“En la vida lo único permanente es el cambio”, es la frase con la que cierra el último capítulo de la cuarta temporada de Tres Acordes, una serie animada de Trukini (Dante Farías), que aborda diversas etapas y problemáticas del mundo actual como las relaciones familiares, el ingreso a la adultez, la falta de guita, las decepciones amorosas, la inestabilidad laboral o el inminente paso del tiempo, todos desde la perspectiva de un grupo de amigos que, también, deberán afrontar crisis en su forma de construir y, sobre todo, sostener esa amistad.
Siempre vuelvo a Tres Acordes porque, aunque uno podría subestimarlo por ser una animación, tiene reflexiones muy profundas y deja mensajes que interpelan y calan hondo en el imaginario colectivo.
Y la frase que cito es una de ellas porque ¿no se trata la vida, acaso, de atravesar pequeños duelos y constantes adaptaciones, combinados con destellos de felicidad hasta que el cuerpo diga basta?
¿No se trata la vida, acaso, de atravesar pequeños duelos y constantes adaptaciones, combinados con destellos de felicidad hasta que el cuerpo diga basta?
Pero uno de los privilegios es hacerlo con aquellas personas que se cruzan en nuestra vida y uno, consciente o inconsciente, las elige para hacerlo porque siente, de alguna manera, que la carga se aliviana un poco.
La psicoanalista Alexandra Kohan dice que en el duelo “no hay etapas, ni tiempos cronológicos” porque “no se trata de trabajar para el olvido ni para que el dolor pase más rápido” y que “no se hace de una vez y para siempre”.
Será por eso que todavía pienso en aquel fatídico viernes 21 de enero de 2022 cuando llamaron del hospital para confirmar que mi abuelo partió de este mundo, como quien comunica el fin de un trámite.
Será por eso que hasta llegué a replantearme mi agnosticismo y fui, cada mes religiosamente, a cuidar su tumba para que nunca le falten flores, porque así se lo prometí en vida.
Será por eso que la noche de ese viernes, tal vez uno de los días que más sola me sentí en este mundo, una de mis amigas pasó a buscarme por la casona familiar y me llevó a la casa de otra, donde todas estaban reunidas (y el resto caía con el paso de las horas) y me esperaban con comida, birra, faso, no para llorar la muerte, sino, para festejar la vida.
Así viví ese ritual que llaman velorio en plena pandemia, donde no se podía despedir a nuestros muertos como el catolicismo manda. Tal vez uno de los duelos que más me costó afrontar, pero que mis amigas me dejaron en claro que no lo haría sola.
Cuando murió mi abuela, tres años después, la escena se repitió en mi retina y sé que vivirá por siempre en mi memoria. Horas y horas en esa sala velatoria hasta el panteón donde la esperaba el cuerpo de quien fuera mi abuelo. Horas y horas de sostener mis lágrimas en sus hombros (y su amor).
Y como la vida, también, es paradoja, semanas después me vi del otro lado, acompañando a una de mis mejores amigas quien también perdió un pedazo de sí cuando despidió a su abuela Cornelia.
Siempre pienso en cuando a mí me toca ser sostén y desde lo más profundo deseo estar a la altura porque, a veces, temo no poder devolverles, aunque sea un poco, de lo que hacen por mí. Aunque sé que el amor es un negocio para perder también soy fiel creyente de que amor con amor se responde.
Siempre pienso en cuando a mí me toca ser sostén y desde lo más profundo deseo estar a la altura porque, a veces, temo no poder devolverles, aunque sea un poco, de lo que hacen por mí.
Porque como dijo uno de mis pensadores favoritos, el Negro Dolina, en una entrevista con Julio Leiva, hace unos meses: “La mejor metáfora de la amistad es cantar a voces” ya que “tu voz no es la misma que la del tipo, es otra; pero hay un milagro que se llama armonía y eso sucede cuando cantamos juntos”.
Por eso es que veo a mis amigas como voces de un coro en el que yo también estoy cantando y que suena armoniosamente, a pesar de estar hundidas en un mar de mierda al que a veces nos arroja la vida.
Como cuando mi hija, Milena, dejó de ser una niña para transitar los primeros pasos de la adolescencia con todo lo que eso implica: angustias, amores, desamores, amistades que no fueron, pequeños duelos.
Y otra vez fueron mis amigas quienes me sostuvieron ante mi desesperante deseo de ahorrarle esas frustraciones inevitables. Y otra vez fueron mis amigas las que esa noche en que festejamos su cumpleaños número 15, a pesar de estar distanciadas con algunas, estuvieron celebrando la vida con nosotras. Sonando armoniosamente.
Pero que mi voz no sea la misma que la de ellas me remite a lo que dijo Nietzsche en Así habló Zaratustra: el amigo es el corcho que impide que el diálogo entre yo y mi se precipite en la profundidad, o sea es el que nos impide que nos hundamos en nuestra propia mente que puede ser, muchas veces, peligroso u obsesivo.
Por eso Nietzsche compara a los amigos con un corcho que nos mantiene a flote en la superficie de la cordura y el mundo real. Y, al menos las mías, lo hacen con una paciencia y precisión digna de un quirófano.
Creo que hablo por todas cuando recuerdo alguna relación afectiva atravesada por el conflicto que pensábamos poder salvar y, en mi caso (y el de muchas), fueron ellas, con sus modos amorosos y contención incansable, las que nos hicieron salir a flote.
Porque, como dice Nietzsche también, en el mismo texto, “mi mejor amigo es mi peor enemigo” porque el enemigo nos desafía, nos señala, nos saca de nuestro lugar cómodo para que nos cuestionemos.
Sí, el amigo es aquel que “te banca en todas” como dice el sentido común, pero también es aquel que, desde el amor y el cariño genuino, es nuestro “otro yo”, como lo define Aristóteles, porque pensar a la amistad sólo desde la semejanza o como alguien con quién compartir, es hacerlos funcionales y lo funcional, la mayoría de las veces, se desecha cuando no sirve.
Por eso me gusta pensar a mis amigas desde lo extraño, lo lejano, lo diferente y no como una proyección mía en ellas para que confirmen quien soy, sino que me hagan pensar: ¿quién soy? y ¿quién quiero ser? Y escaparme de mí misma si es necesario.
Por eso valoro con todo lo que soy a quienes me muestran, desde el amor, esas diferencias. Y me aman y se quedan a construir también con bosta, como los ladrillos.
Valoro con todo lo que soy a quienes me muestran, desde el amor, esas diferencias.
Y por eso agradezco a aquellas que no las toleraron y decidieron irse con el silencio más sepulcral porque, desde el amor, también comprendí sus razones; y porque, de todas maneras, me hicieron repensar quién soy y quiero ser.
En el manual de Conducción Política de 1952, Juan Domingo Perón escribió: “La verdadera colaboración no es alabar siempre, sino señalar los errores, hablando un lenguaje claro de realidad, de verdad y de amistad. El verdadero amigo es el que aconseja, y si es el enemigo el que habla, es mejor que esté cerca”.
Pero Perón también dijo que la amistad es “la gran fuerza aglutinante en toda lucha” y que “nada puede desarrollar la solidaridad indispensable como la existencia de una verdadera amistad”, porque la amistad también es comunidad y porque como dijo mi filósofo contemporáneo favorito, Carlos Alberto Solari, la amistad es o no es. No la podemos forzar, tampoco imponer. Se elige sí, pero se construye tácitamente todos los días.
Tal vez por eso el día que cerró sus ojos a este mundo, aquel viernes 5 de junio donde un poco también el sol se murió, nos congregamos sin invitación a la plaza más cercana, donde sabíamos que nos encontraríamos con los nuestros para reconfortarnos en un abrazo, en esa comunidad que el Indio supo, tan admirablemente, construir y sostener.
Porque quien respondió a las citas de cada Misa sabe que allí siempre iba a encontrar a un amigo, unido por ese sentimiento de pertenecer a algo más grande que uno y esas enseñanzas que sólo él nos supo legar.
Esto me hace pensar en cuando Jorge Luis Borges diferenció a la amistad del amor y dijo que la primera “no necesita frecuencia”. Es verdad, no la necesita, porque nuestros amigos van a estar siempre y, sobre todo, cuando el mundo no tiene respuesta o se vuelve incomprensible (como reza una canción de La Renga), porque son los brazos donde reposamos.
Y, lamento si suena como un cuestionamiento, Maestro, pero humildemente creo que frecuentar, alimentar y sostener a las amistades que nos dio esta vida es, un poco, encontrarle el sentido a seguir viviendo.
FZ/VDM









