Estamos en el corazón del conurbano sur, en Claypole, partido de Almirante Brown, a 30 kilómetros de Capital. El Pequeño Cottolengo Don Orione está en el barrio que le dio nombre y que nació como un conglomerado de viviendas populares, de monoblocks, de 56 manzanas y más de 50.000 habitantes. Don Oriene se expandió entre la superposición de jurisdicciones y el desamparo. Un barrio humilde, con identidad propia. Un barrio que, como todo el sur, carga con la falta histórica de infraestructura. Pero de pronto y por la llegada de León XIV se llenó de cuadrillas.
El municipio de Almirante Brown puso en marcha un plan de embellecimiento urbano: cinco murales alusivos a la visita sobre la Avenida Monteverde entre Powell y Lisandro de la Torre, limpieza de paredones, arreglo de plazas, pintura de los tanques de agua sobre Eva Perón, recambio de luminarias y veredas. Montaron pantallas gigantes en la entrada del predio y un escenario en el Parque Don Orione para que el barrio pueda seguir la ceremonia sin entrar.
—Al barrio le hizo bárbaro. Hay gente que dice que tuvo que venir el Papa para que hagan algo. Bienvenido sea — dice una vecina.
Cómo es el Cottolengo que visitará León XVI
No es un hogar más. Es una pequeña ciudad de la caridad que acaba de cumplir 90 años. Lo fundó San Luis Orione. El 28 de abril de 1935 puso la piedra fundamental —adentro, un ladrillo traído de la Puerta Santa de San Pedro— y se inauguró el 21 de mayo de 1936 con seis pabellones. Lo hizo en un terreno donado por mujeres terratenientes, de más de 220 hectáreas. Hoy son 50 hectáreas con calles internas, plaza central, iglesia, hogares, consultorios, aulas y talleres. Es la institución de su tipo más grande de América: viven unos 400 residentes, de entre 4 y 90 años, con discapacidades diversas y severas, y asisten más de 100 personas de la comunidad. Trabajan unos 370 empleados. Nació en una época en que la exclusión era la regla, para recibir a los que nadie recibía.
La recorrida del papa
La visita está prevista para el lunes a partir de las 9.15. El recorrido es en sí mismo un mapa del sur. León XIV saldrá a las 8 de la Nunciatura Apostólica, en Alvear 1600, Recoleta. Irá por 9 de Julio, Autopista 25 de Mayo, Dellepiane hasta General Paz, entrará a la provincia por Puente La Noria —ahí entra a la Diócesis de Lomas de Zamora—, seguirá por Autopista Presidente Perón, ex Camino Negro, Avenida Juan XXIII, Cruce de Lomas, Ruta 4 – Camino de Cintura – hasta el Viaducto Papa Francisco y Avenida Monteverde. A 700 metros de la entrada del Pequeño Cottolengo se subirá al papamóvil para hacer el último tramo a 20 km/h por Monteverde. Ese tramo estará vallado con corralitos.
Además de «vayan y anuncien» hay un segundo lema: «Amor que se hace presencia: la alegría de visitar y recibir». En el Cottolengo, ese lema se vuelve literal.

Misa de domingo
Fui un domingo en que nada estaba en su lugar. El predio, que suele estar abierto a visitas, estaba restringido. La misa que habitualmente se hace en la iglesia de adentro se corrió a la de más adelante, para no ingresar a la zona donde viven los residentes. Todavía se siente el aroma cemento fresco de las obras a contrarreloj.
Me quedaron dos oraciones del párroco:
—Santo Padre, te rogamos. Para que la Pastoral de la Salud Mental se integre a todas las iglesias, ayudando a superar el estigma y la discriminación hacia las personas con enfermedades mentales. Oremos.
Y después:
—Los que creyeron en la tierra y en la luz, y los que creyeron en la fe, y los que creyeron en el resultado, los que creyeron en la organización, los hijos de la fe, los que viven en las sombras, los que están en carne y en esa cruz, todos aquellos que de alguna manera están poniendo su sabiduría para que la llegada del papa sea una verdadera bendición de Dios.
El padre agradeció a los ingenieros, a todos los que están trabajando. Están todos contra reloj.
La misa
La misa no era lo que uno imagina desde afuera. Eran decenas y decenas de sillas de ruedas, de todos los tipos y tamaños, ocupando toda la nave. Y al lado de cada silla, en banquitos bajitos, las cuidadoras. Amorosas, atentas. Todo el tiempo conteniendo, abrazando, acomodando una cabeza, secando una baba, sosteniendo una mano que se escapa. No era un trabajo, era una forma de estar.

La misa estaba compuesta por todos: las trabajadoras, los residentes, vecinos del barrio y también familiares. Se notaban los familiares porque estaban ahí, mezclados, compartiendo banco con las sillas.
En medio de la misa, se acercó Ayelén. Es una interna que andaba caminando con un bolsito en la mano. Muy cariñosa. Me confundió con una profe de un taller. En el momento del saludo de la paz, se abrazaba a sus compañeros. Mientras ella abrazaba, el resto llegaba con sus acompañantes terapéuticos, con las trabajadoras. Se notaba el trato con mucho amor. Dura la realidad y amoroso el trato, todo junto.
Me quedé a un costado, en la puerta, para ver la salida. Y ahí apareció la imagen que resume todo: no eran solo las cuidadoras llevando los carros. Eran los mismos chicos, con otro tipo de discapacidad, no motriz, llevando los carros de sus compañeros. Una chica con síndrome de Down empujando la silla de otro. La discapacidad cuidando a la discapacidad. Todo visto como una gran familia. Es eso: amor que se hace presencia.
Ahí entendí lo que después me dijo una vecina, casi como una confesión:
—Yo cuando estoy mal, cuando estoy triste por algo, vengo acá. Porque acá se respira amor.
Me lo dijo así, simple. Y me quedó resonando porque es exactamente al revés de lo que respiramos afuera. Afuera los discursos de odio, el malestar, esa idea instalada de que la discapacidad es una carga, un problema, un gasto que recortar. Ahí adentro todo te lo transmitían con amor. Un amor concreto, no declamado: el de la cuidadora en el banquito que abraza, el de Ayelén que te confunde con una profe y te abraza en la paz, el de la piba que empuja el carro de su compañero.
Esa es la figura. Mientras afuera se discute si las personas con discapacidad son un número en una planilla de ajuste, acá son familia.
Afuera el barrio hace vigilia
Afuera me quedé charlando. Primero con una señora del coro y una vecina histórica. Las dos vienen al Cottolengo desde muy chicas.
—¿Ustedes son de la zona? A todos los vecinos nos pidieron documentos. No sé cómo van a dejar pasar, pero dicen que van a cerrar siete cuadras —me decía la señora del coro, que presenciará la misa papal—. Suponen que el papa va a llegar hasta el noviciado y ahí pasaría del auto al papamóvil. Pintaron todo el noviciado afuera, lo dibujaron todo, está lindo. Le vino bárbaro.
La otra vecina me llevó a la raíz del lugar.
—Yo vengo acá desde chica, mi mamá me traía desde el 67 más o menos. Hice toda la primaria por acá y parte de la secundaria. En esa época era la única iglesia. Yo decía «en esta iglesia me voy a casar». Aprecien este templo. Acá estuvo Don Orione y en su cabeza lo ideó. Esto es una cruz si lo ven desde arriba. Este altar para mí es un altar bendito.

Y me contó el detalle que es el corazón de la historia del Cottolengo:
—Cuando fue la inauguración oficial vino el presidente Justo, con toda la pompa. Pero Don Orione no quiso mezclar la obra con la política. La noche anterior, con los íntimos y los curas que habían venido de Italia, ya había hecho la primera misa acá, en este altar. La oficial vino después.
Esa decisión de no mezclar la obra con la política es parte de por qué el Cottolengo se sostuvo siempre a pulmón, con el aporte de familias importantes y con «gente común». Y eso mismo es lo que hoy duele.
—Antes la gente daba muchas donaciones, las familias adineradas. Ahora la gente se volvió muy egocéntrica. Se empezó a descreer en la iglesia. Son muy pocos los que dan algo —me dijo—. Es a pulmón. No existe un sueldo para este tipo de trabajo.
Por eso lo que se rezó adentro cobra otro sentido. Cuando se pidió por la Pastoral de la Salud Mental contra el estigma y se agradeció a «los que creyeron en la tierra», se estaba nombrando justamente a esos que sostienen la obra sin bandera. Bienvenidos todos, dice el lema del Episcopado. Y ahí estaban todos: los que sueñan, los que enseñan, los que cuidan y los que inspiran.
Los trabajadores de seguridad me terminaron de armar el mapa:
—Acá va a ir a la iglesia nada más. Va a venir todo por la avenida Lacaze, desde el lado de Burzaco, a la altura del noviciado. Ahí va a cambiar al papamóvil. Va a pasar vallado, la gente del otro lado de la valla. Va a entrar por la entrada principal y va a haber monitores, parlantes. Nos van cambiando las cosas a medida que pasan los días. Hicieron muchas obras para los chicos, luces, luminarias, para las escuelas. Cambiaron todo.
A días de la visita, la Justicia federal embargó las cuentas del Ministerio de Salud de la Nación por $828.708.195 a raíz de un reclamo del Cottolengo. Lo dispuso el juez Juan Pablo Auge, del Juzgado Federal en lo Contencioso Administrativo N°3 de Lomas de Zamora, por falta de provisión de medicamentos e insumos de marzo a junio de 2026. La plata debe ir a una cuenta del establecimiento en el Banco Nación. La institución atiende a más de 400 personas que necesitan esa medicación todos los días.
— Qué lástima que tuvo que llegar un Papa para que pasara eso — dice un empelado del Cottolengo.
Me cuenta de los turnos: auxiliares 8 horas, guardias de 24, nunca queda libre un pabellón. No es un acompañante por interno con contrato, como se cree desde afuera, son empleados del lugar y van viendo según el comportamiento, a veces uno, a veces dos por residente. En un momento se acerca una familia. El padre le dice que quieren entrar a mirar dónde va a venir el papa. El seguridad les dice que no se puede ingresar porque la misa ya terminó. Cuando se van, nos dice:
—Claro, ahora todos quieren mirar. La gente mucho menciona el lugar, pero no menciona la característica. La dimensión que tiene esto, el dispositivo de seguridad es mayor que en los G20.
Se ríe: «Yo digo que soy San Pedro porque soy el que abre la puerta al papa acá en el Cottolengo. Es mucho estrés hasta ese día».
Y cierra así: «Imaginate para gente que es muy, muy creyente y que no tuvo posibilidad de ir a Roma. Para esas personas es como un representante de Dios en la tierra. Un ser épico». La última vez que vino un papa a la Argentina fue en 1987. Una vecina cuenta que vendrá con una sillita y el mate a la noche anterior a la llegada de León XIV. Como en Liniers con San Cayetano, sola no va a estar.
LDC/VDM








