En la era de la inteligencia artificial y del trabajo remoto cada vez más gente busca aprender a arreglar lo que se toca. La Escuela Universitaria de Oficios de la UNLP explotó en inscripciones este año. Detrás de ese número hay historias de gente que se cansó del trabajo en relación de dependencia y los salarios magros.
La primera señal la da el director, Sergio Serrichio. Sabe las estadísticas de memoria porque las ve todos los días en la puerta de la sede: «Cuando aparecen los periodos de crisis como este que estamos viviendo ahora la matrícula de la escuela explota. Este año la preinscripción fue de casi 25 mil personas, un 30% más que el año pasado. Y esta tendencia de crecimiento la estamos viendo en los tres años de gobierno de Javier Milei», dice.
No es casualidad. La Escuela Universitaria de Oficios, EUO, es la primera de formación profesional en el nivel universitario del país, creada en 2008 a partir de un proyecto del año 2000 que buscaba capacitar a jefes y jefas de hogar. Hoy es el primer dispositivo formal de la UNLP en brindar trayectos de formación profesional, depende de Políticas Sociales, es gratuita y para anotarse hay que ser mayor de 16 años.
Desde 2018, la escuela tiene sede propia y eso cambió todo. Antes funcionaba «iba» a los barrios, y funcionaba en clubes y centros comunitarios. Antes eran 400 estudiantes seleccionados, población muy vulnerable. Hoy el ingreso es irrestricto. El 40% tiene entre 16 y 35 años y busca incorporarse al mercado laboral. Solo el 5% es adulto.

Gastronomía es el curso más demandado porque es gratis. Dice Serrichio que, en consecuencia, asiste el que no lo puede pagar afuera y también el que está aburrido en la casa. El perfil del alumnado también cambió.
Hay oficios que son termómetro. Refrigeración, por ejemplo. «Es un oficio con salida laboral casi inmediata. Vos te das cuenta que lo que están buscando es exactamente eso. Instalan un equipo de aire acondicionado y tienen el sueldo de 15 días de trabajo de un empleado público«, apunta el director.
Después de la pandemia, se consolidó la bimodalidad: clases grabadas, streaming y aulas virtuales. El esquema permite reducir la presencialidad de dos a una vez por semana y abaratar costos de traslado. Sin embargo, la retención continúa baja. El obstáculo ya no es solo logístico, sino económico: a muchos estudiantes les cuesta sostener el costo de viajar y, en algunos casos, de alimentarse.
La propuesta de la Escuela está organizada en cuatro grandes sectores: mantenimiento edilicio, fabricación de muebles, gastronomía y diseño y producción textil. Y tienen un centro de servicios donde los propios estudiantes fabrican muebles, hacen catering, herrería y ropa para la misma Universidad. Su primera experiencia laboral.
«La mayoría de los estudiantes lo hace por necesidad. El año pasado éramos casi todas personas grandes, que lo hacían porque les había quedado pendiente aprender un oficio. Este año veo muchos pibes jóvenes que buscan formarse en algo salida laboral rápida, que no la están consiguiendo en otros ámbitos educativos», apunta el director.
Dentro de esa explosión está Marcela. Tiene 47 años, dos hijos y trabajó muchos años como empleada administrativa hasta que se quedó sin trabajo.
—Decidí comenzar a estudiar lo que me gustaba y de lo que había aprendido cuando era chica, que era la costura — dice.
El año pasado cursó Diseño Textil Industrial en la EUO. Se recibió, hizo pasantía en diciembre y la llamaron para quedarse a trabajar en el taller con su coordinadora. Los miércoles sigue cursando moldería. «En estas épocas digitales lo que va a predominar van a ser los oficios», agrega Marcela.
Julieta tiene 54 años y llegó a la EUO en 2023, cuando todavía trabajaba como administrativa. Se anotó en cocina por hobby.
—Me pareció muy interesante la propuesta de tener la parte teórica de manera virtual y la parte práctica en la escuela —cuenta.
Tiempo después se quedó sin trabajo: «A mis 50 y pico reinsertarme en el mercado laboral no fue nada sencillo». En 2025 una compañera del curso que ya estaba trabajando en el centro de servicio de gastronomía de la escuela de oficios le ofreció sumarse.
«Abastecemos al buffet de la escuela y participamos de servicios y congresos de distintas facultades», dice Julieta. Este año, además, desde la escuela le ofrecieron trabajar como auxiliar de aulas web, acompañando a estudiantes en la parte virtual de pastelería:
—Lo que empezó como un hobby fue lo que terminó abriéndome las puertas a un mercado laboral concreto. La EUO no solo me capacitó, sino que me dio la oportunidad real, a mis 54 años, de volver a trabajar.

La Escuela Universitaria de Oficios tiene aval de la universidad, lo que le otorga un fuerte respaldo simbólico. Pero fuera de ese circuito, el boom del oficio es el mismo. Amílcar era operador de radio:
—Dejé la operación porque me cansé de los horarios fijos, de los jefes y de no ganar plata. En radio no se gana. Apareció la idea de formarme en electricidad, siempre fue algo que yo hice en mi casa, siempre colgué las lámparas, arreglé los enchufes. Me faltaba conocimiento nomás —dice.
Se anotó en un curso de electricista y a la semana se cerró todo por la pandemia. Terminó con un título virtual. Durante el encierro hacía changuitas en el barrio. Pintar una puerta, arreglar un enchufe. Hasta que con su familia se fueron a vivir a Salto, al norte de la provincia de Buenos Aires. Y ahí sí: se anotó nuevamente en la carrera de electricidad presencial en una escuela de formación profesional, con prácticas de verdad.
—En Salto se corre la bola. Te pasan el número, te pasan el contacto. Así armó cartera de clientes — cuenta.
En los últimos años, en paralelo a esta búsqueda, creció una figura que se volvió común: el “marido a domicilio” o “marido de alquiler”. Un todoterreno que ofrece resolver todo lo de la casa. En 2018, dos mujeres que viven en CABA y se habían quedado sin trabajo armaron un flyer que decía plomería, gas, persianas y arreglos en general.
En España, un sanjuanino lleva 10 años con un emprendimiento que se encarga de tareas que tienen que ver con la electricidad, albañilería, cañerías, jardinería, pintura y limpieza. Su lema es: «Lo que no hace su marido en casa, se lo hacemos nosotros».
Es la respuesta directa a la crisis y a los salarios bajos: con un solo trabajo se puede hacer lo que antes era una semana de sueldo administrativo. Y con la necesidad de reparar lo propio porque contratar está carísimo.
Amílcar marca ahí el límite de esa tendencia. Una cosa es arreglar la propia casa. Otra es salir a ofrecer todos los oficios a la vez. Nunca se arregla todo bien.
—Hay crisis. Entonces nuestra lucha es con los “electroalbañiles”, que hacen las cosas de electricidad y las hacen mal porque no saben. Pero pasa con el durlero, con el pintor, con el carpintero, con todos, porque están los que saben y los que se mandan por necesidad. El rubro en eso va para abajo. Los que saben cobran caro. Y los que pueden pagar las cosas buenas son menos.
La discusión no es moral, es técnica. El saber de un oficio lleva tiempo, práctica y responsabilidad. Si se ocupa el territorio de otro sin conocimiento, el trabajo queda mal y tira abajo el valor de todos los que sí se formaron. La salida no es hacer de todo, sino remitirse al conocimiento que se tiene y cobrar por eso.
«Hay una brecha bastante grande y ahí estamos los que queremos mejorar en el medio, que no queremos cobrar mucho para poder agarrar el trabajo y a su vez queremos cobrar para poner en valor lo que hacemos«, dice Amílcar. Presupuesto que se negocian, búsqueda de materiales económicos y el latiguillo en cada casa: «No me mates con el precio».

Otro caso es el de Bárbara. Ella no vive solo de la costura, también hace circo. Salió de una escuela técnica en Chile con el oficio de modista, se fue «a viajar», dedicó años solo al circo. Volvió después de ser mamá, cuando necesitó «quedarse quieta»:
—Retomé la costura después de que nacieron mis dos hijos cuando más o menos me empecé a estabilizar y quedar quieta. Sigo haciendo circo y esto es otra herramienta que también me ayuda.
Nació a fines de los ´80 y lo dice sin vueltas: «No me crie en esta era de la tecnología y me cuesta. Era muy viajera, no usaba ni siquiera teléfono, no tenía ni celular. Vivía en un mambo de desconexión». No le mete ficha a las páginas ni a las redes. Trabaja con lo que tiene a mano:
—Con el cartel en la puerta de mi casa la vengo zafando, y el boca en boca de la gente que me ayudan con la difusión. Hoy me escribió una chica que me sacó de un grupo, que no tengo idea cuál grupo, que alguien ha compartido mi contacto y así me salen trabajitos.
Está en un momento bisagra. Quiere meterse más en la costura. Sigue con el circo pero el cuerpo, dice, ya no le da para el mismo ritmo. Le falta tiempo para entrenarse, la crianza influyó mucho en eso. Marcela, Amílcar, Julieta y Bárbara encontraron un modo de subsistencia en tiempos donde muchos trabajos se hacen desde una notebook y muchos otros ya no se hacen. Volver a las manos no es retroceder. Es encontrar un lugar donde quedarse.
LDC/VDM









