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Hace falta una clase media que sepa que son obreros con mejores pilchas

En medio del estado de negación del peronismo, Mayra Arena distingue entre pobres y empobrecidos. Una mirada dura sobre aquella clase media pujante argentina.

Mayra Arena Por Mayra Arena
27 de mayo de 2026 - 8:00 am
en Opinión, Sociedad
Hace falta una clase media que sepa que son obreros con mejores pilchas

Vacaciones de invierno en Mar del Plata, en 2023. /Punto Noticias.

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Todavía no se jura en nombre de la guita. Es demasiado sagrada para arriesgarla por algo tan banal como la verdad. Ocultarla cuando la tenés es elegancia, simular cuando te falta es dignidad. Todo el tiempo viene a colación. La guita siempre dominó el mundo pero antes fingíamos que también nos interesaban otras cosas. Jesús multiplicando los panes quedó obsoleto y el mesías ahora es un tipito de traje enseñándote a multiplicar la guita desde tu casa. Si le pagás a él, claro. Los ricos ya no son hombres misteriosos. Ahora dan entrevistas y demandan cariño, como los artistas. Pareciera que ser multimillonarios no les alcanza, también quieren ser aplaudidos por eso.

Es hermosa la guita. Fijate que siempre que alguien encuentra belleza en la pobreza, es en la pobreza de otro. Casi todos mienten cuando dicen cuánta tienen, casi nadie dice la verdad cuando dice no tengo un mango. Igual, con las variables y divergencias que son del caso, nadie tiene un mango. ¿Cuánta guita hay que tener para dejar de pensar en guita?

Cambiaron las formas.

Hoy todo es cuestión de guita y solamente de guita, pero la (ex) gloriosa clase media, esa que compraba una pava eléctrica en 12 cuotas y departamentos al contado, también venía con un paquete de modales y normas de buen samaritano que estabas obligado a cumplir si querías ser un argentino de bien. Los que veíamos de más abajo sabíamos que no alcanzaba con ganar más: eso solo te convertía en un grone con plata. Había que aprender a copiar ciertas cosas para blanquearse, sin pasarse de rosca para no volverse un piojo resucitado.

La entrada a la clase media se pagaba en especias, dejando la ropa de acetato y los colores fluorescentes, dejando de hablar de coger como si fuera lo único en este mundo, dejando la cumbia para los sábados y el reggaetón para después de las 03:00. Las zapatillas villeras siempre fueron más caras que las topper de lona que usaban los cool y sus morrales costaban dos pesos con cincuenta. Copiarse del de al lado siempre fue una boludez. Copiarse del que vive del otro lado de la vía es solo para los que tienen muy buena vista: había que ver para parecer.

Para algunos ese pacto implícito era una barrera, pero era el verdadero changüí para los que no teníamos un centavo. Como ellos tenían plata, te decían que la plata era lo de menos. Nunca fue cierto, pero lo otro ocupaba tanto espacio que podías armar el starter pack, aunque fueras un seco y precisamente porque eras un seco. A veces casi que podías engañar al sistema, que siempre fue y será mucho más hackeable que la libreta del almacén de tu barrio. La pobreza ata, pero la desesperación tiene puños fuertes. Después empezás a ganar más guita y te sentís indestructible, invencible e inmortal. De eso no quedan ni vestigios y, en el futuro, esto será todo yuyos.

Cuesta ponerle nombre a la villerización que vivimos como país. Salir de la etapa de la negación y pasar a las que siguen (gracias Lisa Simpson) le está costando horrores al sector más psicoanalizado de la Argentina. La clase media que se juntaba en la escuela con los de abajo y se cruzaba en la vida profesional con los de la alta mezclaba la viveza de los primeros con la superfluidad de los segundos. El combo era asombroso porque no caía en la impulsividad viciosa de los pobres ni en la estrechez ñoña de los ricos. Un sistema de transporte que dejaba la motito para el barrio y el colectivo para ir a trabajar, una salud que aumentaba la calidad conforme la gravedad de tu cuadro. En este país hasta se podía tener cáncer. Con un canuto recauchutado de ahorros de lo que sobraba de sueldo (porque acá existió que te sobre un poco de sueldo) y algún préstamo sacado en la única oficina donde se miente para arriba, la clase media accedía a la casa propia y cambiaba la cerámica por pisos flotantes. Hoy es víctima del porcelanato y del inquilinato crónico porque encima los padres no se les mueren más.

Eso que llamábamos clase media menosprecia el universo que la diferenciaba del resto de Latinoamérica, te cambia la industria por compras de Shein con entrega a domicilio y sabe que pagar el mínimo de la tarjeta es el único pecado que no debe volver a cometer. Algunos creerán que todavía resiste porque fue a la marcha de la universidad, con los looks más aesthetics, frases mafaldezcas y tote bags ilustrados por la artista viral de turno.

La clase media es víctima del porcelanato y del inquilinato crónico porque encima los padres no se les mueren más.

Pero es muy fácil estar del lado correcto en esa mecha. Es que de M´hijo el dotor se quedan con lo entretenido que es ir a la facultad y se olvidan lo más importante: que la universidad se llenó de obreros porque estos estaban fuertes en lo económico y sus hijos podían aspirar a las mismas cosas que los hijos de los ricos. Para eso hace falta una clase obrera organizada, consciente y sobre todas las cosas, temible. Temible al menos lo suficiente como para que los ricos estén dispuestos a darle algo. Hace falta una clase media que sepa que son obreros con mejores pilchas. Mientras tanto, tendremos que sincerarnos y, en eso que llamamos pirámide social, empezar a referirnos a las clases como escalafones de ingresos. La palabra clase, hoy, no significa nada y la clase media es un no-lugar.

Cambiaron los fondos.

No tener para salir a comer afuera no se parece en nada a no tener para comer. Los que ya sabían vivir con poco ahora viven con nada e insisten con esa vieja costumbre que es la honradez. Pero los nenes que saben los precios de los juguetes que no van a tener saben también dónde cirujear cosas pasables, mientras que los pobres nuevos no encuentran esa info en internet. Como esa novela de Saramago donde hay una epidemia de ceguera y los ciegos viejos corrían con amplia ventaja sobre los nuevos porque llevaban nada menos que toda una vida viviendo sin ver. Así las cosas, hoy la gente en las villas vive más o menos como vivió siempre mientras los empobrecidos ya no saben cómo disfrazar de emprendimiento lo que antes hubiera sido un recreo para engañar a la ansiedad.

¿Cómo se aprende a ser pobre? Se transforma poco a poco, por una especie de transfiguración instintiva, el hambre en una molestia y las molestias en una adhesión menor. Puede parecer sacrificado, pero lo bueno es que puede hacerse sin llamar la atención porque nadie sabe cómo vive esa gente. Los caídos en el suelo sienten todo el peso de la sociedad sin recibir una sola mirada de ella. Esa es la dualidad de los miserables. Ascender es arduo pero es voluntario, descender es atroz porque no se sabe cuál es el fondo.

Si en el Siglo XX Cambalache todo es igual, nada es mejor/ lo mismo un burro que un gran profesor, el error del peronismo en el siglo XXI fue trasmitir que era lo mismo un desocupado que un marginal. No está bien tratar a los que se mueren por ser trabajadores como pensionados que no se egresarán de la ayuda estatal y no está bien ponerlos en el mismo escalafón que el que les robó la garrafa. Pueden compartir eso que llamás clase, pero no son la misma clase de hombres.

Hoy la gente en las villas vive más o menos como vivió siempre mientras los empobrecidos ya no saben cómo disfrazar de emprendimiento lo que antes hubiera sido un recreo para engañar a la ansiedad.

Cambió el arriba.

El poder político se llenó de gente que no sabía hacer nada y sólo quería ser famosa. Se hizo realidad el sueño que decían tener algunos de llenar el gobierno de pobres, pero resulta que no le hacen asco al ajuste ni a la mano dura. Para algunos es toda una novedad. Lo bueno es que ahí en esos barrios donde a los 12 elegís si te vas a quedar en el molde o te vas a marginalizar de la sociedad metiéndote a la policía, no son todos libertarios, y el mileísmo no arrasará. No alcanzó con tirar los mandatos viejos. Había que construir algo nuevo, pero Milei amagó y tiroteó sin terminar las cosas. Contamos con la suerte de que en LLA nadie quiso laburar.

No obstante, hay cambios. Argentina venía coqueteando con latinoamericanizarse y pisó el acelerador. Pero no es igual a los otros. Por todo lo dicho anteriormente, los pobres no son iguales que los empobrecidos. Los pobres ven a la pobreza como al colchón finito e incómodo sobre el que duermen, no está bueno, pero es lo que hay. Los empobrecidos la ven como una muerte en vida, una cárcel a cielo abierto donde solo tenés libertad para ver cómo viven los demás —porque el empobrecido sabe muchas cosas, sobre todo cuánta vida hay allá afuera—.

El peronismo y el progresismo y el progreperonismo se desesperan viendo que este sector no reacciona. Y es que, así como las personas apuradas casi no miran atrás, las personas empobrecidas no miran para arriba, están ocupadas cuidándose de lo que ahora tienen a los costados. Tiempo al tiempo. A todo se acostumbra uno, menos a no comer.

Los empobrecidos ven a la pobreza como una muerte en vida, una cárcel a cielo abierto donde solo tenés libertad para ver cómo viven los demás.

Cambian los conceptos.

Buena parte de eso que llamás precariado tuvo algo de voluntario. Ser emprendedor caló tan hondo que se volvió prácticamente anti-industria, pero no a la manera revolucionaria que soñaban los marxistas, sino de una forma algo más atolondrada. Marcar tarjeta es visto como esclavitud, manejar los horarios propios es todo lo que se le pide a un trabajo. O a dos, o a tres. ¿Qué nombre le ponemos al multiempleado que jura que él no labura para nadie?

Habría que construir la escala para cuantificar el trabajo emprendedor, pero al menos dos razones lo impiden. Una es que el fracaso de uno o más emprendimientos no constituye el fracaso del emprendedor, sino que es parte del concepto mismo. Se han visto casos donde no queda otra que comerse todo lo producido, liquidar a precio de costo la pilcha que se compró en La Salada y embadurnarse con los perfumes árabes que quedaron de clavo (otra vez). La caída del proyecto, la nula generación de ingresos, no son suficientes para el cambio de perspectiva. Y de aquí se desprende la segunda y verdadera razón de este nuevo concepto: ser emprendedor es verbo, no sustantivo. Más que una fuente de ingresos es un tipo de carácter, más que una ocupación es una identidad. Un desocupado tiene el aspecto de un pobre, un emprendedor se descarga la foto del de Peaky Blinders y la pone como foto de WhatsApp. No pasa por cuánta guita hagas, pasa por dónde ponés a la guita y qué jerarquía tiene en tu imaginario social.

Cambiaron las bases.

Las bases ya no se dividen en peronismo y antiperonismo y Milei no es la derecha de siempre (aunque haga cosas que se le parecen mucho). Mis amigos pobres, o sea, mis amigos antropólogos, pueden surfear esta realidad con algunas changas, tocando el canuto, pidiendo apoyo paterno, ofreciendo alguna que otra columna en las revistas que surgieron para tirarles una soga o quien sabe cómo más. Pero los otros pobres, mis amigos de toda la vida que votaron a Milei y que trabajan de lo-que-haya-que-trabajar, todavía existen y son mayoría.

Los laburantes a los que no les molestan tanto las formas y de pedo te distinguen una Lemoine de un Urtubey no opinan del desguace estatal. Para ellos los memes son más seductores que el bodrio de la política y antes del segundo laburo está la fábrica y después de la fábrica está la venta de artículos vía estados de Whatsapp y de vuelta a casa TikTok y más memes. Siempre están haciendo algo y no les sobran cien pesos. Tienen dos o tres trabajos y ninguno les hace aportes. Nunca están al pedo e igual te van a contestar el teléfono al toque. Toda la política argentina, digo toda incluyendo al peronismo, al macrismo y a Milei, es muy de pensar en los excluidos, y los que todavía se aferran al adentro nunca se sienten prioridad. Al que madruga la política no lo ayuda.

Los otros pobres, mis amigos de toda la vida que votaron a Milei y que trabajan de lo-que-haya-que-trabajar, todavía existen y son mayoría.

El punto de quebranto entre pobreza y marginalidad es que el pobre aún sabe cuál es su lugar el mundo. Y es que, si la falta de guita hace al pobre, la soledad hace al marginal. Hoy, que todo el mundo está más solo, casi cualquiera puede estar en riesgo de caer en la indigencia. Tenés tantos marginales con computadora como allá debajo de la línea de pobreza, gente “normal” cayendo en la calle, tipos grandes cayendo en la droga, minas en onlyfans (en los barrios pobres, cafecito y matecito, porque el público al que apuntan está pesificado), todos escarbando alguna vía rápida de guita porque ahora es lo mismo que ascenso social. Solo apenas más arriba los que sobreviven con oficios, maña y abnegación. Te apuesto lo que quieras que todos están pensando en guita, y unos cuántos están intentando dejar de apostar.

Cambió la libertad.

Milei logró entrar al sistema sin desmarginalizarse y —arriesgo sin guglear— con Karina deben haber ido a colegios muy buenos, porque cualquiera que haya ido a la pública conocería el concepto te van a esperar a la salida y no se comportaría como ellos. La guita es el vicio de Karina y la sociedad, siempre buena leche, todavía la considera un individuo independiente de Milei. No me interesa libra ni el 3% ni las tilinguerías de Manuel Adorni, esta vida tiene un día siguiente y a cada chancho le llega su San Martín. Lo difícil de revertir va a ser la naturalización de lo monstruoso como pueril, lo grotesco como admisible, lo violento como una forma más.

No hay un solo aspecto en el que hoy los argentinos sean más libres. El Estado dejó de ser un contrapeso del más débil, la nula circulación de dinero impide el progreso de cualquier iniciativa particular. En algunos lugares los vendedores ambulantes copian las formas exasperantes de la marginalidad. En otros, directamente se prohíbe y les secuestran la mercadería. Va en línea con el gobierno que ganó que se haya retirado el Estado, pero también se les sacan las posibilidades prometidas: por ningún lado aparece el capitalismo para los pobres.

El peronismo parece seguir sin cambiar.

Sumido en la discusión más insustancial de la historia —a la que no dedicaré ni media línea— el peronismo parece seguir en estado de negación. Está demasiado lleno de salvados como para entender la perspectiva del que se bajó hasta del monotributo. Hay que ver si vuelven a insultarlos tratándolos de receptáculos de derechos que solo esperan una transferencia y un mensaje de inclusión social en lugar de poner la oreja en el asfalto (o ripio o ni eso) y ver qué pide eso que llamás pueblo.

El peronismo está demasiado lleno de salvados como para entender la perspectiva del que se bajó hasta del monotributo.

Sería fantástico que se tratara solo de poner más guita en el bolsillo de la gente, pero esto va un poco más allá. Por un lado, esos barrios donde las transferencias de recursos impactaban directamente ya no son “naturalmente peronistas”. Por otro, las divisiones no pasan solamente por la guita: se transformaron las costumbres, las relaciones, los significados de algunas expresiones. Todo eso que llamás popular es un pasado que no tiene futuro, sobre todo si volvés a encararlo igual.

Un peronismo qué quiera saber de qué se trata, no en el cabildo si no en el colectivo, aliento a mate de por medio. Los argentinos tienen decenas de motivos para salir a prender fuego todo y sin embargo cargan la SUBE y vuelven a salir a laburar. Es ese hambre el que mantiene viva la llama. Por más achurías que se le hagan, en la gente hay más hambre de progreso que sed de venganza.

MA/VDM

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