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Somos los últimos humanos yendo a la oficina

Los gurúes digitales citan a Beckett para alentarnos a "fracasar mejor". Punto de partida para Florencia que, aun en la abulia, va al rescate del cuerpo.

Florencia Werchowsky Por Florencia Werchowsky
11 de octubre de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
Somos los últimos humanos yendo a la oficina
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1.

Es muy probable que esta columna sea deforme. Su naturaleza es fracasar. De todas formas, allá vamos. “Fail better” (“fracasá mejor”), me dicen los reels de autoayuda y el algoritmo se me llena de consejos: puedo aprender a detectar relaciones tóxicas, a dormir sin contracturarme, a tener personalidad y a escribir poesía. Cuando las autoayudas, los gurúes digitales, los cryptobró y la gente de la publicidad te dicen “fail better”, están, increíblemente, citando a Samuel Beckett. La frase es de Worstward Ho, un texto experimental de 1983, y dice así:

“All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”.

En la traducción de Lumen:

“Todo de antes. Nada más jamás. Ya probado. Ya fracasado. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

La frase le viene bárbaro a la narrativa del mundo tecnológico, donde los proyectos que empiezan en un garage sueñan con mudarse a una torre de cien pisos con vista al río. Dada la complejidad del texto, es lícito sospechar que Beckett no estaba brindando un consejo de superación ni recomendando fallar bonito para que al final todo salga bien. Y tampoco lo contrario. Estaba pateando el tablero. El párrafo que le sigue a fail better dice así (esta vez traduzco con IA):

Primero el cuerpo. No. Primero el lugar. No. Primero ambos. Ahora uno. Ahora el otro. Harto del uno probar el otro. Harto del otro volver a hartarse del uno. Así seguir. De algún modo seguir. Hasta hartarse de ambos. Vomitar e irse. Donde ni uno ni otro. Hasta hartarse de allí. Vomitar y volver. El cuerpo de nuevo. Donde ninguno. El lugar de nuevo. Donde ninguno. Intentar de nuevo. Fracasar de nuevo. Mejor de nuevo. O mejor peor. Fracasar peor de nuevo. Todavía peor de nuevo. Hasta hartarse para siempre. Vomitar para siempre. Irse para siempre. Donde ni uno ni otro para siempre. Para siempre y del todo.

2.

Graciela abre la oficina. No es la dueña pero tiene la llave. Suelta su cartera sobre una silla de la recepción y en el tablero activa las térmicas de: OFICINA 1, OFICINA 2, PASILLO, BAÑOS, COCINA, TESORERÍA, SAL. REU. 1, SAL. REU. 2, CONTAD. Cánones de tubos que fluorescen van encendiéndose en los espacios con una coreografía de luz y zumbido –un runrún que es el ruido blanco de la jornada laboral–.

La luz blanca magnifica la sordidez de las salas frías, húmedas, alfombradas, grises de paletas de moda en los 90’s y del hollín que entra por las ventanas –son los humos de los colectivos que la dejan a Graciela, convenientemente, en la puerta del trabajo–. Las oficinas huelen a los hongos que crecen junto a las goteras que jamás se terminan de arreglar y un poco a los nidos de palomas en los dinteles, con suaves vahos de yerba de los últimos mates, volcada en los cestos de basura.

Los oficinistas van llegando, algunos más puntuales que otros, y encienden sus PCs, se saludan en los pasillos, ponen agua a calentar, le dan vida a un sistema moribundo. Algunos ya no vuelven. 

Las oficinas como hábitat de la burocracia se extinguen frente al éxito de la eficiencia digital, el home office, los bots y el Zoom, entre otros anglicismos asumidos en nuestra rutina administrativa. Es el triunfo de la inmediatez impersonal, el progreso hacia nuevas formas de vinculación a través de –pero principalmente con– las máquinas.

Se transfieren las gestiones de nuestra organización social hacia sistemas que, por ser inorgánicos y estar disponibles las 24 horas, son más eficaces que las personas. Se eliminan los vicios humanos de a poco y para siempre. Hay cada vez menos gente en los joles de entrada, en los molinetes, en las cajas registradoras y del otro lado del teléfono. Entonces es el fin de la fila y de la espera, es la extinción lenta del insulto al burócrata y el ocaso de la complicidad con los desconocidos (sospecho que el BOTI nunca me va a hacer una gauchada). 

Si todos los trámites que se hacen en esa oficina pueden resolverse de forma remota, ¿por qué Graciela y los pocos compañeros que le quedan siguen viniendo algunos días por semana? ¿Es una preferencia o una obligación? ¿Qué los retiene en la rutina física? ¿Cuántas jornadas más como esta les quedan por delante?

Junto a mi compañía escénica aprovechamos esta oficina de uso intermitente para hacer Asuntos internos, una obra sobre la burocracia, los sueños digitales, la introspección y la promesa incumplida de la tecnología salvadora. En las funciones el público viene a hacer un trámite y es atendido por oficinistas que son también bailarines y un jefe, que también es cantante.

En el centro de la ciudad de Buenos Aires hay varios artistas en circunstancias parecidas: mientras los alquileres sean accesibles, las oficinas vacías están siendo aprovechadas como estudios, salas de ensayo, ateliers y galerías. Somos nosotros, más Graciela y sus compañeros, la resistencia de la presencia física en un presente arrasado por la virtualidad. Somos los últimos humanos yendo a la oficina –en un centro administrativo vacío de oficinistas y a la vez lleno, pero lleno como nunca, de gente revolviendo la basura– para hacer una obra de teatro o para firmar y sellar unos papeles. De cualquier manera, es performance.

3.

Y hablando de performance, el binomio éxito-fracaso es a la vez el alimento y el veneno de las artes vivas. Por eso, como dice Kipling en un poema, hay que tratar por igual a esos dos impostores. Nuestro trabajo se despliega sobre ese paño ondeante. Circunstancias cotidianas: se agotan las entradas / no se llena la sala; la crítica la odia / el público la ama; “es tu mejor obra hasta ahora” / “no entendí nada”. Etcétera. 

Por eso el éxito es la ocurrencia misma del hecho. El fracaso es dejar de ir, es replegarse. 

4.

Una amiga cantante una vez me dijo: “Prefiero fracasar en la música que ir todos los días a trabajar a un edificio”. Aunque tenía un talento deslumbrante y todos sabíamos que tarde o temprano sería exitosa, había un camino insoslayable por recorrer: debía asumir una vida de privaciones, juntar monedas para tomar clases sueltas de canto, vivir de ingresos inestables en shows dudosos, lidiar con empresarios nocturnos-turbios. Un sacrificio para acceder al milagro, como un sendero hecho de pequeños fracasos cotidianos para llegar al éxito.

Pasado el tiempo, instalada ella ya en el mercado de la música, nos encontramos en una entrega de premios. Le pregunté cómo estaba: me contó que tenía insomnio y diarrea, que su novio estaba teniendo un romance con una modelo y que un ex miembro de la banda le estaba haciendo juicio. No supe qué decirle, entonces la abracé. 

Vuelvo a Becket, pero no a la frase banalizada por la autoayuda sino a la que me suena más urgente: “Primero el cuerpo. No. Primero el lugar. No. Primero ambos”.

FW/VDM

Temas: Florencia WerchowskyFracasoTema Libre
Florencia Werchowsky

Florencia Werchowsky

Es directora escénica, escritora y periodista, ganadora del premio María Guerrero por la dirección de su obra Ensayo del fin del mundo. Sus obras se muestran en el Festival Internacional de Teatro (FIBA), en el Générateur de Ressource et d’Activités Musicales Exploratoires de Lyon, en el Hessel Museum del Bard College de Nueva York, en el Festival Nueva Ópera de Buenos Aires y en diversas salas de la ciudad, como el Centro de Experimentación del Teatro Colón, el Centro Cultural Borges y el Teatro 25 de Mayo. Publicó las novelas "El telo de papá" (2013) y "Las bailarinas no hablan" (2017) por Penguin Random House. Como periodista, escribió para Clarín, Página/12, Rolling Stone, Anfibia y elDiarioAR, entre otros medios.

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