Madres trabajando desde la mesa de la cocina con la compu prendida mientras los chicos miran una peli al lado. Cuidar y trabajar a la vez, en el mismo ambiente. Porque no es solo la plata la que no alcanza. Tampoco alcanza el tiempo para nada que no sea sostener.
Valeria es profe de geografía y emprendedora de bijouterie. En pandemia, con embarazo de riesgo, dejó sus módulos docentes (es decir, la horas de clase) y apostó al emprendimiento. Con la vuelta de las fiestas, trabajó a mil:
—Fue el momento de decir: dejo la docencia, me quedo en casa y manejo los tiempos con el bebé.
Este año las ventas cayeron y volvió a las escuelas, agarrando horas salteadas, viajando de una escuela a otra. Con 20 módulos, sin antigüedad, un docente en Provincia no llega al millón de pesos de bolsillo.
—Hoy por la situación económica del país volví a tomar horas. Nos quedó una casa a medio construir, no nos alcanza para nada para la vida. Mi marido tiene un trabajo fijo más dos extras. Prácticamente no está. Así y todo no llegamos a fin de mes.
Romina tiene 40 años y es profe de matemática en escuelas públicas. Cuando quedó embarazada tenía 24 módulos. Volvió de su licencia con menos módulos porque la organización familiar era un lío y no tenía con quién dejar a su hija.
Sumó trabajitos: hizo manicuría, dio clases a alumnos particulares, vendió cosméticos por catálogo. Ahora confecciona colitas de pelo y llaveritos de tela.
— Hacía uñas, pero ahora la economía no está para que la gente venga a hacerse las uñas. Estoy con clases particulares, pero la gente a veces no tiene para comer, no me paga la clase. Todo lo que busqué siempre depende de si el resto tiene plata.
—Ahora me compré una maquinita de coser, muy chiquitita, de esas familiares. Hago colitas y llaveritos, que es más barato, más económico para la gente. Como para tener una entrada más. Porque si no, no alcanza.
Su hija Emilia va a un jardín maternal privado desde los 9 meses. Ningún jardín municipal abre a las 7:30, su horario de entrada.
— Tuve que mandarla a un jardincito privado que me queda a siete cuadras del trabajo, que me abre 7:20. La dejo y salgo corriendo. Me come el 25% de mi sueldo. Yo coso cuando la nena duerme, coso cuando la nena me pide ver una película.
Ailén tiene 34 años, es docente de matemática de secundaria, con horas a la mañana y a la noche. No toma más porque no tiene con quién dejar a sus dos nenes, de 3 y 6 años. Viven los cuatro con su marido, también docente, que busca horas extra que no salen y ahora empezó a vender budines.
A Ailén le encanta ser madre. Le encantaría tener uno más, aunque sea uno más:
—Me quedé con las ganas del tercero. Me encantaría, pero no puedo. No es que no quiera, es que no llego.
No es por tiempo, no es por ganas. Es por la cuenta de todos los días:
—Hoy pienso si le puedo comprar un par de zapatillas, si le puedo pagar el jardín, si le puedo dar lo que necesita. Y así no.
Laura tiene 39 años, tres hijos de 3, 5 y 9 años, y es docente en la universidad. No cuentan con ayuda familiar de ningún tipo. Tiene múltiples empleos y con su marido se turnan para cuidar y trabajar como pueden, porque no puede pagar una cuidadora:
— No puedo pagar una cuidadora porque lo que debería ganar esa persona por hora, en el acumulado, representaría gran parte de nuestros ingresos. Nos turnamos con mi marido para cuidar a los nenes chiquitos y trabajar como podamos:
Dos de sus hijos van al jardín del sistema universitario. Cuando no tienen clases, se queda sin esa estructura para poder ir a trabajar.
—Pero ahora no estoy en condiciones de pagar niñeras. Ayer consulté un espacio deportivo que recibe niños sin clases, 4 horas por los dos, tres días, 110.000 pesos. Quizás sea el valor indicado pero resulta mucho considerando que son tres días.
Entra en un loop: apuesta a la educación pública y después tiene que pagar por espacios privados para poder ir a trabajar. En 2024, con un bebé chiquito, no quiso faltar y terminó enferma:
—El niño tiene derecho al juego y a la atención pero uno también necesita trabajar. Hoy me lo tomo de otra manera pero sigue representando un problema que te consume energía y te altera.
Ninguna lo cuenta como queja. Lo cuentan como lo que hacen todos los días para sostener, aunque sea a medias, algo que siga en pie.
No es solo un recibo. Es la casa a medias. La maquinita que cose entre siesta y película, los budines que se venden para llegar a fin de mes. Es el grupo de amigas que ahora cocina juntos y la pantalla que entretiene mientras se arma un pedido.
En el medio, una profesión que antes alcanzaba para sostener una casa y hoy ni sumándole trabajos extras alcanza para llegar a fin de mes. Y una pregunta que queda flotando en todas las casas: ¿hasta cuándo se puede inventar trabajo donde ya no queda tiempo?
LDC/VDM









