La palabra independencia parece contener una promesa sencilla: no depender de nadie, tomar nuestras propias decisiones. Sin embargo, alcanza con detenerse un momento para comprobar que esa promesa es imposible.
Keohane y Nye, dos politólogos especialistas en relaciones internacionales, plantearon que la independencia absoluta es, en realidad, una ilusión: vivimos inmersos en redes de interdependencia compleja, en las que nuestras decisiones afectan a otros y, al mismo tiempo, están condicionadas por ellos. ¿Qué significa esto? Que la autonomía no consiste en dejar de depender, sino en reconocer esas dependencias y aprender a gestionarlas.
Dependemos de otros para casi todo pero hoy existe una idea de “libertad” asociada al aislamiento: no necesitar a nadie, arreglárselas solo. Es un concepto profundamente individualista y claramente funcional a la época. Si cada persona puede resolverlo todo por sí misma, no necesita organizarse con otras. Si cada problema se convierte en un desafío individual, las condiciones que producen esos problemas dejan de discutirse entre todos.
La autonomía puede convertirse así en una forma sofisticada de soledad en tiempos de Instagram. Y, paradójicamente, también en una forma de obediencia.
En mi oficio de editor artesanal, al frente de Artefacto Casa Editora, tengo la fortuna de poder tomar todas las decisiones que atraviesan el proceso creativo y llevarlas adelante: editar, traducir, maquetar, diseñar, imprimir, encuadernar, circular, errar y repetir.
Pero para hacerlo, necesito conocer sus distintas etapas: aprender técnicas, entender procesos y adquirir saberes que, llegado el caso, también pueda delegar. Sería imposible pensar la viabilidad de este oficio sin los conocimientos de otros colegas que los compartieron conmigo, sin los saberes de otros oficios, sin quienes organizan las ferias donde los libros circulan, sin los libreros que apuestan por comprarlos y por supuesto, los lectores.
A veces nos enseñan a confundir la autonomía con la capacidad de soportar: trabajar más, necesitar menos, aceptar sacrificios, sostenerse económicamente, no quejarse. Como si ser adulto consistiera en aguantar lo suficiente sin pedir demasiado a cambio.
Aguantar no necesariamente es elegir. Hay esfuerzos que son elecciones y esfuerzos que son obediencias que el cuerpo no distingue. Trabajar diez horas para un proyecto propio puede ser profundamente significativo y, al mismo tiempo, cansador. La autogestión no elimina el cansancio: cambia sus formas. A las horas de trabajo se suman las decisiones, la incertidumbre, la responsabilidad de sostenerlo todo. Trabajar para uno mismo también puede convertirse en una forma de agotamiento. La diferencia no está necesariamente en cuánto se trabaja, sino en cuánto margen queda para decidir qué hacer con ese trabajo. Sobre todo, en los tiempos que corren. Por eso, la posibilidad de decidir constituye un privilegio.
Trabajar diez horas para un proyecto propio puede ser profundamente significativo y, al mismo tiempo, cansador. La autogestión no elimina el cansancio: cambia sus formas.
Existen preguntas que pueden trasladarse mucho más allá de los libros. ¿De qué somos independientes? ¿Del mercado, de las expectativas ajenas, de la necesidad de producir, de la aprobación, de la velocidad? ¿De las redes sociales? ¿Y cuánto de nuestras decisiones sigue siendo realmente nuestro cuando esas fuerzas organizan buena parte de nuestra vida?
Decidir también implica aceptar que podemos equivocarnos. La autonomía no debería confundirse con la certeza: poder elegir supone asumir la posibilidad de que una elección sea equivocada y vivir con sus consecuencias. Quizás por eso, si existe la posibilidad de aprender de nuestras equivocaciones, el error también puede convertirse en una forma de libertad. Equivocarse, asumirlo, cambiar de rumbo, volver a intentar, descubrir que algo no funciona: todo eso requiere un margen para decidir que no siempre estamos dispuestos a concedernos.
Vivimos, además, bajo una presión permanente para transformar cualquier actividad en proyecto, cualquier proyecto en emprendimiento y cualquier emprendimiento en empresa. Hay que producir más, vender más, llegar a más personas, aumentar la escala. El crecimiento aparece como una obligación y, muchas veces, como la única medida posible del éxito. Crecer en seguidores, en comentarios, en likes, en ventas.
Pero no todo tiene que crecer. Una obra puede necesitar veinte lectores y no veinte mil. Una actividad puede sostenerse sin convertirse en industria. Una vida puede encontrar su medida en la intensidad y no en la expansión. La decisión de producir a escala mínima es contracultural. Sostener una decisión así, paradójicamente, necesita de una red.
Compartimos conocimientos, herramientas, contactos, espacios y experiencias. Alguien enseña, alguien escucha, alguien recomienda, alguien compra, alguien presta una mano. Ninguna identidad se construye desde cero. Todo se arma con retazos: influencias, referencias, conversaciones, conocimientos heredados, materiales ajenos, errores y experiencias compartidas. Lo original aparece muchas veces después de una larga convivencia con aquello que ya existía.
Quizás la pregunta no sea cuán independientes queremos ser, sino cuánto margen tenemos para decidir cómo, cuándo y con quién compartir nuestro tiempo.
FM/VDM









