadie salió a ver qué pasaba.
Otra tarde entramos a casa y nuestra madre estaba llorando. Había muerto Perón. No entendíamos por qué lloraba. Para esa época empezamos a no preguntar, empezamos a imaginar.
Había muerto Perón. No entendíamos por qué nuestra madre lloraba. Para esa época empezamos a no preguntar, empezamos a imaginar.
Imaginen la pieza de nuestro primo, donde dormía con su madre, como si fuera un cuadro de Van Gogh. Dos camas –una enfrentada a la otra- un ropero largo, una mesa entre las dos camas y un escritorio que Primo usaba para dibujar. Por todo el piso estaban tiradas joyas: revistas de comics, desde las dibujadas como Batman hasta las fotonovelas de Killing.
También había discos sencillos de rock que Primo escuchaba en un tocadiscos hecho polvo. Una tapa de un long play nos volvía locos. Ummagumma de Pink Floyd. Era un disco del 69 cuando Syd Barret recién había sido despedido de la banda y andaban un poco a la deriva.
En la tapa estaban los Floyds: Gilmore sentado adelante en una silla, Waters detrás, sentado en el césped, Mason parado detrás él, con un sombrero mirando el cielo y detrás del batero, Richard Wright, con la espalda apoyada en el suelo y los piernas levantadas, como si hiciera algún tipo de ejercicio. Lo genial era que en el ángulo izquierdo de la tapa había un cuadro donde se repetía la foto de portada pero cambiando el orden de los músicos, una y otra vez, como si fueran una mamushka, hasta que ya no podías ver ese cuadro sin quedarte bizco. A veces Primo ponía el disco y mamá le gritaba: ¡Bajá esa porquería!
Nos gustaba pensar que eran los amigos de mi primo, Rino, Locuratto, Francescheli, el Chanta…cambiando de posición eternamente según se dieran las circunstancias. Ummagumma en el argot inglés quería decir tener sexo. Si lo hubiéramos compuesto nosotros, se hubiese llamado Foquifoqui.
Roberto Perfume era un tipo que salía con su portafolios repleto de colonias y perfumes y las vendía casa por casa. Era pelirrojo y se movía como si tuviera algún tipo de problema nervioso. Un día le tratamos de explicar lo que sentíamos cuando veíamos –y tocábamos- la tapa de Ummagumma. Se quedó parado, se secó la frente con el brazo de la camisa y dijo: «no entiendo». Hiciera calor o frío, Perfume siempre andaba con un saco. Un amigo nos contó que descubrió por qué. Tenía una camisa que en la espalda decía «Stani». Roberto, después de trajinar el barrio se iba al Luna Park a vender golosinas.
Cuando empezó la dictadura, Primo entró en la clandestinidad, Francescheli entró en la clandestinidad y nosotros empezamos a jugar al ajedrez. No se entiende cómo alguien aún hoy puede escribir frases como “X rompió el silencio”. Debe ser la frase más trillada del mundo. Pero nosotros fuimos a El silencio, un club de ajedrez que quedaba en la calle Carlos Calvo, y la rompimos.
Primo entró en la clandestinidad, Francescheli entró en la clandestinidad y nosotros empezamos a jugar al ajedrez.
Ganamos los campeonatos rápidos, las simultáneas y vimos cómo surgía una estrella: Leo Fernández, quien más tarde sería conocido por todos como Harry Poker. En El silencio estaba El Carismático, que regenteaba el club. Un tipo parecido a James Coburn. A Coburn puede que nadie lo recuerde ahora pero en su momento protagonizó una película que se llamó Flint, peligro supremo, que intentó parársele de manos a las de James Bond y perdió. Pero nosotros recordamos cada vez que nos juntamos, cómo Flint se arrojaba desde una torre altísima que se estaba incendiando y caía con una precisión de clavadista en un pozo de agua.
El Carismático leía poesía sin parar. Nos prestaba libros que estaban todos subrayados con una birome verde. Un día nos dijo: «la poesía es como el ajedrez, si estudiás los movimientos de una partida, ves como los contrincantes hacen cada uno la movida correcta –porque estudiaron mucha teoría- hasta que alguno de los dos hace la movida inesperada». Siempre es mejor lo inesperado que lo imposible, nos decía El Carismático. Hay miles de poemas de amor, hay que leerlos a todos hasta que puedas hacer una combinación inesperada. Como hizo Fischer contra Spassky, con negras, en Islandia.
Siempre es mejor lo inesperado que lo imposible, nos decía El Carismático.
Le contamos esto a Roberto Perfume, que estaba sentado detrás nuestro, a punto de ver una película en el cine Cuyo. Nos dijo: «El Carismático habla mucho». Lo cierto es que El Carismático nos pasaba también libros con teoría ajedrecística. Nos hicimos expertos en el Gambito del Che, un movimiento que el comandante argentino y cubano, Ernesto Guevara, había inventado en un torneo en Cuba siguiendo –suponíamos- las reglas de El Carismático: idee, idee siempre.
Nos gustaba pensar que estábamos haciendo un movimiento de piezas que había hecho alguna vez el Che. Y siempre, cuando pasaron los años y tuvimos que enfrentar momentos de terror, nos preguntábamos «¿qué habría hecho el Che de estar en nuestro lugar?»
Cuando pasaron los años y tuvimos que enfrentar momentos de terror, nos preguntábamos «¿qué habría hecho el Che de estar en nuestro lugar?»
Raúl, el papá de Francescheli era el que ponía las inyecciones en la manzana. Una vez nuestro padre tuvo una reacción alérgica y nos mandaron corriendo a buscarlo. Vino como un rayo. Preparó las jeringas en un calentador portátil que tenía y le aplicó la inyección a papá con una habilidad pasmosa. Papá se deshinchó.
Carmen, la mamá de Francescheli curaba el empacho. Pero durante la dictadura –lo supimos después- la gente la iba a buscar cuando sus seres queridos desaparecían. Para ver si ella podía averiguar algo porque era la madre de un militar. Roberto Perfume nos dijo una vez desde la puerta del condominio donde vivía: «voy a trabajar en la farmacia Sindical, se acabó esto de andar vendiendo casa por casa». Parecía que había tenido una revelación.
En la calle Estados Unidos quedaba nuestra casa. Nos fuimos de ahí un sábado en una mudanza descomunal. Nuestro padre juntaba cosas sin parar y le costaba desprenderse. La familia se había reducido por cosas que pasan. Cuando arrancó el último camión, los vecinos nos saludaban con pañuelos y vítores. A la casa vieja la demolieron y construyeron otra, de estilo americano, que no parecía encajar con las demás. Cada vez que pasábamos por ahí mirábamos si alguien entraba o salía, si había alguien detrás de las cortinas, pero nunca vimos a nadie.
Ahora, miles de años después, le pusieron un cartel de venta. Está bueno que, cuando gira, la manzana mecánica no tenga música.
FC/VDM








