El Estadio Azteca no se movió nunca. Está ahí desde 1966, en la Ciudad de México. Lo que sí cambió fue todo lo demás: el fútbol, su estética, su lógica, su escala, su precio. Por eso, que en 2026 albergue su tercer Mundial -1970, 1986 y el próximo- dice bastante más de lo que parece.
Tres modelos de fútbol distintos en una misma cancha. Tres épocas que no solo se diferencian por los nombres propios, sino por lo que el fútbol representa en cada una y por lo que sucede alrededor.
El escritor mexicano Juan Villoro lo explicó en una entrevista con el periodista Andrés Burgo: “México ha organizado dos de los mejores Mundiales de la historia, el de 1970, que consagró a Pelé, y el de 1986, que consagró a Maradona. Podríamos organizar sin problemas un tercer Mundial, pues tenemos más habilidad como anfitriones que como protagonistas. En 2026, como en tantas otras ocasiones, seremos comparsa de Estados Unidos. ¿Por qué lo aceptó México? Por su tradicional sujeción a los designios del imperio. Por lo demás, será un mundial absurdo…”.
1970: el Partido del Siglo
En 1970, el primer Mundial en el Estadio Azteca no arrancó precisamente con aplausos: empezó con abucheos al entonces presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz. Mientras la Copa del Mundo comenzaba, afuera cientos de campesinos mexicanos protestaban por la expropiación de sus tierras para el estacionamiento.
Aquel año, el Azteca fue el futuro. México organizó el primer Mundial transmitido en color, un dato que en ese momento redefinió todo. El fútbol dejó de ser un espectáculo que se vivía en la cancha o se escuchaba por radio para convertirse en una experiencia visual global.
El Azteca, además, con su escala monumental, parecía hecho para eso. Capacidad para más de cien mil personas, una arquitectura pensada para amplificar el espectáculo, para que el ruido se volviera parte del espectáculo. Ahí, Pelé levantó su tercera Copa y cerró un ciclo que terminó de convertirlo en algo más que un futbolista, fue el primer ícono global del fútbol televisado.
En ese Mundial, el Azteca fue también escenario de lo desbordado. La semifinal entre Italia y Alemania Federal, el 4-3 que quedó en la historia como el “Partido del Siglo”, fue la demostración de que el fútbol podía ser exceso y literario: una prórroga, goles, drama.
1986: Maradona, Inglaterra, Malvinas
En 1986, el Azteca dejó de ser futuro y se convirtió en memoria, sobre todo para los argentinos. Ahí apareció Diego Maradona y transformó un partido en un relato nacional. Argentina contra Inglaterra, la Guerra de las Malvinas y todo lo que ya sabemos. Ese día, el estadio absorbió tensiones que venían de afuera. Todo comprimido en noventa minutos.
Y en ese contexto, Maradona hizo dos goles que “para colmo, -definió el sociólogo Pablo Alabarces- exactamente esos dos goles, y no cualquier otro tipo de goles. Ésos».
Y agregó: «Me detengo en el primer gol (con la mano), que representa la idea del plebeyo que vence al poderoso con las armas del pícaro y del pobre; el segundo, algo irrepetible. Todo esto no se finge, no hay impostación: no hay relato ni ficción ni guión. Eso pasó así como lo vimos».
Dos formas de entender el fútbol. Dos formas de entender la vida. Todo en el mismo arco, en el del Estadio Azteca.
Burgo, en El Partido, reconstruye ese día donde el Azteca aparece ahí como protagonista, un espacio que condiciona, que empuja, que se carga de sentido. El Azteca de 1986 es eso. Un lugar donde la distancia entre el jugador y la gente se achica. Donde el fútbol todavía es, antes que nada, experiencia colectiva.
Ese Mundial no fue el del espectáculo, como en 1970. Fue el de la épica. El de la apropiación. El de un jugador que convirtió un partido en símbolo. Y el Azteca quedó pegado a esa historia para siempre.
El Mundial del Femenino
Entre 1970 y 1986, el estadio cambió poco. Algunas reformas, ajustes, modernizaciones menores. Pero su lógica seguía siendo la misma: albergar multitudes. En el medio de estos dos Mundiales, hubo una Copa del Mundo no organizada por la FIFA, pero que sí tuvo un valor simbólico en nuestro fútbol femenino.
En 1971, la Selección argentina femenina viajó a México para disputar ese torneo en condiciones precarias. No tenían entrenador, dinero, ni camisetas. Los botines se los regalaron los organizadores. El debut fue el 15 de agosto, contra las locales. Ante 80 mil personas en el Estadio Azteca donde 15 años después Maradona convertiría el mejor gol de la historia, Argentina perdió 3 a 1 en un partido con un arbitraje que las argentinas, todavía hoy, definen como escandaloso.
Tras el encuentro, Norberto Rozas, un argentino que había jugado en el fútbol mexicano, se presentó en el hotel y se ofreció a convertirse en el entrenador del equipo. Seis días después del debut, ahora frente a 100 mil personas, las argentinas le ganaron 4 a 1 a Inglaterra con cuatro goles de Elba Selva. Por este motivo, el 21 de agosto de cada año se festeja el Día de la futbolista argentina.
Más grande no, más rentable sí
Entre 1986 y 2026, el cambio sí es estructural. El Azteca se remodeló otra vez, pero ahora no para ser más grande, sino para ser más rentable. Menos capacidad, más confort. Menos gente, más segmentación. Nuevos vestuarios, mejores accesos, tecnología de punta. Y, sobre todo, espacios VIP.
El Azteca, como ocurre hoy con el fútbol, no se moderniza para el hincha sino para el producto. Las cámaras mandan. Los recorridos de los jugadores, los accesos, los túneles, todo está pensado en función de cómo se ve.
El Mundial que viene va a ser el más grande de la historia. Más equipos, más sedes, más partidos. Pero también más caro, más segmentado, más exclusivo. Un Mundial donde la experiencia en cancha compite con la experiencia digital. Donde el relato ya no lo monopolizan los periodistas, sino que circula en múltiples voces: influencers, streamers, creadores de contenido. La tribuna ya no es el único lugar desde donde se mira el partido.
Y sin embargo, el Azteca vuelve a estar ahí y su historia -para muchos- funciona como garantía de autenticidad en un contexto cada vez más artificial. El fútbol actual necesita también esos recuerdos: Pelé, Maradona o “El Partido del Siglo”. Los usa, los cita y los recicla.
El Azteca, entonces, no es solo un estadio. El 11 de junio recibirá el partido inaugural entre México y Sudáfrica. Y cuando arranque el partido, el Azteca va a volver a ser lo que fue siempre, “la dinámica de lo impensado”.
DC/VDM





