Se puede migrar por hambre, miedo, amor, desesperación; acaso en búsqueda de riqueza, de un cierto bienestar, un sueño americano, europeo, asiático. Y se puede también migrar por migrar, para tomar aire, por un tiempo, porque uno quiere y -algunas veces- quizás puede.
Y porque se quiere y se puede algunas veces, puede una pareja como la nuestra, subir con una hija de cuatro años a un vuelo con dos escalas, para desembarcar 23 horas más tarde 30 kilómetros al sur de Hamburgo.
Saltar del otoño en Mar del Plata a la primavera alemana, con el plan de pasar un año ahí.
Ahí, acá, en Lüneburg, ciudad fundada en el medioevo, riquísima durante cientos de años gracias a sus yacimientos de sal, y gestionada y dominada durante varios siglos por un puñado de familias nobles. Una ciudad de la Baja Sajonia que no fue bombardeada en la Segunda Guerra, con aires holandeses e incluso ingleses en algunos barrios, heredera orgullosa de aquel pasado tan próspero.
Aunque sea una migración temporaria y buscada –calificada, la llaman-, conseguida gracias a los méritos académicos y profesionales de Laura, mi mujer, implica cuestiones operativas que delimitan rápidamente la frontera entre estar y estar de paso, entre vivir en y solo visitar.
Hablo de asuntos en apariencia menores, excepto que tengas que tramitarlos: gestionar un cambio de titularidad del servicio de luz para que esté a tu nombre, empadronarte en el ayuntamiento local para poder comprar un chip para el celular, indicar sí o sí tu apellido en el buzón de la puerta, asistir a reuniones de padres encomendándote a tu rupestre dominio del alemán, comprar una bici usada, cortar el pasto, ventilar la casa –diez minutos al día, por contrato- para que no se formen hongos.
Incluso si uno ha pasado ya por experiencias similares, siempre es un poco empezar de cero. Y ni hablar con una hija: AV/DV (antes de Vera, después de Vera). Uno lo recuerda a medida que tramita la extensión de un visado, que busca un pediatra a mano por las dudas, o que va al súper del barrio a buscar orégano, rollo de cocina, limpiavidrios o espanta hormigas (imposible hallar veneno, por restricciones ambientalistas).
Hasta hace dos o tres meses, pese al demencial sprint final de trámites previos a la mudanza –gastos de todo tipo, apostillas de La Haya, el funeral de una tía adorada y mil indicaciones por dar- si hubiera escrito sobre migrantes, desde ya que no habría pensado en nosotros, sino en la ACNUR, en notas que escribí años atrás sobre la apatridia de los haitianos indocumentados en Dominicana, o sobre inmigrantes subsaharianos o venezolanos que viven en Madrid o en Once.
Pero desde la segunda semana de abril, migrar es, para mí, para mi mujer y para nuestra hija, este acomodarse de a poco a algo que no existe cuando uno anda de paso: la rutina en este nuevo lugar al que llamar casa y todos sus bellos y ordinarios imprevistos.
Googlear, por ejemplo, cómo se dice jamón cocido acá (gekochter Schinken, de paso), para hacerle una vianda a Vera porque el menú de tal día en el jardín no le gusta y todavía no sabe decírselo a las seños. O preguntarle a un vecino si es necesario un permiso especial para pasar la bordeadora (no es descabellado: para usar una motosierra fuera de tu casa hace falta un curso certificado, Motorsägenkurs). O enterarte por otro conocido que podés comerte una multa por matar de un chancletazo a una abeja en el patio.
Así, cada día, hasta que –si todo marcha bien-, vos seas, por un año, el vecino de la esquina, la colega en la universidad.
Y todos los encuentros que derivan de esa nueva dinámica profesional y barrial son, para nosotros –primero como pareja, ahora como familia-, algo que buscamos de manera intermitente desde hace 20 años, sin saber muy bien por qué.
Descendientes mi mujer y yo de inmigrantes escapados del hambre y la guerra en Europa, desandamos varias veces ya su camino guiados tal vez por aquello de “conocer mundo”, como decía mi abuelo (andar andando solo andando por andar, cantaba Ricardo). A veces más apretados, a veces con más resto, cuando se da: Vente pa’ Alemania, Pepe, como aquella película de 1971.
En estos tiempos mutantes, migrar en un entorno académico significa, además, como imaginábamos, tener que hablar también acá de lo que uno quisiera no hablar, del gran protagonista a cinco husos horarios de distancia; de quien acaso sea, admitámoslo amigos, el segundo argentino vivo más conocido en el mundo después de Messi. Y tener que confirmar a quien lo pregunta, que sí, que en nuestra humilde opinión el tipo está mal del balero, como ellos sospechan y advierten, que a muchos nos da miedo, y recibir con algo de vergüenza muestras genuinas de incrédula compasión.
Y compartir también, con mucha tristeza, algunos detalles sobre la destrucción, entre tantas cosas, de un sistema científico y universitario que durante décadas distinguió a la Argentina. Con el cuidado de no caer en el despecho, de no ser como el Luis Solari de Capusotto –en Bélgica tal cosa, en Holanda tal otra…-, pero con lo complejo de tener tantos contrastes a mano, en una ciudad que no llega a los 70.000 habitantes, en la que, rumbo al cierre del año lectivo, aún se rompen la cabeza para ver en qué gastar jugosos remanentes presupuestarios que en caso contrario podrían perderse.
Recién mudados, de todos modos, uno vive en un submarino. Se entera de poco.
Piensa en la familia y los amigos a la distancia, y extraña, claro. Uno escucha y lee que intentaron matar a Trump, y saca fotos de carteles contra Netanyahu en los muros de la ciudad nueva. Está twitter, está el wasap. Está Diputados TV en Youtube. Pero lo central de estos días es el micromundo, y su soledad, y que vengan a arreglarnos la cadena del baño, y que nos den la tarjeta para agarrar los descuentos del Lidl.
Y sobre todo, atajar cada imprevisto, espalda con espalda con Lau –hombro con hombro en este mundo atroz, dice Minimal-, para que Vera sea feliz en el jardín y en la plaza de la esquina y en el bosque de al lado, y definir, a las apuradas, qué abrigo ponerle si una nevada nos sorprende al amanecer en plena primavera.
AVL/VDM






