Pedí un rompecabezas para mi cumpleaños, un rompecabezas para mis 45 años. Tiene tres mil piezas. Cuando algún día las termine de encajar, tendré ante mí un mundo de otro tiempo, que se parece bastante a lo que señala la cartografía actual, pero por suerte se queda ahí, lo representa, sobre esa base me regala una ficción.
Parece impreso en papel pergamino, tiene tantos pliegues que me gusta pensar que pasó por otras manos antes de llegar a las mías. Luce tonos envejecidos: amarillos, azules, verdes, marrones, rojos como a punto de descascararse.
Al mapa lo sobrevuelan dragones, por sus tierras avanzan elefantes gigantes y hombres de las nieves, en sus aguas navegan barcos piratas y cada tanto emergen monstruos maravillosos, algunos tienen cuellos largos y lenguas furiosas, otros lucen colas de sirena, uno parece un caballito de mar, mi preferido es el que está lleno de tentáculos sobre el océano Índico y es una mujer, lleva el pelo largo y revuelto por las olas y el viento, mira hacia abajo como buscando algo en lo profundo.
Tengo una pared del living de casa reservada para colgarlo, medirá un metro veinte de ancho por ochenta y cinco centímetros de alto, será como una ventana. La ventana más hermosa dentro de todas las ventanas posibles en un pueblo como éste, el pueblo en el que vivo hace más de diez años, cuando con mi familia dejamos la ciudad de Buenos Aires para mudarnos al sur de La Pampa.
Un pueblo que tiene la misma cantidad de habitantes que piezas el rompecabezas y se hunde en el silencio más precioso que conozco, un silencio hilvanado de ladridos de perros, piar de pájaros, mugido de vacas. En ningún lado los atardeceres son tan pinturas al óleo, y la llanura se extiende hasta que arde la vista de querer ver más allá.
Pero qué se hace con toda esa belleza si una necesita más mundo.
El pueblo en el que vivo tiene la misma cantidad de habitantes que piezas el rompecabezas y se hunde en el silencio más precioso que conozco.
John Spilsbury tenía 29, tal vez 30 años en 1769, cuando murió. Le bastó ese tiempo para dejar una huella con corte artesanal. Sabía mucho de cartografía porque había sido aprendiz de Thomas Jefferys, el geógrafo de Jorge III del Reino Unido, y tal vez combinó ese conocimiento con su nuevo emprendimiento, el de la imprenta que abrió en Londres, lo que lo llevó a grabar una imagen de Europa y luego recortar cada región por sus fronteras.
Dicen que lo pensó con fines pedagógicos y sus “mapas diseccionados” fueron el primer antecedente de los rompecabezas. Aunque la investigadora Jill Shefrin tiene otra teoría: según archivos que encontró, está convencida de que fue la escritora y docente francesa Madame de Beaumont, quien vivió en Inglaterra entre 1948 y 1962, la que empezó enseñar geografía con piezas que se ensamblaban. Están los que conectan ambas historias: tal vez Madame de Beaumont le comentó su idea a Jeffreys y él la envió al taller de Spilsbury para concretar el proyecto. Y pasaron cosas.
Mapas diseccionados: diseccionar significa dividir algo en partes para examinar su estructura o sus alteraciones orgánicas.
Hago eso todo el tiempo con el pueblo. Lo miro de cerca. Reconozco lo importante: las puertas sin llavear, los estados de WhatsApp donde un vecino dice que busca al gato y al rato encuentra al gato, la despensa que te da fiado, la hora de la siesta, el salir a hacer las compras en bicicleta, los chismes de verdad y la imaginación detrás de los que se inventan, nunca tener miedo a que te roben el celular en la calle, las amigas que en cinco minutos llegan a ayudarme a armar el rompecabezas.
Cuando llego a los peros, examino con lupa mis alteraciones orgánicas.
Llevo tres meses encastrando fichas sobre un paño azul. No creo que haya completado ni el cincuenta por ciento del mapa. Al recibir el regalo abrí la caja y me inundó el perfume del cartón impreso con tinta vegetal, sentí la misma emoción que ante un libro nuevo, hasta que tomé conciencia de que las piezas se me escapaban como se resbala la arena entre los dedos, y me parecieron tan pequeñas tan todas iguales tan acertijo imposible de resolver, que pensé que todo había sido un error.
Respiré hondo, me armé un pequeño ejército de colaboradores. Hice, con ayuda, el marco, esa primera vuelta del contorno, después apareció la rosa de los vientos, algunos monstruos marinos, los barcos, ahora me muevo en tierra firme con una alegría insospechada.
Terra Incógnita, la expresión que alguna vez tanto se usó en mapas antiguos, no aparece en el mío. Se cree que fue Ptolomeo, el geógrafo greco-romano que estableció las bases de la cartografía occidental, quien comenzó a llamar de esa manera a aquellas zonas de las que no tenía información. Impuso así una tradición que los cartógrafos europeos sostuvieron al comenzar a mapear el mundo a partir de los viajes de exploración. Desconocían lo que había, pero lo nombraban.
El pueblo donde vivo se llama General San Martín.
Ahora, mientras escribo, leo en la base de la caja del rompecabezas que la marca ofrece “un servicio de piezas perdidas único en el mundo”. Y entonces, en vez de mirar el mapamundi que se expande sobre la mesa, en vez de observar la pared donde colgaré mi ventana, me toco el pecho. Sé que la mujer de los tentáculos que está en el Índico observando las profundidades también se lleva la mano al corazón. Me pregunto qué parte es la que me falta, porqué me cuesta tanto hacer del territorio en el que vivo mi propio mapa.
AA/VDM









