Parece que la palabra guita bajó de un barco. La “guita” era la venda, la witta en alemán o vitta en latín, que se usaba para ajustar las bolsitas de tela en las que se trasladaban las monedas y piezas de valor. De ahí la expresión “aflojá la guita”, abrí la bolsa. Siempre es interesante desandar el camino que recorrió una sociedad con el lenguaje de su tiempo, ver cómo seleccionó y fijó los usos de ciertas palabras en detrimento de muchas otras. El ejercicio inverso sería conjeturar qué términos de hoy van a sobrevivirnos y dar forma al lunfardo de mañana. Arriesgo uno: emepé (MercadoPago), palabra que designa nuestra dirección financiera en el universo de las monederos virtuales. “¿Me lo pasás por emepé?”. Arriesgo otro: blú, valor de referencia del dólar en el mercado paralelo, que remite a los billetes nuevos con una franja azul o blue brillante, casi sedosa. “¿A cuánto el blú?”
Hace unos meses me junté a tomar una cerveza con un amigo español. Me hablaba fascinado de la cultura financiera con la que, según él, nacemos las personas de este país.
–Todos los argentinos sois economistas. Cualquier chaval de 19 años maneja tres billeteras virtuales, compra dólares, ahorra en cripto y gana intereses.
–¿Y eso no te parece triste?
–¿Triste? ¡Qué va! Me parece maravilloso.
¿Cómo explicarle que ese conocimiento práctico, disfrazado de ingenio y modernidad, en realidad nace de la desesperación? ¿Cómo explicárselo a alguien que jamás cuestionó el valor de su moneda, es decir, a una persona que jamás tuvo que hacer el ejercicio mental de relativizar el valor de aquello que justamente cumple la función de otorgar valor a todo lo demás? En los medios españoles no se informa el “tipo de cambio” del euro porque nadie necesita esa información. Un europeo promedio no tiene que traducir mentalmente el precio de un pantalón a otra moneda, de otro país, para acercarse a algo que imagina como “valor real”.
¿Cómo explicarle a alguien que jamás cuestionó el valor de su moneda, es decir, a una persona que jamás tuvo que hacer el ejercicio mental de relativizar el valor de aquello que justamente cumple la función de otorgar valor a todo lo demás?
De lo que estoy hablando es de la inagotable carrera de abstracción económica en la que vivimos quienes cobramos y pagamos en pesos.
–Ese pibe del que hablás, está obligado a dedicar horas de su pensamiento a encontrar la manera de no perder dinero -digo a mi amigo español.
–Vale, lo que tú digas, pero a ese chaval nadie lo engaña.
–¡Al revés! ¡Cualquiera lo engaña! Basta ofrecerle seis cuotas sin interés y ¡zaz!: cae.
Lo que mi amigo español no se da cuenta es que ese “chaval” no sale de ahí. Los argentinos vivimos pendientes –es decir, dependemos– de las promociones, los descuentos en efectivo, los precios mayoristas, la liquidación de stock … Presionados bajo el imperativo de aprovechar, de ganarle la carrera a la inflación porque se nos ha infiltrado la certeza de que más adelante será peor. No confiamos en el tiempo, más bien al contrario, le tenemos miedo, y por eso le damos batalla en nuestra imaginación, transitando enceguecidos los enmarañados circuitos de la guita. Supongo que esa es la diferencia entre una sociedad que tiene inflación (la europea, la norteamericana) y una sociedad que vive en inflación. La primera tropieza con un problema. La segunda lo ha convertido en paisaje.
Los argentinos vivimos pendientes –es decir, dependemos– de las promociones, los descuentos en efectivo, los precios mayoristas, la liquidación de stock …
Tal vez por eso usamos en general la palabra guita con desdén. Decir “guita” no es lo mismo que decir “plata”. Cuando decimos “plata” hablamos de algo serio, algo que tiene consecuencias en el futuro. Lo sabe nuestro Presidente cuando dice: “No hay plata”. La palabra “guita” en cambio menosprecia el valor de su destino. La guita es esa platita que hace falta para pagar las cuentitas, el precio absurdo de la caja de ravioles, el pago de las facturas que otra vez se van postergar. Evidentemente, en aquella conversación, tanto mi amigo como yo teníamos razón. Comparado con un joven español, el pibe argentino probablemente tenga algunos recursos más de cara al fin del mundo, pero sin dudas tendrá menos espacio mental para imaginar que ese mundo también podría ser distinto.
MDCC/VDM






