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El «mejor público del mundo» también cambió

Todo eso que el rock tomó del fútbol hasta Cromañón. La pandemia que alteró el ritual. La pospandemia, que corrió los cuerpos. Sin nostalgia, Paz nos invita a mirar "los pequeños gestos" que refundan la escena musical.

Paz Azcárate Por Paz Azcárate
4 de octubre de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
El «mejor público del mundo» también cambió
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Es diciembre de 2025 y en Córdoba hace el calor de las tardes en que está a punto de caerse el cielo. Quitando las nubes grises que amagan con suspender el regreso de Pity Álvarez a los escenarios, en las inmediaciones del Kempes todo marcha bien, tranquilo y libre de amenazas. Hay peregrinos y banderas, colectivos estacionados y ordenados debajo de la autopista, grupitos de gente escuchando música y tomando algo.

Pienso que si en 1997, cuando Viejas locas acababa de sacar Hermanos de sangre, le hubieran contado a uno de sus seguidores todo el derrotero de Pity, la postal de su regreso a la música le hubiera resultado muy difícil de adivinar. Más complicado de anticipar o directamente ridículo le hubiera parecido que las pantallas del Kempes se dediquen esa noche a prometer un show puntual en extremo, tan puntual que además de las advertencias nos muestran una cuenta regresiva con horas, minutos y segundos digna de sala de embarque de Ezeiza.

Pero estamos en 2026 y sabemos que a Pity le pasó todo lo que pasó. Podemos deducir que el gesto anticlimático que tomó la producción deriva del antecedente de Tucumán 2018, esa noche en que Viejas Locas tenía que salir al escenario en el mismo momento en que Pity Álvarez se encontraba en otra provincia. La historia es conocida: Cristian llegó ocho horas tarde al estadio del Club Argentinos del Norte y el público, furioso, prendió fuego la torre de sonido, destruyó consolas y saqueó los stands. Tres meses más tarde Pity mató a un hombre y fue preso. Ocho años y varias vidas después estamos acá, mirando en la pantalla que nuestro vuelo no tiene demoras. 

Si esta noche podría ser difícil de adivinar para un fanático de Pity en 1997 no es solo por el rumbo que tomó la vida del músico: el público también cambió. Y no me refiero al envejecimiento rolinga -que tuvo su justa y sorprendente actualización y revival– me refiero a que no vamos a conciertos de rock en 2026 como íbamos en 2018 y mucho menos como -creo, intuyo, he leído y visto- se iba en 1997.

***

Reventarse y aguantar hacían parte fundamental de la cultura rock como se la entendía hasta hace una o dos décadas. El cuerpo tenía, en la música y sus rituales, un lugar central para reafirmar lealtades y compromisos: hay que ir, hay que estar, hay que seguir. No era un aguantar por aguantar, desde luego: había una promesa de aventura. Todo eso que el rock tomó del fútbol y que ofrecía identidad, pertenencia, red de afectos, pasiones e imprevisibilidad implicaba también una forma particular y a veces extrema de “poner el cuerpo”. Que algo como el aguante fuera importante en el mundo del rock no significaba que todo el público participara de la música en vivo bajo estos parámetros, pero su existencia tuvo un efecto de irradiación y fundó el mito del público argentino como “el mejor del mundo”.

El cuerpo tenía, en la música y sus rituales, un lugar central para reafirmar lealtades y compromisos: hay que ir, hay que estar, hay que seguir.

Esta centralidad del cuerpo en el ritual del concierto hoy me parece mucho menos clara, desdibujada. Quizás el Indio Solari fue el último artista nacional que convocó a sus seguidores bajo ese código en el que el cuerpo era una pequeña ofrenda. Incluso su funeral, con extensas filas de personas que esperaron varias horas bajo la lluvia para ver su féretro, estuvo marcado por esa intensidad.

Invitada a pensar y a escribir sobre el lugar del aguante hoy supongo que sería un error omitir la tragedia de Cromañón como punto de inflexión. Esa noche fue, obviamente, un mojón en el arco narrativo de descolocar al cuerpo.

Recuerdo de un concierto en la costa atlántica un año más tarde: era uno de los primeros recitales a los que iba sola en mi vida. El lugar estaba lleno de guardias de seguridad, señalética y empleados que enumeraban las salidas de emergencia a viva voz, como tripulantes de cabina. En la entrada, un barril gigante contenía los cintos con tachas que nos obligan a dejar (alerta de spoiler: a la salida nadie iba a recuperar el suyo). 

Las medidas tenían distintos niveles de sensatez. Todo era, según nos explicaban, para reducir riesgos. Muchas de esas decisiones parecían penitencias antes que gestos de cuidado, pero la sombra que se cernía sobre la música en vivo (y sobre el mundo del rock en particular) era demasiado grande e inapelable para ser cuestionada. Había pasado un año desde la tragedia en la que murieron 194 personas a causa del uso de una bengala en un espacio cerrado, con salidas de emergencia bloqueadas y medidas de seguridad deficientes.

Sus responsables no habían sido juzgados formalmente aún y los espacios de conciertos quedaron diezmados por las clausuras masivas y constantes (muchos de esos lugares, de hecho, jamás volvieron a abrir). Aunque sabíamos que los empresarios se estaban cuidando el culo antes que a cualquiera de nosotros, aceptábamos por igual las condiciones más sensatas y las más descabelladas. Bajo esta nueva forma de seguridad en la música en vivo, nuestra presencia, nuestro cuerpo y hasta nuestras baratijas compradas en el Lee-Chi de la peatonal se volvieron dignas de sospecha. 

Después de Cromañón, nuestra presencia, nuestro cuerpo y hasta nuestras baratijas compradas en el Lee-Chi de la peatonal se volvieron dignas de sospecha. 

La ola de miedo y sobreactuación retrocedió, como era de esperarse, pero dejó su marca de espuma aséptica. La primera de mi experiencia directa yendo a conciertos y la más trágica de la historia de la música en vivo de nuestro país. Cromañón volvió impensable algunos espacios en los que anidaba la mugre de la cultura rock (y digo mugre dibujando un corazón junto a la palabra) y supongo que está bien que sea así y que hay que asumir las ambivalencias.

En otras palabras: hubiera sido tonto y criminal que nada cambiara después de un acontecimiento como ese, que elevó el piso de lo que la estructura de un espacio debe ofrecer para albergar conciertos y, con él, sus barreras de entrada. Cromañón también reformuló un modo de orbitar el mundo de los recitales y puso en entredicho esa cultura que proponía aguantar a como dé lugar. ¿Aguantar para qué? ¿Poner el cuerpo en nombre de quién? Lo dice Babasónicos: esa es todavía hoy la pregunta, una que ni por cerca se restringe al mundo del rock.

Convertido en potencial agente de contagio, la pandemia volvió a pegar en el cuerpo y reavivó las sospechas sobre su capacidad de hacer daño. El concierto más distópico al que fui en mi vida fue uno de la banda Fútbol el 19 de diciembre de 2020. Fue en la primera apertura con distanciamiento social. Había cuadrados de cinta de papel dibujados en el suelo para no mezclarnos: cada quien estaba invitado a quedarse parado en su metro cuadrado junto a su acompañante, conteniendo la humedad de su respiración y las letras de las canciones dentro de los límites del barbijo.

Estaba bien hacerlo porque colaboraba con los espacios y los músicos que habían puesto freno de mano durante mucho tiempo, pero estuvo muy lejos de ser una celebración. Fue un asunto frío -hoy parece que ocurrió hace un millón de años- en el que hicimos poco más que reafirmar la gimnasia de televidentes que nos dejó el Covid.

***

Empalmada con la crisis económica que dejó la cuarentena y que profundizó el mileísmo, la pospandemia hizo cada vez más difícil generar espacios de encuentro con algún margen para la sorpresa o el divague en los conciertos. No hay nostalgia en afirmar tal cosa. Quizás esa sorpresa y divague estén en otro lado, quizás sea incluso en la virtualidad, quizás esos encuentros fortuitos que producían conciertos que tenían menos apuro están solamente idealizados en nuestros recuerdos.

Lo cierto es que nuestros cuerpos en recitales se sienten cada vez más accidentales. Hay que llevar el cuerpo al concierto para estar en él, pero el ritual, planteado en los términos actuales, parece exigir menos. “Poner la mirada”, intuyo, empezó a disputarle algo a “poner el cuerpo” en estos espacios.

Pero hay más que la pandemia, la crisis económica y nuestras nuevas formas de estar con otros. El periodista deportivo Roberto Parrottino hace poco escribió sobre algo que estaba cambiando en el terreno del fútbol: que la cultura del aguante estaba siendo reemplazada por una exigencia de exitismo. Que los hinchas pasaron de “te sigo cueste lo que cueste” a “me hiciste perder el tiempo”. Algo de eso caló, en alguna medida, también en el mundo de la música.

Lo cierto es que nuestros cuerpos en recitales se sienten cada vez más accidentales. “Poner la mirada”, intuyo, empezó a disputarle algo a “poner el cuerpo” en estos espacios.

Que “poner el cuerpo” en ese ámbito, si no retribuye resultados exitosos, se equipara a “perder el tiempo”. El reclamo es el de un consumidor cuyo producto llegó con fallas o un inversor que apostó al negocio equivocado antes que el de un fanático que quiere estar, acompañar, compartir o alentar.

El abucheo a Fito Páez cuando se despachó con una lista que su público no esperaba puede ser un ejemplo de esto. Incluso los desmanes en Tucumán, cuando Pity no apareció y envió un video excusándose, tienen un tufillo a frustración de gasto improductivo: no por nada las crónicas de ese día subrayan que cada asistente pagó un total de 800 pesos para ver a Álvarez esa noche. Quizás estaba asomando algo nuevo en ese entonces.

Por eso ocho años después, los organizadores de su concierto tratan de llevar calma desde las pantallas, como si nos dijeran “el que depositó dólares, recibirá dólares”, nos anuncian que nuestras inversiones serán retribuidas: oiremos y veremos a Pity en tiempo y forma.

La forma empresarial de la música tiene muchas décadas en Argentina y el resto del mundo: no estoy hablando acá de eso. Me refiero a que de un tiempo a esta parte, el espacio en el que ocurren estos rituales es también uno en el que veo los términos del marketing comiéndose las conversaciones que -supuestamente- son sobre música y no sobre marketing musical.

Escucho por ejemplo que periodistas y músicos se refieren a “la industria” sobre este espacio, como término intercambiable de “la música”. También los “nichos” son públicos que comparten características comunes y “consumir” volteó a “escuchar”. Quizás este párrafo resulte obvio: Milei no aterrizó en la Casa Rosada en una nave que venía de otro planeta aunque algunas veces se empeñe en demostrar lo contrario.

¿Qué queda en el ritual de la música en vivo de ese mandato de aguantar? Me parece que no mucho y desconozco si está bien o mal que así sea. En todo caso, me parece lógico su declive. No me convoca conservar nada de aquello, pero veo con interés a músicos y actores de la cultura que proponen algo que va contra su época.

E ir contra la época en este momento en el que «aguantar» algo más que el peso que ya está sobre la espalda resulta imposible, está hecho de gestos muy pequeños y no necesariamente novedosos. Contener el precio de las entradas para plantear conciertos menos expulsivos o armar conexiones entre la música y la economía popular son decisiones que a veces se leen con demagogia pero que rearman un código a la medida de las posibilidades actuales.

Creo que esa cultura que ponía en el centro al cuerpo y al público en un lugar protagónico iba muchas veces en detrimento de la música. Me gusta escuchar música en vivo. Me gusta exponer mi cuerpo al fenómeno físico de la música en directo a un volumen alto. Me interesa también el ritual del encuentro, el espacio de sorpresa que puede producir ese contexto. Pero de un tiempo a esta parte encuentro esa sorpresa, esa promesa de aventura, en el sonido mismo antes que en el ritual y es maravilloso.

Cuando lo imprevisible está en la música y no en lo que la rodea es una gran noticia, quizás un aprendizaje que llega con envejecer e intentar ser cada día un poco menos “sorda” mientras la sordera sin comillas me espera agazapada. Supongo que esto es también poner el cuerpo.

PA/VDM

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Paz Azcárate

Paz Azcárate

Nació en Lobos, en 1991. Trabaja en radio, escribe sobre música.

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