Alguna vez me rendí al postergado deseo de abrir un canal para hablar con mi tribu. Era 2001, meses antes de la gran explosión. Abundaban comuniones, actividades, proyectos colectivos, pero yo estaba en una. Había que romper el silencio y actuar, como desde siempre lo habían hecho pioneras y pioneros que abrieron un camino.
Aquella urgencia parió una publicación fotocopiada destinada a una periferia muy próxima, un intento de invocación sexualizante en la que usé la primera persona para señalarme puto, para transfigurar esa palabra maldita en una resonancia positiva capaz de llegar a las atormentadas, a los reprimidos, a las invisibles que habitaban espacios comunes. Siempre asumí que no estaba mascullando solo. Era cierto.
En el limitadísimo alcance de 300 copias, unas pocas entregas de Homoxidal 500 cosecharon inesperada cantidad de reacciones. Emocionante y abrumador a la vez: cartas, historias, encuentros, revelaciones hermosas.
La tribu acompañó, propiciando vínculos y afectos, y mi modesta iniciativa se entramó con otras tantas en algo más importante, que de a poco estaba cambiando el paisaje. En esa comunidad -la que me enseñó que la libertad es a medida, y que se lucha por ella- las cuestiones de sexo y de género ganaban finalmente su relegado protagonismo.
Los nombres y detalles de esta anécdota personal son irrelevantes; esta evocación sólo pretende celebrar el valor iniciático de una idea de libertad totalizadora que se respiraba en el entorno, la que guió la experiencia de aquella publicación, y tomó luego el lugar de referencia de vida.
Tuve la suerte de crecer y formar mi carácter al calor de subculturas y militancias donde la necesidad de independencia no era simplemente un bastión innegociable, sino su esencia constitutiva. En ese territorio sin amarras el mundo se sueña y se define constantemente, se crea y se reescribe con una dinámica que -a quienes sufrimos exceso de pulsión humana- nos obliga a revisar nuestras certezas y convicciones. Incluso las del camino árido, las que alivian y explican. Se le pone el cuerpo a esa fricción: nada es estático si se persigue la libertad.
Tuve la suerte de crecer y formar mi carácter al calor de subculturas y militancias donde la necesidad de independencia no era simplemente un bastión innegociable, sino su esencia constitutiva.
Y es en esa búsqueda crucial, tanto como en cualquier estrategia de liberación, individual o colectiva, que la independencia se vuelve condición necesaria. Arte independiente, activismo independiente, comunicación independiente. No se le debe nada a nadie. Ni a los históricos ni a los bienpensantes. Menos aún al que te usa, o al que te explota, aunque tampoco al que agita el manifiesto y se le pudre en la mano. Las ideas emergen del núcleo. Los medios se autogestionan y se administran desde la base. Y pasan cosas.
Estas pinceladas deshilachadas de tinte utópico aluden a un presente real. A espacios que existen y están vivos, que generan y transforman, que arriesgan y se piensan constantemente a sí mismos. Me alucina ver en ellos la evolución exponencial del espíritu que movilizó a nuestros pioneros, y que me motivó a publicar algunas páginas hace tantos años. Son agrupaciones, ferias, colectivos, artistas, editoriales, clubes. No son cáscaras vacías. No son movida “indie”. Son independencia, acción y lucha en movimiento.
Los invito a buscarlos, encontrarlos, y contagiarse de su irrefrenable instinto de libertad.
RA/VDM









