Una mesa larga en una cafetería de la ciudad de Mendoza, sábado a las 17. En el centro, un mazo de cartas con preguntas random: ¿cuál fue tu primer trabajo? ¿Qué canción te animás a cantar en voz alta? Nadie está obligado a jugar, pero todos juegan.
Los que llegaron a esa mesa están cansados de otra escena: la de calcular si seguir, si dejar de seguir, si el me gusta fue mucho o poco. De que alguien aparezca tres días y desaparezca con un bloqueo.
Es el caso de Julia, que tiene 34 años y lo resume sin vueltas:
— Me gusta Tinder, pero ahora me da fiaca usarlo porque de diez hombres, encontrás uno copado. Me enganché con varios divinos no hegemónicos, charlamos varios días y me terminaron ghosteando. Hay mucha histeria. Y si en el traspaso de Tinder a Instagram te megustea todas las fotos, desconfiá. Los vínculos que solo viven a partir de “te respondo la historia” son insoportables, aunque nos vuelve a todos generadores de contenidos.
De «Yo me quiero casar… ¿Y usted?» a la app de citas
Para la psicoanalista Carolina Sanguinetti esto no es nuevo, sino la forma nueva de algo viejo. “La pregnancia de la imagen, lo que una imagen impone. El tema de las historias. Cómo se contestan los mensajes. Pero sobre todo la búsqueda de inmediatez. Hay algo estructural del malentendido en las relaciones, que es histórico. Hoy pasa por si se respondió la historia, si se subió una foto, si en la foto están junto o no, con quién y para que la vean todos. Lo nuevo es la temporalidad de lo inmediato”, dice.
La psicoanalista lo explica en sus clases con el cortometraje «Ni una sola palabra de amor» (2011). La trama está basada en una seguidilla de mensajes grabados que María Teresa le había dejado a Enrique, su pareja, en un viejo contestador automático hallado en un mercado de pulgas.
«Esa disparidad respecto a la palabra de amor, antes era el contestador automático, ahora es el WhatsApp. Antes era ‘Yo me quiero casar… ¿Y usted?’, de Roberto Galán, ahora son las aplicaciones de citas. Distintas formas de intentar salvar algo de lo insalvable», dice la psicoanalista.
Un manual de uso que no está escrito en ningún lado
Marina tiene 28 años y no usa Tinder. Usa Instagram, pero con una regla que repiten muchos:
—Las redes son una buena herramienta para hablarle a ese conocido o al amigo de un amigo al que quizás no llegaría de otro modo. Que Instagram permita contestar historias es la gloria. Pero lleva un tiempo llegar hasta la birra. Sirven para profundizar el vínculo con personas de las que ya tenías una referencia. No para conocer gente nueva.
Y después está el que no tuvo otra opción que aprender ahí. Nahuel, 41 años, gay, cuenta que casi todos sus encuentros fueron por redes, desde muy chico:
—Podría contar muchísimas historias de citas fallidas, calamitosas, bochornosas, tragicómicas. Me encontré con fachos, hippies, closeteros, activistas, budistas. A todas mis parejas las conocí por redes. A mi novio actual lo conocí indirectamente por Grindr. Chateamos meses, y hace un año y medio que estamos juntos.
Jugar al tenis, tomar un cafecito, salir
Del otro lado de esa fatiga están los que nunca se fueron. Patricia Ledo coordina Coincidir desde 2006. Empezó con su marido, haciendo una revista para «solos». Buscaban, por ejemplo, gente para jugar al tenis. Después con esa gente vinieron los cafecitos de los domingos y las salidas.
—Hoy los encuentros funcionan a través de propuestas: teatro, cine, después ir a cenar. Nos encontramos en un lugar ya pactado, todo por WhatsApp. Funciona como una reunión entre amigos, aunque yo les digo compañeros de ruta, porque tienen una misma mirada hacia la vida —, cuenta Patricia.
Lo que más se busca es contención. Encontrarse con pares. Disfrutan mucho que sea cara a cara y que haya una coordinación.
—Necesitan una base de seguridad. Yo trabajo sobre todo con mayores de 55: no buscan un match. Lo más difícil hoy es la falta de compromiso. Es un mal muy actual, gente que quiere solo pasar una noche, sacarse las ganas, satisfacer una necesidad sexual, tipo touch and go —, agrega.
Para la coordinadora de Coincidir, «lo presencial da más confianza». La aplicación tiene el peligro del anonimato, que se escabulle, crea realidades que no son, engañan y estafan. «En las aplicaciones podés encontrar el amor de tu vida o una viuda negra. No solo la mujer corre riesgo con el hombre desconocido, el hombre también con ciertas mujeres», apunta.
La versión más nueva de esa misma idea es Café con Desconocidos. La coordina Paula Cáceres. Está en Mendoza, Salta, CABA, La Plata, Mar del Plata, Córdoba, Madrid y ahora está abriendo en Perú. A veces hay cinco eventos por fin de semana, cada uno con una host.
No es un espacio para ir a buscar pareja. Es para entablar vínculos, del tipo que sea: algunos llegan buscando amor, otros una amistad, otros simplemente cortar la semana con gente nueva. Muchos nacen como una charla entre desconocidos y después pasan a otra cosa, sin la presión del match ni la etiqueta previa de qué tiene que ser.
—Nació de preguntarme por qué cada vez nos cuesta más acercarnos a alguien, por qué esperamos que todo vínculo tenga que surgir de una aplicación. Hoy juntar gente cara a cara parece una idea revolucionaria — dice Paula, la coordinadora de Café con Desconocidos.
No hay algoritmo. Hay mesas por edades similares, la mayoría +50 pero hay de todo, y un juego de cartas opcional.
—En cada encuentro confirmé algo: la soledad también puede ser una puerta de entrada, porque la gente vence sus miedos y se presenta igual. Recibo mensajes de parejas consolidadas, grupos de amigas que salen de acá para allá. Para mí no se trata de dejar de estar solos. Se trata de recordar que podemos acercarnos.
Julia, que de diez hombres da con un copado en Tinder. Nahuel que después de muchas citas fallidas conoció a su pareja en Grindr y Marina, que sabe que en Instagram es un atajo para acercarse a amigos de conocidos. Ellos siguen teniendo las apps en el celular. No las van a borrar. Aprendieron a usarlas con reglas propias, con cansancio y también con deseo.
Mientras tanto, en la mesa de un bar, Patricia y Paula arman otra cosa: sin algoritmo, con cartas y con nombres. No es lo opuesto a Tinder. Es lo que quedó por fuera.
En un tiempo donde estar solo parece un fracaso que hay que tapar scrolleando, esas dos escenas conviven. Ninguna promete el amor para siempre. Una promete que alguien conteste una historia. La otra, que alguien se anime a cantar mal porque una carta se lo pidió.
LDC/VDM









