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Meter el perro

"El cinismo era una excusa para desafectarnos; el consumo irónico es un permiso para adherir a lo peor", escribe Luis Ignacio. Milei no quiere que lo tomen por gil: total sintonía con la gente de su época, que tampoco quiere ser engañada.

Luis Ignacio García Por Luis Ignacio García
27 de septiembre de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
Meter el perro
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Milei es un tipo que no quiere ser engañado. Desde los «tosedores» inaugurales del debate presidencial hasta el personal de la Quinta de Olivos que, según hicieron trascender, habrían querido envenenar a sus perros. A Milei nadie lo va a tomar por gil. La semana pasada echó a todos porque sospechó de todos. Lo bien que hace. Hoy ya no se puede confiar en nada ni en nadie.

En ese gesto Milei demuestra una vez más su visceral sintonía con la época, con lo más roto de la época. Porque hoy lo que más quiere la gente es no ser engañada: no sabemos qué queremos, pero sabemos perfectamente que ya no queremos que nos metan el perro. Después de años de desengaño, de sucesivas gestiones de la traición, el horizonte de la expectativa política se dibuja menos como el diseño positivo de una alternativa posible que como un deseo negativo único: a mí no me van a volver a joder.

Ahora bien, ¿cómo evitar ser engañado en un tiempo de desengaño sedimentado? Hay un método mucho más eficaz que cualquier otro: adherir a un engaño que se enuncie explícitamente como tal. El que avisa no traiciona, reza el dicho popular, y da la cifra de buena parte de la estrategia comunicacional del neofascismo contemporáneo.

El éxito del llamado «malismo» de la ultraderecha pasa justamente por el modo en que lo dice todo, desembozadamente, y en ese decirlo todo nos anuncia una trampa que se desactiva en el momento mismo en que es ventilada a los cuatro vientos. No porque deje de ser trampa, sino porque se sincera. La salchicha es la misma, o peor, pero ahora nadie nos engaña sobre cómo ha sido hecha. Y algo, en eso, nos devuelve un fondo de olla de la dignidad perdida.

Ese decirlo todo nos anuncia una trampa que se desactiva en el momento mismo en que es ventilada a los cuatro vientos. No porque deje de ser trampa, sino porque se sincera.

Así, la ultraderecha gana prestigio «antisistema» no por atacar el sistema sino por mostrar su trasfondo oscuro sin pruritos. “Pero claro, decile que soy un fascista”, le dijo Trump a Mamdani mientras le palmeaba el hombro, ante una pregunta periodística que pretendía incomodar al flamante alcalde de New York, en su primera conferencia de prensa compartida. Decirlo todo parece ser la consigna.

Es la estética de la lucha libre: todo el mundo sabe que lo que está aconteciendo es una actuación, pero ese como si es parte intrínseca del espectáculo acordado. El fascismo, para normalizarse en un tiempo que se pensaba inmune a sus oscuros encantos, retornó como fascismo memético, como imitación de sí mismo, logrando que la adhesión a su performance nos encuentre distanciados del horror que lo habita. ¡No vamos a pensar que estos rotos son realmente fascistas! 

Cuando Milei profetizó su destino disfrazándose del «general AnCap» —ahí está el video en YouTube, la capa trucha, el tridente plástico, y la arenga contra el Estado como escena pop— ya estaba ensayando esa mezcla nueva de trampa y «sinceridad». Que la escena sea un montaje deliberado no le quita eficacia: se la garantiza. En tiempos en que nadie quiere creer en ningún montaje, sólo las trampas que se explicitan como tales pueden prosperar.

Restituir la confianza, en cambio, es difícil, lento, caro y contrario al espíritu de la descomposición neoliberal de todo lazo social. La confianza, por definición, puede ser rota, debe poder ser rota, pues a diferencia de una garantía es el salto que damos sin contar con garantías, justamente, confiando. Y ya hemos sido decepcionados tantas veces. El engaño consentido, en cambio, jamás podría defraudar.

Restituir la confianza, en cambio, es difícil, lento, caro y contrario al espíritu de la descomposición neoliberal de todo lazo social.

Ahí está la clave del llamado consumo irónico: sabemos que es mierda, pero aun así nos gusta, sobre todo si extrema su falta de vergüenza de mostrarse como la mierda que es. El cinismo neoliberal guardaba todavía la estructura del «lo saben, pero aun así lo hacen»: lo hacíamos con la desafección (el “pero”) que implicaba saber que era todo un montaje. El consumo irónico, partiendo del mismo nihilismo, dice casi lo contrario: «lo saben, y justo por eso, lo hacen». 

El conocimiento del mal ya no aparece como distancia cínica sino como motivo de adhesión perversa. El cinismo era una excusa para desafectarnos; el consumo irónico es un permiso para adherir a lo peor. Con un beneficio adicional: por principio resulta imposible engañar a un sujeto en estado de consumo irónico. Por eso la ultraderecha no necesita convencer para obtener adhesión. Cuando Steve Bannon, estratega de la extrema derecha norteamericana, lanza la máxima de la comunicación ultra, «inundar la zona con mierda», no está hablando de construir hegemonía ni de disputar una dirección intelectual y moral. Está hablando de desmontar las bases mismas de la creencia.

La trampa perfecta

Pasamos entonces de la trampa clásica, el engaño de primer nivel, a una suerte de meta-trampa: la trampa que monta el deseo incondicional de no ser engañado. Y de esta es mucho más difícil salir, porque juega a no ser trampa. Ya nos acostumbramos, pero cuando Milei admite que él no es «el jefe», sino que El Jefe está detrás suyo, es como si nos invitara a una visita guiada al trasfondo obsceno de la política. Como si nos dijera: el poder siempre ocultó lo que hay detrás, yo lo voy a nombrar y a entronizar (y, de paso, condimentar la obscenidad política con la obscenidad civilizatoria de la insinuación incestuosa). ¿Cómo imaginar un dispositivo más eficaz, una trampa más compacta? Es la estructura del crimen perfecto. Porque para ser perfecta, a esta trampa se le tienen que ver todos los hilos: volverse incriticable de tan autosatírica.

¡Ay, pero qué embrollo! ¿No era, después de todo, lo que prometía la consciencia crítica? ¿Develar los hilos del poder, desenmascarar al tirano, satirizar al soberano, denunciar finalmente que el rey está desnudo? ¡Ay de la crítica cuando el rey se pavonea, incriticable, en su asfixiante desnudez! Los autoritarismos del pasado vivían de las certezas absolutas, y por eso entrenamos a generaciones enteras en sospechar de toda verdad. 

Los autoritarismos del pasado vivían de las certezas absolutas, y por eso entrenamos a generaciones enteras en sospechar de toda verdad. 

Pero los neototalitarismos prosperan en la incertidumbre, en la precariedad discursiva y la posverdad. ¿Qué es, después de todo, el terraplanismo, sino la aplicación de los criterios de la ciencia crítica contra la autoridad de esa misma ciencia: no confiar en ninguna evidencia, sospechar de toda verdad establecida, no dejarse engañar por la opinión mayoritaria? Cuando el terraplanismo puede pretender ocupar el lugar de la crítica, hay algo de nuestro ethos intelectual que clama por revisión urgente.

Formamos lectoras y lectores listos para disparar su “crítica” contra el menor asomo de una certeza, pero ignorantes de los modos en que se construyen las certezas precarias de la ciencia y de la política; pibas y pibes dispuestos a “deconstruir” cualquier naturalización del discurso, pero sin herramientas para construir positivamente un discurso que emancipe. Hoy ser crítico exige pasar de la sospecha indiscriminada a la confianza localizada.

Porque este es la aguja de la oscilación que nos mantiene pendulando entre el escepticismo corrosivo —todo es una trampa, no se puede confiar en nada ni en nadie— y el dogmatismo fanático: todo se explica gracias a La Trampa, y sólo podemos confiar en quien lo-dice-todo.

Cómo evitar La Trampa

Nada de esto nos empodera: nos calma y nos desarma. Quisimos un gobierno que eliminara el engaño y caímos en una trampa de segundo grado. Cansados de la representación y desconfiados de la distancia, somos ahora víctimas de una hiperrepresentación que nos aplasta en una proximidad obscena con la intimidad de lo roto. El engaño total nos empujó al deseo de control total: cuidarse el orto como consigna antropológico-política contra la casta. Sólo un presidente que habla tanto del orto y de romper el orto podía sincronizar tan bien con una época que lo único que quiere es cuidárselo.

Sólo un presidente que habla tanto del orto y de romper el orto podía sincronizar tan bien con una época que lo único que quiere es cuidárselo.

De la trampa no se sale por arriba, a través de esas mayúsculas tan libertarias que la ofrecen como explicación TOTAL y certidumbre FINAL en tiempos de incertidumbre materialmente inducida. Se sale por abajo: a través de las tramas pequeñas y frágiles de una confianza política que reponga el juego de distancias sin el cual la representación colapsa.

Por arriba somos eyectados a la espiral sin fin de la paranoia; por abajo las preocupaciones reales nos obligan a generar redes de creencia con las que sobrevivir, interactuar, cuidar, respirar. Para evitar la trampa, restituir la trama, esa fuente vital de la creencia compartida sin la que el discurso público no podrá abandonar el reducto cloacal acelerado del algoritmo neofascista.

LIG/VDM

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Luis Ignacio García

Luis Ignacio García

Oriundo de Córdoba, es docente y ensayista. Doctor en filosofía, es profesor regular en la Universidad Nacional de Córdoba e investigador del CONICET. Trabaja en las zonas fronterizas entre estética, teoría política y filosofía contemporánea, en relación a debates del presente. Abordó problemas de historia intelectual argentina y se interesó en las tensiones culturales de la postdictadura. Ha escrito sobre arte y memoria, sobre duelo y pandemia, y más recientemente sobre discursos de odio y ascenso de las ultraderechas. Ha dirigido múltiples proyectos de investigación, y se ha involucrado en distintas iniciativas editoriales y curatoriales. Publicó los libros Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino (2026); La hora del diamante. Diario de un duelo (2023); La comunidad en montaje. Imaginación política y postdictadura (2018), entre otros, y ha editado La Babel del odio. Políticas de la lengua en el frente antifascista (2021); La imaginación política: interrogantes contemporáneos sobre arte y política (2017), entre otros.

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