Durante semanas hablamos de política. De eso trata también un Mundial: de las decisiones de la FIFA, de la cercanía entre Gianni Infantino y Donald Trump, de las polémicas arbitrales que despertaron -y en algunos casos confirmaron, como ocurrió con la expulsión del estadounidense Folarin Balogun– algunas sospechas. También hablamos de las políticas migratorias que atravesaron el torneo y de futbolistas iraníes obligados a cargar con los conflictos geopolíticos incluso dentro de la cancha.
Y, sin embargo, durante un Mundial todo eso también queda suspendido. No porque deje de importar, pero el fútbol tiene esa capacidad extraordinaria -y peligrosa- de desplazar todo durante un rato, de generar una emoción tan inexplicable que reordena las prioridades.
Ayer lo comprobé mientras Argentina perdía 2 a 0 frente a Egipto, por los octavos de final y el tiempo pasaba sin piedad. Argentina tenía la pelota, generaba las situaciones más claras, pero los egipcios eran más efectivos. Y de eso se trata también el fútbol. Hasta que pasó algo, que nadie bien sabe qué -ni siquiera Lionel Scaloni– que excedió cualquier táctica y también nos excedió a nosotros.
Confieso que cuando llegó el segundo gol de Egipto pensé en el final y recordé también que no todo es para siempre. Ya está. Ya nos dieron demasiado y eso nos alcanzó para ser felices muchas veces.
En el grupo de WhatsApp con mis amigas, escribí tras el 2 a 0 de Egipto: «Hace falta un milagro. Y ese milagro tiene 39 años y no está teniendo su mejor partido». Pero lo mejor de los milagros es que nunca se anuncian.
Hasta ese momento no era el partido del capitán. Había errado un penal, no encontraba los espacios, no podía gambetear. Hasta que llegó el descuento. Y, como dijo el francés Thierry Henry, ex compañero de Messi en el Barcelona: “Nunca querés despertar a la bestia”.
El descuento de Cuti Romero, lo despertó. No fue algo futbolístico, fue algo emocional. Algo incluso que nos atravesó a casi todos. Messi ya no se mostraba errático y no sólo convirtió el 2 a 2, sino también gambeteó a cuatro dentro del área y bajó a defender en una contra Egipto cuando Argentina ya jugaba con el corazón completamente al aire.
Era el mismo futbolista, pero ya no era el mismo estado de ánimo. Ese gol le recordó que todavía le queda tiempo para seguir haciendo lo que más disfruta hacer: jugar a la pelota. Y ni hablar si eso conlleva la camiseta de la Selección argentina puesta.
Su llanto después del partido -al igual que la emoción de Scaloni-, me emocionaron. ¿A quién no? Al igual que Messi entendimos que, aunque intentemos convencernos de que estamos preparados, nadie está realmente preparado para despedirlo.
Henry dijo también que el penal errado y el llanto final nos recuerdan que Messi es humano (a diferencia de sus últimos minutos del partido donde “nos recordó una vez más que no es humano”). Las dos cosas, con Messi, son ciertas al mismo tiempo.
Scaloni tampoco pudo esconderlo. Ni siquiera logró hacer la entrevista protocolar apenas terminó el partido. «No puedo levantar la mirada…estoy muy emocionado», alcanzó a decir. Más tarde explicó el motivo: “Yo me hice entrenador cuando dejé de jugar para tener estas emociones”.
En Argentina, la gente festejó en las calles como si hubiera ganado un Mundial. En Estados Unidos, los hinchas quedaron fundidos en sus butacas después de lo que habían vivido. Acá y allá, todos festejamos que la historia aún sigue abierta, que las despedidas todavía pueden esperar.
¿Por qué en un torneo atravesado por discusiones políticas seguimos hablando tanto de emociones? Argentina con el 3 a 2 frente a Egipto nos respondió sin titubeos. La política puede ordenar el contexto, explicar los intereses y desnudar las estructuras de poder, pero cuando un partido como el de ayer sucede, cuando un país entero pasa de la frustración y la tristeza absoluta a la euforia en menos de quince minutos, cuando un hombre de 39 años vuelve a cargar en su zurda la ilusión de todos nosotros, toda explicación racional queda inevitablemente incompleta.
Después volveremos a discutir a Infantino, a Trump, a las contradicciones de la FIFA, a las políticas migratorias. Y está bien que así sea. Incluso, hablaremos y nos detendremos en el análisis táctico de la Selección argentina, de qué sigue sin funcionar y de qué variantes se pueden barajar para el partido de cuartos de final frente a Suiza. Pero hoy no. Hoy, las emociones y el fútbol desplazaron, por un rato, cualquier otra conversación.
DC/VDM






