Hace unos meses, un periodista me preguntó qué me alejaba de las pantallas. En el
momento respondí con una lista de actividades: jugar con mis hijos, leer un libro, salir a caminar, juntarme con amigas, comer con mi familia -sobre todo cuando hay asado-.
Ahora, al volver a pensar en lo que contesté, creo que la respuesta debería haber sido “yo misma”.
Cualquiera de esas actividades puede hacerse acompañada -o interrumpida- por
las pantallas y por la posibilidad de conexión con el resto del mundo las 24 horas. Pero hace años decidí evitar, dentro de lo posible, que eso me pase. Antes de acostarme, por ejemplo, apago el wifi y los datos de mi teléfono y no vuelvo a conectarme hasta el día siguiente, después de desayunar.
Y no es suficiente. Y es una trampa. La desconexión no depende solamente de
nosotros. Vivimos en una sociedad que sostiene ideas como “conectados es mejor” y en la que se espera que las personas estén disponibles y ubicables las 24 horas del día.
Trabajo full-life
La idea de que la conexión es buena per sé me incomoda porque elimina la necesidad de hacernos algunas preguntas. ¿Conectados con quién? ¿Conectados para qué?
¿Conectados cómo?
Durante la pandemia, la posibilidad de estar conectados fue una solución. Podíamos
trabajar, estudiar, comprar, tener reuniones y hasta celebraciones sin salir de casa. ¿Se
acuerdan de los “zoompleaños”?
El trabajo remoto permitió seguir produciendo, pero también aceleró dinámicas que ya estaban en marcha y que, seis años después, siguen siendo motivo de conflicto y estrés. Normalizamos recibir o enviar mensajes como “¿estás ahí?”, “te hago una consulta rápida” o “disculpá la hora, te escribo ya así no me olvido”. Mensajes que van y vienen a cualquier hora y cualquier día, sin importar demasiado dónde termina la jornada laboral.
Normalizamos recibir o enviar mensajes como “¿estás ahí?”, “te hago una consulta rápida” o “disculpá la hora, te escribo ya así no me olvido”.
Una especie de trabajo full-life. Ya no somos dueños de nuestro tiempo: se espera que
respondamos en forma inmediata.
Estar en falta
Y esto no pasa solamente en el trabajo. Están los grupos de WhatsApp, los mensajes
directos en las variopintas apps, las notificaciones infinitas y la sensación de estar en falta cuando no respondemos con la inmediatez esperada.
Hace poco una amiga me llamó por teléfono -sí, por teléfono- porque no había respondido los mensajes que habían intercambiado durante la mañana en un grupo y se había preocupado.
Claro que es lindo tener amigas que se preocupen por una. Pero qué necesario es también poder apagar el teléfono sin sentir que le estamos arruinando el día a alguien. Por eso, desconectarse no debería depender solamente de nuestra voluntad o de nuestra capacidad individual para poner límites. También necesitamos que del otro lado alguien respete esa desconexión.
¿A qué hora te conectás hoy?
En el ámbito laboral, esa idea llegó a convertirse en un derecho. En 2020, Argentina
sancionó la Ley de Teletrabajo que reconoció expresamente el derecho a la desconexión digital: quienes trabajan bajo esa modalidad tienen derecho a no ser contactados y a desconectarse de los dispositivos fuera de su jornada laboral y durante sus licencias, sin recibir sanciones por hacerlo.
Porque el problema de “te escribo ahora así no me olvido” es que, aunque quien lo manda no espere una respuesta inmediata, la tarea ya llegó. La discusión, además, vuelve a ser especialmente relevante en 2026. La Ley de Modernización Laboral sancionada este año derogó la Ley de Teletrabajo a partir del 1° de enero de 2027. Y vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que excede a una regulación
específica: ¿quién tiene derecho a disponer de nuestro tiempo?
Generación dial-up
Quienes vivimos la experiencia del dial-up dijimos y escuchamos más de una vez: “¿A qué hora te conectás hoy?”. Antes, la conexión tenía un comienzo y un final. Había un horario en el que te conectabas y una duración. Ya sea desde un ciber -¿los más jóvenes saben de qué estoy hablando?- o desde tu casa, se pasaba de estar desconectado a conectado y lo decidía uno.
Antes, la conexión tenía un comienzo y un final. Había un horario en el que te conectabas y una duración. Ya sea desde un ciber -¿los más jóvenes saben de qué estoy hablando?- o desde tu casa.
Incluso una vez conectados a internet, todavía teníamos que abrir ICQ o MSN. Y ahí
podíamos elegir si queríamos aparecer en línea, ausentes, invisibles o desconectados. Era posible mirar quién estaba conectado sin que los demás supieran que nosotros también lo estábamos. Hasta podíamos hablar con alguien en modo invisible y evitar las conversaciones que no queríamos tener.
Hoy esa lógica se invirtió. Ya no nos conectamos: estamos conectados. La desconexión
pasó a ser la anomalía que necesita una explicación: “Se cayó internet”, “me quedé sin
batería”, “no tenía señal”. No sé a ustedes, pero a mí me gustaría poder volver a preguntar: ¿a qué hora te conectás hoy?
CME/VDM









