Cada vez que alguien pregunta “¿qué es farmear aura?” muere un panda bebé. Cada vez que un adulto intenta farmear aura, mueren dos pandas bebés. Es curioso, pero en el preciso instante en el que intento explicar qué significa tener aura, la estoy perdiendo.
En la era de internet, de lo alquilado, donde tenemos acceso a todo sin ser dueños de nada (llevamos en el bolsillo una colección infinita de discos que nunca vamos a escuchar pero por la que pagamos a una plataforma una modesta suscripción, por ejemplo), tener aura es al menos tener algo. “Farmearla” da la idea de que se puede construir, cosechar para sembrar luego, laburar tu propia granja. Lo contrario a tener ángel, que según los que saben, se tiene o no se tiene.
Si tenés ángel lo tenés todo casi como en cadena, y tal vez le esquivaste al concepto de la meritocracia. Solo vivís surfeando una cascada de buenas noticias, con oportunidades que te caen en el momento justo, y probablemente la mayoría te adore, aunque los que te odian, te odian en serio. Un síntoma de época: los extremos. Como sos una figura pública, alguien te puso en un pedestal imposible, y te bajan con la misma intensidad con la que te subieron. Pasas a la lista de cancelados por un like, en este tiempo en el que todos vamos al baño con el celular.
Si generacionalmente lo tuyo es farmear aura, comprenderás que se trata de un estilo de vida. Que no se necesitan más que gestos, presencia y una mirada que irradie soberbia para alcanzarla. Pero si hay alguien explicando qué es farmear aura, es probable que en tu colegio ya haya pasado de moda. Sobre los adultos… al principio era gracioso que lo noten, una suerte de código y puente generacional a través de un six seven. Luego, menos mil de aura, o mejor dicho cringe para los millennials como vos que están leyendo esto.
El verbo “farmear” surge del lenguaje de los videojuegos: significa acumular objetivos logrados por repetición. Las consolas setean las palabras de las nuevas generaciones. Pienso en los que saben qué es una memory card y se esfuerzan por quedar cancheros con los nuevos términos. También es cierto que lo lindo del lenguaje es que trasciende, y es bastante conmovedor ver a Yanina Latorre hablar del lore de un famoso como si fuese el protagonista de Red Dead Redemption.
Tampoco hay que perderse en cada cortina de humo. Otra cosa típica de este momento: una noticia mal contada, un dato por la mitad y muchas conspiraciones listas para tomar la narrativa del relato en redes sociales. Una operación psicológica -aka: psyop-, algo que nos ponen frente de nuestras narices para que evitemos ver un poco más allá. Buscan que el árbol nos tape el bosque.
En febrero de este año hubo dos situaciones que corrieron en paralelo y que, a priori, no tenían nada que ver una con la otra. Fue un verano en la ciudad donde la mayoría de los móviles de televisión se apostaron en el Barrio Chino para ver de cerca un nuevo fenómeno adolescente: los therians. Jóvenes que expresan su identidad a través de animales, humanos con máscaras moviendo sus extremidades como perros en la vereda. Mientras tanto, en el Congreso, se debatía la nueva reforma laboral.
Pienso en cómo los medios, en su afán de farmear aura, miran de cerca fenómenos ajenos con el fin de distraernos a los adultos de las cosas que deberíamos mirar. Pienso en cómo esos mismos adultos se pierden en la bronca de lo inentendible mientras le gritan a una nube. Como si se les escapara un cacho de vida en cada broma forzada, en cada intento de farmear para la tribuna, mientras les da bronca el fenómeno. Ahí no hay ni ángel ni aura. Si sos hater estás desangelado.
Pasó casi medio año en este país raro y no hay más: los therians se fueron a sus cuchas, la reforma laboral ya es ley y los chicos se miden de manera simpática en las plazas a ver quién es el más canchero fuera de las pantallas. Al menos salen a la calle a jugar.










