Aguantar lo que se dice “aguantar”, aguanté cuando vivía allá. Aguanté hasta que no aguanté más. Los últimos dos años que viví en Buenos Aires trabajaba en el Microcentro. Salía a la mañana temprano de mi casa y volvía de noche después de distintas combinaciones de bondi, tren y subte. Un día renuncié y me mudé al campo. En realidad, no al campo, al monte.
Siempre quise vivir en medio de la naturaleza. Vivo en una zona rural del litoral. A tres cuadras tengo una proveeduría y el centro de la ciudad está a unos 15, 20 minutos en auto. Manejo, me da enorme placer manejar por caminos rurales mientras miro campos y granjas de un lado y del otro.
La casa está rodeada de un jardín hasta que empieza el monte. Ahora mismo escribo esto y veo dos caballos en el fondo. En el campo se ve la línea del horizonte, todo es llanura. En cambio, recorrer el monte es perderse en la espesura silvestre de espinillos, cortaderas, pasionarias.
Mi abuelo, maestro rural campesino, plantó gran parte de los árboles y frutales de este lugar. Él me enseñó varias contraseñas para la subsistencia. Porque acá también hay que aguantar. Pero es distinto. Estoy segura de que una parte de la familia pensó que más pronto que tarde concluiría nuestra aventura en el monte. Abuelo: yo no me fui. Hace más de diez años que vivimos acá.
La otra vez desmontaron un terreno cercano. Desde entonces hay un montón de bichos buscando hogar. La vecina me comentó que rescató a una cierva guacha, la está criando entre sus mascotas. También se ven más comadrejas, lagartos, aguiluchos. Hoy estaba en el jardín y pasaron dos liebres a toda velocidad. Se escondieron en el monte con total elegancia frente a la mirada atónita de mis perros.
Al costado de la casa hay un cañaveral. Antiguamente plantaban cañaverales cerca de las casas para que el bicherío se quede ahí. Pero a veces no hay muralla que valga. Una vez, mi hija bebé gateaba por el comedor y mi gata señaló que había una víbora –mi abuela dice que no hay que nombrarlas porque es mala suerte, mejor decirles “bichas”–. Tengo más historias pero no quiero ni contarlas, no quiero tener nada que ver con las bichas.
Una madrugada, un búho entró por la chimenea. Pasó volando al ras de la cama mientras dormía; me despertó el aleteo. Son cosas que pasan en el monte. A mi pareja, el padre de mi hija, lo picó una araña grandota estilo tarántula. Fue a abrir una ventana y lo sorprendió. Terminamos en una guardia porque se empezó a hinchar por completo en cuestión de minutos. Otra vez fue a vaciar un mate y lo picó una legión de avispas. En sus más de 35 años viviendo en Buenos Aires, nunca se había enterado de que era alérgico.
Algunas escenas son graciosas, otras fueron difíciles. No quisiera detenerme en lo triste. “Tenés que aprender a ser más desapegada, más fría”, me dijo mi abuelo cuando uno de mis perros apareció envenenado. Yo lloraba de bronca, de tristeza, de todo, y él trataba de consolarme. Aguantá, me dijo. Y aguanté.
Esta casa tendrá unos cien años; tiene algunos secretos, se parece a una mujer: podría derrumbarse y levantarse todas las veces que fuera necesario. Algo que sucede en las casas de monte es que la tierra se mueve, entonces se mueven los pisos y las paredes se rajan. Se agujerean, aparecen surcos; hay ventanas y puertas que cierran mal. Mi casa de monte tiene mañas y algunos achaques, pero ¿quién no?
A veces hay que aguantar sin luz, muchas veces también hay que aguantar sin agua porque si no hay luz no funciona la bomba; a veces hay que aguantar sin gas porque se acaba la garrafa y no atiende el proveedor; aguantar sin internet porque un rayo quemó los equipos y entonces hay que aguantar la incomunicación porque sin conexión no hay señal de teléfono: los árboles son tan altos que dificultan toda señal.
¿Lo cambio por algo? No.
Este es mi lugar en el mundo. Suena grandilocuente, no me abruma decirlo porque así lo siento. Adoro este monte, estos árboles, el tala gigante –refugio de las bandadas–, los robles que me rodean, el alcanfor y sus perfumes, el laurel, la higuera que ya empezó a florecer y se llena de pájaros. No me imagino viviendo en otro lugar.
Soy una mujer que vive en medio del monte con seis perros y una gata; una mujer que aprendió a usar el hacha y el machete –esa especie de sable rústico que trabaja con el golpe y se afila con una piedra mojada–; una mujer que prende fuego todos los días, cuida una huerta y mantiene a raya la maleza y el cañaveral. La naturaleza sabe cosas que la experiencia no conoce.
Una mujer que prende fuego todos los días, cuida una huerta y mantiene a raya la maleza y el cañaveral. La naturaleza sabe cosas que la experiencia no conoce.
El monte reclama un ojo activo porque en una tierra así cualquier cosa puede suceder. Aprendí a prestar atención cuando me abro paso entre la hierba. Después de un tiempo resulta normal estar en estado de alerta. Supe por casualidad que esos hongos que crecen después de la lluvia y parecen casitas tan tiernas son los llamados “hongos de la muerte”. Fue casualidad porque vi uno de esos hongos al costado de mi casa, le saqué una foto y la publiqué en las redes sociales. Seguramente la acompañé con algún poema, algún subrayado del momento. Una persona que no conozco me avisó en los comentarios que ni me acercara. SON MORTALES, escribió en mayúsculas y yo borré la publicación del miedo que me dio.
Un día mi hija anduvo jugando afuera y volvió con un ramo de flores cuidadosamente recolectado. Para vos, mamá. Un tallo largo, fino, duro con unas islas de florcitas blancas, sutiles, delicadísimas: pequeños paraguas con pétalos que se curvan hacia el centro. Qué hermosas, hija, gracias, las vamos a poner acá en este florero en el centro de la mesa. Al otro día, me acordé de buscar en internet el nombre de la flor. La costumbre de siempre, sacar una foto a la planta, buscarla, aprender sobre lo que nos rodea.
Era cicuta, la mismísima cicuta que fue utilizada para matar a Sócrates. Su consumo, incluso en pequeñas cantidades, puede ser mortal. Casi matamos a la gata con el adorno floral.
Hay que aguantar el invierno, eso sí. Hay que aguantar el mal tiempo. Cuesta la escarcha de la mañana, la helada, a veces la tierra, a veces la humedad constante. Si sabemos que va a llover, hay que planear cosas, tener la leña lista y las provisiones necesarias para aguantar adentro en la medida de lo posible.
Afortunadamente ya se siente el aire primaveral: todo invierno termina y de toda noche se amanece.
Los tiempos de la escritura se parecen a los tiempos de la naturaleza. Hay que ser pacientes, esperar, involucrarse. Escribir también es aguantar, juntarnos para aguantar. Aguantar entre amigas. La ronda, la peña, la conversación. Eso también encontré en este lugar donde elijo vivir.
Escribir también es aguantar, juntarnos para aguantar. Aguantar entre amigas. La ronda, la peña, la conversación. Eso también encontré en este lugar donde elijo vivir.
Ni la lectura ni la escritura son actos solitarios. La poesía, como la amistad, funda territorios nuevos y formas de vivir compartidas.
Es difícil, muchas veces no sabemos qué frente defender primero. Hacemos lo que podemos. Aguantar, trabajar, cuidar, criar; comenzar el día para terminar el día.
Pero nos juntamos y hablamos de futuro en un presente difícil como éste. Por eso insistimos en la poesía, en la amistad, en esa fuerza que nos impulsa al movimiento, a la aventura, a cuidar la vida en común. La poesía, la amistad, el aguante.
JA/VDM










