No puedo manejar este dolor, no estoy preparado para este dolor, no sé qué mierda hacer con este dolor. Soy otro juguete perdido ante la lacónica noticia: dicen que murió Carlos Solari.
Un corazón no se endurece porque sí, Indio. Odio al Parkinson.
¿Qué tema escrito por vos para los Redondos o para Los Fundamentalistas resumiría este momento? No respondas, alimentemos el mito que multiplicó tu carrera, tu arte.
Me tradujiste la vida, muchas veces. Tus letras me sirvieron para decir lo que no podía porque no me daba el cuero intelectual, social, psicológico, o porque se imponía la haraganería: no es cierto que tus temas no se entendían (o no se entienden), sólo usaste palabras y metáforas para contar una época indecible. Vos ibas en trenes y tenías a dónde ir. Cómo no sentirse así.
Soy de Olavarría, Indio. No te pude ver con Los Redondos a la vuelta de mi casa, en la cancha de Estudiantes, porque los pacatos que gobernaban la ciudad te prohibieron: había comprado la entrada, obvio, ibas a tocar en el mismo lugar donde aprendí a jugar al básquet. Cómo no voy a pensarte como un familiar, si siempre estuviste conmigo. Por eso te lloro así, como un primerizo.
Escuché Gulp a los once años, en un casete que me había regalado mi padrino, y no
paré más: recién le mandé un Whatsapp para agradecerle tu primera aparición, la enorme bandera en mi corazón.
Volviste a Olavarría, canté con vos y con cientos de miles en la larga noche de música, locura y muerte, entre el terraplén y la avenida Avellaneda, donde arranca el campo, en el sur de la ciudad, donde te subiste por última vez a un escenario. Recién hablé con mi vieja y mi viejo, esa noche ellos te escucharon desde el patio, ahora me dicen que están tristes, que se acuerdan del volumen en el que escuchaba tus canciones.
También fuimos a verte, a verlos, a Mar del Plata, con cuatro amigos. Dos de ellos ya no están: el Topo y el Chino se fueron hace poco. Pero Juan vive, Juan estaba. Al salir del patinódromo había autos incendiados. No pensábamos en la muerte en los recitales de Los Redondos, era común o inclasificable el choque entre el rock y la violencia, nos pedías que cuidáramos “el culito” porque nadie (la policía, el Estado) iba a cuidarnos.
En Avellaneda la Bonaerense nos cagó a palos antes de escuchar tu primer acercamiento a la música con máquinas. Te equivocaste la letra en una canción, puteaste, te escondiste detrás del baterista. En el Monumental lo tuvimos a pocos metros al chabón del Tramontina tajeador, perdimos las zapatillas, nos fuimos para adelante cuando terminó el show a buscar las que quedaban tiradas.
Te recuerdo, te busco. Te digo: todo lo generado por vos fue, es y será una experiencia de lo sublime, como dicen Chuit Roganovich y Perantuono, dos que te conocen y ahora seguro también están tristes.
Pero Indio, si me puse a escribir estos caracteres es para decirte gracias porque me salvaste de la locura en mi adolescencia. Como lo hace cualquier religión con quien se deja tomar por el misticismo. Arrasado por el vino barato con soda, en mi adolescencia, sí en Olavarría, era fácil pensar en encerrarse o en boletearse: no había mucho más allá del vacío y la locura que proponía el menemismo, que nos partía al medio a las familias, a los amigos. Pero estabas vos, tu prosa, tu voz que venía del futuro, todo un palo.
Noches y noches, largas noches, con vos en mi cabeza, en mis oídos, en el cuerpo, dándole vueltas a tus metáforas, repitiendo lo que decías, como un mantra, dándole a la patita con el riff de Skay, tu lazarillo con vincha. Pasaba la madrugada, llegaba el día y así ya no pensaba en la muerte
Gracias a vos.
Ahora tengo miedo de que vuelva esa madrugada. Estoy angustiado, enojado, no puede tener tanta avaricia la muerte, ser tan perfecta. Mi amigo Fero me dice que hay que prepararse para el dolor. Será por eso que ahora te escribo, Indio.
Para decirte que un pedazo de mi vida se fue con vos.
DS/VDM






