“Antes vos veías carros por todos lados, pero te volvías con tus cosas. Ahora se chocan los carros: vacíos”: Eso dice Carlos sobre los días en que siente que saca al carro de paseo. Junto con Claudia, su compañera, juntan cartón, plástico, madera, aluminio, chapa, lo que sea. Ella, a su lado, refuerza: “Cada año, más carros. Más gente cirujeando que laburando”.
Una de las primeras veces que crucé a Carlos y a Claudia no tenían carro propio. Se los prestaba de onda un familiar. Ahora están comprando uno en cuotas. Hay algunos que lo alquilan, pero para que les quede algo tienen que hacer demasiados viajes.
Unas semanas después volví a entrevistarlos. No tenían ni el carro grande ni la zorra con las ruedas tuneadas. Iban con un cochecito de bebé del que se asomaba una mantita negra. Carlos me dijo que andaban laburando como siempre, miré y sí; era un cochecito, pero sin bebé y bastante lleno de cosas que podrían ser alimentos. Le pregunté a Claudia cómo andaba Carisma, el hijo de ambos. Me dijo que estaba contenta, que por suerte había podido llevarlo a la escuela.
Mientras hacíamos la entrevista imaginé que un flaquito les pedía que sonrieran o sufrieran para un foto que postearía en Instagram. Les pedía que se acomodaran delante del carro, así resaltaba la basura y asomaba el atardecer re lindo de fondo. Lo imaginé solo para poder decirle que yo no estoy viendo un atardecer rosa chicle, que estoy viendo una noche de mierda.
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Me proponen escribir sobre la palabra trampa. No sé me ocurre nada. Puedo hacer trampa y pedirle a la IA que lo haga por mí. Pero desisto porque me parece descortés. ¿Un texto tramposo? Tal vez, pero mucho laburo.
Doy clases en una escuela pública. Entre el murmullo del aula escucho que los estudiantes mezclan en el significado de la palabra telegrama: “de despido, me mandaron” y “arreglemos por ahí”, en relación a usos opacos de la aplicación de mensajería. No indago por las dudas.
Hace tiempo un alumno contó que había mostrado una captura de transferencia trucha de Mercado Pago en un kiosco. De su barrio. Una noche. Re escabio. Con amigos. En el aula: atenuantes o reproches. Algunos decían que, dado el contexto, si no era tu barrio no estaba tan mal. La mayoría, que nunca daba y estaba muy mal.
Se me ocurre una idea que responde a la consigna, «trampa» en su acepción de estafa. Dejo un alias mío acá y pongo que transfieran el dinero que quieran y se lo paso a Carlos y Claudia. Si mandan guita y me la quedo estaría haciendo trampa. Pero si mandan guita y me la quedo estaría, también, innovando… habría dado con una manera insólita de monetizar una invitación genuina. Si sale bien y lo hago con regularidad, entonces encontré un rebusque. «Más» ético, pero demasiado laburo.
Entrelazar escenas de estafas (engaños, argucias, tretas, embustes) populares de hoy en día con las que encuentre en crónicas del siglo XIX. Gauchos diciéndole a los señoritos viajeros que les habían robado los caballos mientras dormían y se los habían escondido por ahí. Mucho laburo.
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Carlos, que sale con Claudia y el carro, le da permiso a Carisma, su hijo, para que me cuente cómo se pide. Es una chispa el pequeño, desliza el entrenado speech con un beat imaginario de fondo: “Hola con mucho respeto no tenés algo para dar por favor que tengas lindo día”. Risas.
“Ya te compró, viste -dice Carlos-. Hasta la china de acá que no te da ni la hora lo ve a él y toda sonrisa y va enseguida a buscarle algo”. Después me cuenta que cuando puedan lo van a anotar a boxeo. Que él no hace nada, pero si le pegan ahí sí “reparte”. El chiquito se pone en guardia y hace una breve exhibición tirando un jab prometedor. Carlos acota que Carisma es muy respetuoso. Siempre.
Respetar y hacerse respetar, transcribo y pienso. En la sociabilidad cotidiana son dos bandas de sonido que te hacen mover de manera muy distinta, de acuerdo a la secuencia en que los pones. Si primero respetás, ya te manejas de un modo. Si primero buscas hacerte respetar, ya estás en un plano de mayor belicosidad y paranoia. Una boludez, quizá, en el realismo textual. Afuera seguro que no.
Hablo con Claudia sobre esos “cazas aura” de pantalla. Si lo hace Carisma, seguro es viral en TikTok. Por suerte, la madre espanta firme esa posibilidad: “Yo le controlo todo lo que mira. Estoy atrás. A mi hijo lo educo yo y la escuela. Con todo lo que pasa ya no me confío de nadie. Ni en lo que miran ni menos cuando estamos cirujeando. Si él entra a pedir a algún lado, estamos atentos siempre”.
Una vez le pregunté a Carlos cuánto peso llevaba: sumando todo debía andar por cincuenta kilos. Hizo un guiño risueño mirando al nene que lo esperaba subido al carro. “Cuanto más cerca estamos más lejos es”, dijo Carlos mencionando ese tramo final del regreso a casa. Parece imposible empujar el horizonte.
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Se engaña la lengua que busca, una y otra vez, la muela. Inevitable, automático, hacerse trampa jugando al solitario. Creerse un poco las ficciones sobre uno mismo. Al menos para silenciar ese monólogo enloquecedor que se escucha en los tiempos muertos del laburo.
En los comercios vacíos, en el tiempo vaciado, las empleadas piensan. Se mueven, en otros locales casi vacíos, dan vueltas sin sentido, parecen esos personajes torpes de algún GTA.
En la aplicación que no tira viajes y hace dar vuelta al autito en el mismo punto, y a los hamsters en la cabeza del chofer. Mejor pirateas ese jueguito mental del solitario insoportable y te inventas ficciones que den el coraje necesario para levantarte de la cama al otro día. Murmurando. Rumiando. Rezando. Cantando. Puteando. Pero levantado.
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Empiezo las escenas de la conversación. Las detengo, intervengo. Quería escribir acá una crónica más lineal y simple, pero me parece que va a quedar fragmentada. Conviene más por si alguien se aburre y quiere leerla salteada, desliza hacia arriba o hacia abajo. Crónicas reelistas.
El frío toma la forma de algo sólido, un bloque de hielo que genera temblores apenas te roza. El clima, el calendario, los días que duelen en el cuerpo y resquebrajan la piel. Cortecitos por todos lados. Claudia acurrucada con una campera azul. Carlos en remera negra.
En movimiento con el carro, el frío pasa. Sino: “Una vez que parás un ratito a descansar, el cuerpo se te empieza a enfriar y después cuesta mucho arrancar. Te duelen las piernas, la cintura, todo te duele y no querés caminar y nada me calma el dolor”, se lamenta Claudia. Nada. Carlos engaña al cuerpo con un diclofenac y tira hasta la noche.
Hablamos de la ropa de abrigo. “No se dona más», dice Claudia. Agrega Carlos: «Imaginate que antes cambiaba el tiempo y ya lo descartaban. Ahora: nada. Ni de invierno. Ni de primavera. Ni de verano. La gente no larga: nada”, agrega Carlos. Los dos puntos se los pone él. Se arroja, esta vez sin moverse, empujando la palabra, como si la cargase. Sigue: “Ahora no te quieren donar: nada. Directamente te la venden. Si tiran ahí en la puerta de su casa y te la venden”.
Lo que se cae también lo hace en movimiento. Si antes la donaban (quienes antes la regalaban) ahora la venden usada. Lo pueden llamar feria americana, vintage, «moda circular»… O lo pueden llamar cirujear y tirar la manta. Y si no tiran la manta, la postean en Instagram o en un estado de WhatsApp.
Una sociedad transferida, vendida, de vendedores. No se fía ni se dona más. Se monetiza (y de acuerdo a sensibilidades y puntos de vista de clase que no da analizar en un breve paréntesis) y hasta donde el umbral de pudor condicione: se estetiza «la venta», y se hace más o menos pública.
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Hago algunos subrayados:
-Vendiendo la ropa que antes se donaba.
-Peleándose por un cartoncito (no lo puse).
-«Si no nos movemos, no comemos».
-«Por más carros que haiga nos vamos ganados» (cuando hablan de la manera de manejarse en la calle. Tampoco lo puse).
-Dejamos un poquito para nosotros y el resto lo repartimos (ese día de suerte en el que rescataron una bolsa gigante de facturas y las repartieron con vecinas y vecinos. No lo puse).
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Un ejemplo de estafa horizontal al voleo y otra de estafa vertical planificada. Y reflexiones rápidas sobre la administración de los ilegalismos o cómo se caga a alguien hoy y cómo la misma postura anatómica implica una acción que se realiza desde una posición jerárquica, desde arriba hacia abajo (a menos que se trate de dos astronautas en una estación espacial).
Horizontal – al voleo: “Vos sabés que era una parejita en un auto. Se baja el muchacho, me quiso hacer cuento del tío, viste, y me dice que es amigo de mi hijo, lo nombra, tira datos para que lo recuerde de cuando era más chico, casi le creo al hijo de puta, que me mandó unos dólares, que me los tiene que dar, que si puedo acercarme al auto. Me dice que mi hijo le dijo que me diga que los guarde donde tengo escondidos los míos. Cobro cuatrocientas lucas de jubilación, hermano. No tengo un peso”.
Vertical – planificado: “Serían más de las ocho. Entran así rápido. Todos juntos. Vestidos como los de limpieza, pero los de seguridad los hacen pasar por una puertita. Digo: qué raro. Nunca los había visto. A esta hora. ¿Quiénes son? Todos los días a la misma hora más o menos. Son el equipo de remarcadores. Remarcan todos los días un poquito”. (Mejor evitar comprar en ese híper «yo te conozco»).
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Otro tramo de la entrevista con Carlos y Claudia podría ser un móvil de televisión. Imagino que, a cámara, Carlos cuenta que antes fue pintor, Seguridad en eventos, que trabajó en limpieza. Cuando le toca, Claudia cuenta que cirujea desde los diez años; que crio a los hijos sola; que el padre de los más grandes, que todavía son menores, no le pasa un peso aunque trabaje en blanco; que con la asignación no le alcanza; que se cansó de ir al juzgado. Diría, Claudia: «Y sentí como si ya me iba a rendir entonces no reniego más. Mi hijo más grande trabaja en un lavadero de autos y el de quince, como no trabaja, se la rebusca igual que yo».
Vuelve la voz de Carlos, la cara de Carlos hablando a cámara: «Con la edad que tengo creo que no me van a tomar en ningún lado. 57 años. Un ojo menos. Un stent. Unos clavos en las rodillas. En ningún lado. Supuestamente no me da el porcentaje de discapacidad. No tengo tiempo para hacerme un control ahora tampoco. Para tomar los antibióticos que tengo que tomar. Todas esas cosas del hospital».
Y también podría hablar Carisma, el hijo: “El que más lo cuida a él soy yo. Por eso. Yo lo cuido más a él que a mi mamá”.
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Escribir algunos fragmentos de una crónica sobre rebusques. Rebuscársela: otro verbo terrenal argentino que, a pesar de la velocidad del apriete, sirve para moverte en un presente. Y también entre los pliegues de la memoria, tratando de rescatar alguna fuerza pasada; de algún pasado.
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Pasaron algunas semanas desde la última vez que los vi. Es domingo y se descansa, me habían dicho Carlos y Claudia. Hay un estado de WhatsApp en el celular de la familia: los dos sonríen en la foto. Busco unos párrafos que transcribí. Carlos decía lo que significa para él salir con ella: “Porque ponele que yo voy por aquel lado. Ella va por este lado y me dice: amor, acá hay algo . Entonces me paro. Me cruzo al carro y lo cargo”.
LB/VDM









