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Acá no nos dicen migrantes; acá somos «los venidos»

Mientras asesinaban a trabajadores al azar en Rosario, Laura se instalaba en Traslasierra con su familia. Entre la nota personal y el ensayo descubre que no importa dónde el legado es posible.

Laura Hintze Por Laura Hintze
10 de mayo de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
Acá no nos dicen migrantes; acá somos «los venidos»
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Rosmery maúlla desde la puerta de casa. Su reclamo es constante, insoportable, y no va a parar hasta que le abra. La conozco. Con su maullido aprendí a distinguir un lugar cotidiano y seguro. Me obliga a salir de la cama. Aprovecho para estirarme y le abro la puerta. Desde la ventana miro cómo se pierde en la oscuridad del monte. 

Es la quinta casa que comparto con esta gata arisca, de unos trece años. La adoptó mi compañero y vivieron juntos en unos cuatro lugares antes convivir conmigo. Desde ese entonces, todos los días me volví loca viendo cómo salía a explorar los techos, cada vez más lejos, con miedo de que no supiera volver. Hasta que a la noche escuchaba ese maullido que no para y entonces respiraba aliviada, le abría, le daba comida y me devolvía un mordisco cuando la quería acariciar. Nunca me dejó mimarla. 

Hace dos años y medio nos mudamos con ella, nuestro hijo de ahora cuatro años, otra gata -Gaucha- y una perra -Pancha- a las sierras de Córdoba. La cosa cambió. Pasamos de una ciudad de poco más de un millón de habitantes a una que no llega a los seis mil. Para cualquier lado que mires, parece que sólo hay monte salvaje, aunque sean los patios de mis vecinos. 

Las primeras semanas acá di por sentado que íbamos a perder las mascotas. Los escenarios posibles eran varios y muy posibles: un auto, una víbora, un zorro, un vecino, otro perro, varios perros. La más obvia: que se desorienten. Pero cada día desde hace 26 meses, Rosemary, Pancha y Gaucha vuelven. 

***

Me da algo de pudor pensarme como una migrante. No me fui del país. Ni siquiera me fui a la otra punta del país. No me expulsaron. No me hicieron una oferta laboral indeclinable para mí y mi familia. Simplemente decidimos irnos.

Estamos en el Valle de Traslasierra, al oeste de Córdoba, pegados a la provincia de San Luis y bastante cerca de La Rioja. Estamos a ocho horas de Rosario, donde nací y donde están mi familia y amigas. Cuando tuvimos una emergencia, los más cercanos vinieron a darnos una mano en menos de un día. Viajamos a casamientos, cumpleaños, reuniones de trabajo o simplemente porque extrañamos. La diferencia ahora está en dónde nos quedamos. O a dónde volvemos. 

Viajamos a casamientos, cumpleaños, reuniones de trabajo o simplemente porque extrañamos. La diferencia ahora está en dónde nos quedamos. O a dónde volvemos. 

Decidimos dejar Rosario el 19 de noviembre de 2023. Llegamos a Traslasierra el 1° de marzo de 2024, después de viajar dos veces a la zona que habíamos elegido para vivir, encontrar dónde instalarnos, contar nuestra decisión y mudar una vida en casa de dos pisos a una cabaña diminuta. Cuatro días después de llegar a las sierras, en Rosario empezaron a matar trabajadores al azar. 

Nosotros amanecíamos con una vaca en el patio y los gallos del vecino cantando debajo de la ventana. Mi hijo tenía dos años y andaba con su patacleta por la calle de tierra sin tener que entender el límite entre vereda y calle. Todos los días, a cualquier hora, íbamos y veníamos de la plaza a casa, de casa a la plaza, de casa a los senderos que nosotros mismos íbamos trazando. Nos cruzábamos a gente que hace mandados a caballo. Todavía se sorprende cuando a la basura se la lleva un tractor y no un camión. Y se pone contento cuando, a veces, los recolectores frenan para que se suba y juegue a ser conductor por un rato.

Yo tenía terror cada vez que agarraba el teléfono: dónde, quién, a qué hora había sido asesinado alguien. Los taxistas. El colectivero. El playero de la Puma. Pensaba en las balas perdidas y en mis viejos sacando la basura o guardando el auto, en mi cuñado haciendo Uber, en mis amigas volviendo en colectivo. Pensaba en lo cerca que habíamos estado de la todas-las-semanas-la-Comisaría15-baleada. Pensaba en la alarma, que durante muchos años había sido crucial en la rutina. Conectar al salir, desconectar al entrar, volver a conectar y sentirse aliviada, segura. 

***

Acá no nos dicen migrantes. Acá somos los venidos. Los venidos nos reconocemos por la tonada, los hábitos que vamos adquiriendo o por no tomar agua de la canilla en nuestras casas. Nos reconocemos porque no crecimos cosechando tilo ni peperina, ni andando a caballo. Porque nuestras rutinas son distintas. Ni mejores ni peores, diferentes. Nos reconocemos porque se nota.

Cada tanto me preguntan de dónde soy. Para entrar en algún balneario, para anotarme en un concurso en la tienda de ropa, para algún trámite. ¿De dónde venís? ¿Dónde vivís? ¿De dónde son? Si fuera una migrante posta, creo, la respuesta sería simple: de Argentina, de la ciudad de Di María y Messi, aunque ahora vivo en otro lugar. Pero acá es otra cosa: es obvio que no soy cordobesa pero ya no vengo de Rosario, ni vivo ahí, ni me vuelvo para allá. A veces pienso que no vengo pero soy… sigo siendo, ¿hasta cuándo?

En las ciudades del Valle de Traslasierra, que desde mi perspectiva son pueblos, las migraciones son algo más heterogéneo que sólo venidos. Tenemos vecinos que son venidos del campo-más-campo a buscar oportunidades. Tenemos una vecina que nació acá, hizo su vida adulta en La Plata y volvió de jubilada. Su hija, rioplatense full, eligió la zona antes que ella, hace más de diez años. 

Cada tanto me preguntan de dónde soy. Si fuera una migrante posta, creo, la respuesta sería simple: de Argentina, de la ciudad de Di María y Messi, aunque ahora vivo en otro lugar.

Pero nosotros somos parte de un fenómeno, una forma de las migraciones internas del país que se llama neorruralidad. Somos profesionales, jubilados, familias jóvenes, hijos e hijas de una clase media más o menos baja, más o menos alta, que venimos a zonas rurales a tener una vida un poco más lenta. Llegamos con el escenario laboral bastante acomodado, sobre todo porque después de la pandemia casi todo lo resolvemos con una buena conexión a Internet. Probablemente, no sería lo mismo sin esa posibilidad. Sencillo: del trabajo en el campo y en las sierras sabemos poco y nada.  

Luciana Trimano es doctora en Comunicación Social y becaria del Conicet. Vivimos en distintas puntas del mismo Valle y nos conocemos solo por Instagram. Ella estudia las nuevas migraciones y cuando le conté de esta nota, me compartió entrevistas y sus investigaciones. 

En una entrevista al diario La Voz del Interior, Luciana define a la neorruralidad como una tendencia de movilidad poblacional y residencial. Un flujo migratorio de la ciudad al campo, protagonizado por personas de 30 a 60 años, profesionales que rechazan a la sociedad urbana y de consumo, que una vez que se instalan en áreas rurales, se insertan en la vida institucional de las comunidades. Eso dice ella. Yo estoy de acuerdo, porque soy protagonista. Y porque desde ahí, desde la institución y la comunidad, lo cambiamos todo: el paisaje, la cultura, la política, la economía, la convivencia, la pertenencia. 

Lo cierto es que para nuestra llegada no hubo ni hay ningún marco normativo. Nos instalamos, compramos terrenos, usamos el agua, talamos árboles, nos sumamos al tendido eléctrico, anotamos a nuestros pibes en las escuelas y clubes. Algunos con más o menos respeto por el lugar, pero todos contribuimos a que el Valle, al menos en mi caso, parezca un quilombo. Un montoncito de personas que van llegando, construyendo y habitando. Un quilombo que nos encanta.  

***

A veces extraño Rosario, su noche y la espontaneidad de los planes que permite la variedad de ofertas y que esté la gente que conozco desde siempre. Extraño el río Paraná que no veía todos los días pero estaba cerca para remar, acampar, nadar. Y cuando el trabajo periodístico virtual y desde casa se vuelve tan aburrido me dan hasta ganas de volver a una redacción en la que no era ni periodista ni feliz ni me pagaban para disimularlo. 

Pero cuando se me va la mañana alimentando gallinas y renegando en una huerta que hace ocho meses nos da de comer, extrañar se transforma. Cuando se mezclan el trinar de los pajaritos con los relinchos del caballo del vecino. Cuando hace frío y a cualquier hora el aire se impregna de olorcito a salamandra encendida. La nostalgia tiene otro sentido cuando en medio de todo eso nosotros tenemos videollamadas, hacemos entrevistas, escribimos guiones y notas. La nostalgia está junto con la certeza de que no hay vuelta atrás. Que la vida que quería para ahora es ésta. 

Cuando el trabajo periodístico virtual y desde casa se vuelve tan aburrido me dan hasta ganas de volver a una redacción en la que no era ni periodista ni feliz ni me pagaban para disimularlo. 

Acá también pasan las mismas cosas que en la gran ciudad. Como amenazas por tiroteos en las escuelas, pibes que comen mal, pibes adictos a la pantalla y el consumo de drogas en todas las clases sociales y migratorias. Vemos abrir y cerrar locales, y el fracaso incesante de las temporadas altas de turismo, que son malas desde que llegamos. Pero también está la posibilidad fascinante de quedarse un rato más en la plaza, incluso si es de noche y mañana hay escuela.

***

El grupo de Facebook Migrar al interior tiene más de 112 mil miembros. En el foro donde se intercambian experiencias migratorias y las personas que consideran irse hacen consultas de todo tipo. Es por excelencia la radiografía de la neorruralidad: 

Adriana, de 35 años, vive en el oeste del Gran Buenos Aires y piensa mudarse a San Fernando del Valle de Catamarca. Es docente, y técnica en química y biotecnología. Quiere saber cómo es la salida laboral docente en la provincia del norte; si hay oportunidades en industrias, cómo es el costo de vida en general. 

Jorge cuenta que hace poco lo asaltaron frente a su casa y ese fue el detonante para activar su sueño de irse a un pueblo. Busca algún lugar a 150 kilómetros de Lanús, una casa con parque cuyo alquiler no supere los 600 mil pesos. En una respuesta le ofrecen el contacto con una inmobiliaria seria. “Vas a vivir viendo bicicletas sin cadenas en la puerta de los colegios”, le aclaran. 

***

Rosemary maúlla desde la puerta. Otra vez, como siempre, me obliga a salir de la cama. Y yo, otra vez, como siempre, la miro perderse en la oscuridad del monte. La gata no me despertó. Todas las madrugadas, más o menos a esta hora, estoy dando vueltas en la cama, incómoda, moviendo una panza de ocho meses de embarazo de un lado para el otro. Cuando miro por la ventana, pienso en ella creciendo acá, en esta tercera casa que tenemos en las sierras que es la última, la nuestra.

No hay un día que no piense en si este paisaje, olor y sonido, son mi para siempre. No sé si soy una migrante o una rosarina que se mudó de forma irreversible a otra provincia. Tampoco sé cuándo dejaré de ser de allá para ser de acá, o si alguna vez voy a pertenecer a algún lugar de nuevo. Y sobre todo me gustaría saber qué significará Rosario para mis hijos: el que nació allá pero lleva más tiempo acá, y la que será del paisaje serrano y la casa llena de bichitos. 

Las primeras veces que extrañé mi ciudad fue mirando los partidos de Central. Especialmente el clásico del 10 de agosto de 2024. La previa y el después fueron de un vacío total. Era la primera vez que estábamos lejos y solos, era un día importante. A nuestro alrededor el mundo pasaba sin bocinazos ni griteríos. Nada de caravana hasta Arroyito. Nada de la mejor resaca del mundo, la del lunes en el trabajo después del triunfo. Ese día sentí que todo había quedado atrás. Una sensación total, absoluta, de desarraigo.

Nada de caravana hasta Arroyito. Nada de la mejor resaca del mundo, la del lunes en el trabajo después del triunfo. Ese día sentí que todo había quedado atrás.

Después pasó la vida. Volvimos a los cumpleaños y casamientos, y a mil partidos en el Gigante. Lo llevé a mi hijo. Lo vimos volver a Di María. Él se hizo más canalla que nunca. Pero también nos preguntó dónde están las calles de tierra en Rosario. Se maravilló con el tamaño de los edificios y el color marrón del Paraná. Viajó en colectivo como una aventura y habló de sus amigos poniendo el artículo adelante: el Rami, el Iván, la Cata. Así descubrimos que mientras yo hago malabares para explicar de dónde soy, mi hijo ya es de un lugar. Mi lejos de todo es su casa. 

LH/VDM

Temas: Laura HintzeMigranteTema Libre
Laura Hintze

Laura Hintze

Laura Hintze nació en Rosario en noviembre de 1989 y desde los 20 años trabaja como periodista gráfica. Escribió en distintas redacciones locales y colaboró en diversos medios nacionales, como Infojus, Presentes, Suma Política, Anfibia y la Agencia Tierra Viva. Fue presidenta de la Cooperativa La Masa y directora del semanario El Eslabón. También fue parte de la serie documental Fue en la calle, de la UNR. El año pasado trabajó en la investigación y el guionado del podcast "Con mis hijos no", conducido por la actriz Dolores Fonzi. Se mudó al Valle de Traslasierra, en Córdoba.

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