Justo Fernando Barrientos salió de la habitación 12 del Hotel Canarias, en Barracas, y caminó unos pasos hasta la habitación 14. Era medianoche y llevaba un balde con algo dentro que «ardía». Abrió la puerta, vio a cuatro mujeres durmiendo. No dijo nada antes de arrojarles una “bola de fuego”. Se quedó ahí, de pie, viendo cómo se quemaban, desesperadas. Ellas gatearon intentando zafarse de las llamas. Pero él las pateó, les golpeó la cara y las empujó de nuevo al incendio. Las mujeres intentaron llegar a la bañera para apagarse con agua. No pudieron: él se interpuso.
Pamela Cobas, Roxana Figueroa y Andrea Amarante murieron después del ataque, que sucedió el 5 de mayo de 2024. Dos de ellas con el 90% del cuerpo comprometido y una con el 75%. La única sobreviviente fue Sofía Castro Riglos, de 49 años, que terminó con heridas en la cara y las manos, además de estrés post traumático y ataques de pánico. Las cuatro eran lesbianas y compartían la habitación 14 en la misma pensión que su agresor.
Habían denunciado al “uruguayo” -como le decían a Barrientos en la pensión- con la dueña del hotel. Habían presentado una carta a la Defensoría del Pueblo. También mensajes de WhastApp contando el hostigamiento que sufrían. Incluso, algunas vecinas advirtieron de la situación a la dueña. Justo Fernando Barrientos, quien inició el fuego en la habitación 14, las agredía continuamente por su identidad de género.
Discutía con ellas en el lugar común del hotel, la cocina. Barrientos les gritaba: “Ustedes no deberían estar acá”, “Esto no es un lugar para tortas”, “Se les nota lo que son”, “Si van a seguir abrazándose, váyanse”.

Sergio Araujo vivía en la pensión. Esa madrugada escuchó los gritos, se despertó y vio el humo. Salió de su habitación y llegó al primer piso, donde vio a una de las mujeres envuelta en llamas señalando a Barrientos. “Fue él, fue él”, gritaba. La imagen lo estremeció: “Fue horrible. Las chicas quemándose por completo. Una de ellas ya no tenía pelo, la ropa quemada, todo el cuerpo quemado”. Contó que las ayudó a bajar, pero la piel se les desprendía al tocarlas. “Yo vi cuando él la tiró al fuego. La empujó y cayó, después tiró otro balde de fuego cuando estaban en la ducha”, contó durante su declaración ante la Justicia.
Sofía Riglos vio como su prima Mercedes, su pareja Andrea y su amiga Pamela eran arrasadas por las llamas. Es la única sobreviviente y la principal testigo del juicio que comenzó el lunes ante el Tribunal Oral en lo Criminal N°5, integrado por Adrián A. Perez Lanc, Cinthia Raquel Oberlander y Juan Manuel Grangeat. Su relato y el de varios vecinos es clave para demostrar el agravante de “odio de género y a la orientación sexual” que recae sobre Barrientos, que está imputado por homicidio, y en el caso de Sofía, en grado de tentativa. Además de la alevosía y ensañamiento, y el uso de un medio idóneo para crear un peligro común.
Además de la acusación de la fiscalía, hay tres querellas. Una es la de Sofía Castro Riglos, impulsada por la abogada Luciana Sánchez que estableció el agravante de violencia por prejuicio hacia la orientación sexual y expresión de género, porque son crímenes que tienen una complicidad social. La otra es la de las familias de Roxana Figueroa y Pamela Cobbas, representada por la Defensoría General de la Nación; y la tercera es la de Federación Argentina LGBT (FALGBT).
Quién es Barrientos, el imputado
Barrientos tenía 67 años cuando quemó a las cuatro mujeres. Vivía en la pensión y se mantenía con la venta de garrapiñadas y bebidas en canchas de fútbol. Nació en San Miguel de Tucumán y a los 26 años se mudó a la Ciudad de Buenos Aires. Tiene dos hijos con los que no se habla. Tampoco con sus seis hermanos.
“El uruguayo les gritaba cosas porque se besaban, les decía ‘degeneradas’. Un día las vió en la cocina y les gritó ‘tortilleras de mierda’. A Sofía le decía cosas morbosas, siempre las acosaba o las miraba de una manera fea”, contó Leonardo Araujo, otro de los vecinos.

El acoso y la violencia de Barrientos eran cotidianos. Estaba pendiente de ellas, sobre todo de Andrea y Sofía, las insultaba, las perseguía. Hubo un día en el que les tiró agua sucia por la ventana. “No soportaba que fueran dos mujeres juntas, viviendo como pareja”, contó Vanina Bojorge, que muchas veces intercedió ante las agresiones verbales. “Él siempre estaba pendiente de ellas, les decía cosas feas. A mí me daba miedo también. Yo sabía que algo iba a pasar”, relató. Previamente, Barrientos había intentado abusar de Sofía.
Cuando los policías llegaron al hotel de la calle Olavarría vieron el humo denso, Encontraron a las mujeres en el sector de duchas. Barrientos solo tenía una herida en el cuello, después de intentar autolesionarse. No hablaba, tampoco colaboraba con la evacuación del edificio. Tenía una actitud “alterada y desafiante”, según contaron los efectivos. “En el hospital lo vi relajado, sin decir palabra”, dijo un agente.
Hace dos años que Barrientos está preso en el Complejo Penitenciario Federal I de Ezeiza. Allí espera una sentencia que puede llegar a ser perpetua. Mientras tanto, Sofía vive en una casa comunitaria a la espera de que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cumpla con un fallo de la Justicia que le ordena darle una solución habitacional. Lleva en su memoria el fuego del hotel de la calle Olavarría y, también, el del boliche Cromañón. Porque sobrevivió a ese incendio.
CDB/VDM






