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Un «aguantátela» dicho a tiempo nos salva de ser unos boludos bárbaros

Los argentinos llevamos a la madre y a la patria en la boca, y Marisin se pregunta cómo será en otros lados. Pero, muy rápido, vuelve adonde pertenece.

Marisin Por Marisin
5 de julio de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
Un «aguantátela» dicho a tiempo nos salva de ser unos boludos bárbaros
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Mi papá, de chiquito, le pedía a su abuela, inmigrante italiana, que diga «caja» para escucharla decir «caca». Y a mí siempre me impactó el dato de que cuando nacemos venimos preparados para pronunciar prácticamente todos los sonidos del mundo, pero a medida que crecemos perdemos la memoria motora de esos movimientos finos —los de la lengua, los de la boca— porque la lengua materna nos va borrando lo que no necesita.

Me explico: así como un italiano no conoce la «j» porque no forma parte de su sistema fonético, o un yanki no pronuncia la «r» de una manera que a un hispanoparlante le parezca digna, nosotros no podemos hacer las vocales nasales del francés, porque nuestra lengua materna nos modifica el cuerpo: nos hace más eficientes para lo nuestro, pero nos vuelve sordos y torpes para lo ajeno.

Cuando aprendemos a hablar en español argentino perdemos la capacidad de decir la zeta —son todas eses las nuestras— y, digamos todo, tampoco diferenciamos fonéticamente demasiado la ve corta de la be larga. Nuestra primera marca de patria, en la boca.

Técnicamente, lengua e idioma son casi la misma cosa vista desde distinto ángulo: los lingüistas dirán que la lengua es el sistema de signos compartidos por una comunidad, desde el vocabulario y sus reglas hasta la pronunciación. La llamamos lengua española y la compartimos argentinos, españoles, mexicanos y ecuatoguineanos. Pero la cosa se pone interesante cuando esa lengua aterriza en un tiempo y un lugar concreto: ahí aparecen las variedades, los acentos, las palabras propias, ese sistema de valores e ideas que se pega a la manera en que hablamos.

Un catalán ni siquiera dice «te amo»

¿Cómo pensarán los alemanes? No me imagino a ninguno de ellos elucubrando en silencio alguna teoría bizarra sobre cualquier persona que le cae mal porque la cantidad de sílabas que tiene cada palabra convierte cualquier razonamiento, para un hispanohablante, en un soponcio.

O los ingleses, con ese vocabulario tan acotado para lo emocional que tienen… ¿Cómo elaborarán los duelos? ¿acaso hay una relación entre la lengua y el modo que se tiene de pensar la muerte? Porque seguro que la lengua está relacionada con el amor: el inglés no tiene grados de intensidades y hasta que no se ama no se dice ni un «te quiero», porque esa expresión no está en su lengua; y un catalán ni siquiera dice «te amo», porque no hay palabra que exprese ese sentimiento. Lo más cerca que tienen es un «t’estimo» que, traducido al significado que tiene para los hispanoparlantes la palabra «estimo», es un amor en estado larval: chiquito, tímido, sin el despliegue ni la mística de un «te amo» con todas las letras.

Hay muchas palabras que tenemos nosotros y que otros idiomas no, del mismo modo en que nosotros tenemos que darle mil vueltas a la hora de explicar ese sentimiento que pasa a veces, esa angustia espiritual profunda, esa melancolía que sentimos sin causa específica, esa cosa fugaz a la que no le podemos encontrar sentido, y que los rusos llaman, muy sueltos de cuerpo, «toska».

La forma en la que procesamos sentimientos y emociones se estructura también con la lengua materna, y nuestra educación emocional también depende de ella: crecemos aprendiendo sobre el amor, la tristeza o la vergüenza a través de un repertorio de palabras que nos ordena la cabeza y el corazón a los tumbos. (Y el momento vital en que vamos aprendiendo las palabras y las emociones que hay detrás también nos forma la personalidad temprana: un «aguantátela», o un «sos valiente» a tiempo nos salva de ser unos boludos bárbaros).

Crecemos aprendiendo sobre el amor, la tristeza o la vergüenza a través de un repertorio de palabras que nos ordena la cabeza y el corazón a los tumbos.

“La puta, que vale la pena estar vivo”

Decimos los más viejos -recordando a Alterio en Caballos Salvajes-, cuando queremos enfatizar la felicidad de un momento específico. Porque no es lo mismo atravesar la vida con la puteada justa que antecede al sentimiento a nombrar la alegría con un solemne silencio previo. O con un despliegue de metáforas en registro informal y tono humorístico que significan lo mismo con matices.

¿Será por eso que los argentinos vivimos con tanta intensidad? ¿Acaso tenemos un carácter nacional fruto de nuestra lengua? ¿Cómo interpreta la vida de diferente una sociedad que tiene escalas de efusividad para nombrar las cosas? Hay un código nacional que nos permite entender las diferencias entre «estoy para atrás», «ando bajón», «estoy hecho bolsa», «hecho mierda» o «para el orto». En todos los casos la persona «está mal» pero, como diría Panigassi, «una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa».

Si es cierto que existe la excepcionalidad argentina, antes que política o económica, es emotiva: tenemos una lengua entrenada para exagerar intensidades en el anonimato de nuestra cotidianidad, cosa que a veces se vuelve hechos de nuestra historia nacional.

Quizás por eso los Redondos de Ricota pueden ser mito solamente en Argentina, y la despedida al Indio Solari puede ser sentida sólo por quienes nos criamos con esta lengua. Porque el nivel de metáforas de sus letras, y el despliegue del sentimiento en la misa ricotera, pueden ser interpretados y puestos en palabras sólo por quienes saben combinarlas variado y bien.

La despedida al Indio Solari puede ser sentida sólo por quienes nos criamos con esta lengua.

El pueblo, la gente, la patria

«Che, boludo» dicen por igual un chileno o un español cuando los invitan a imitar el acento argentino. Son esas dos palabras —»che» y «boludo»—, dichas con un tono ligeramente italianizado de porteño de principios del siglo XX, las que definitivamente no son de ellos. Compartimos el idioma, sí, pero no esa manera de hacerlo sonar.

El «che» es una muletilla identitaria argentina de las más eficaces: en una sola sílaba llama al otro, marca confianza, tiene carga afectiva. Una especie de puntapié verbal que arma, en tiempo real, un pequeño territorio compartido entre quien habla y quien escucha.

Pero el «boludo» es, probablemente, mi palabra preferida. Porque vos podés mentir diciéndole (incluso) «amigo» a alguien, pero un argentino no miente cuando dice «boludo»: no usa esa palabra en un contexto de formalidad, pero tampoco con el cajero del supermercado. El «boludo» aparece cuando ya se cruzó cierto umbral de confianza, y es el código que antecede a la amistad. Si un argentino te trata de “boludo”, te está diciendo que está en condiciones de ser tu amigo. 

El «che» es una muletilla identitaria argentina de las más eficaces: en una sola sílaba llama al otro, marca confianza, tiene carga afectiva.

Hablando de amistades, la historia argentina también se puede leer como un catálogo de formas de decir «nosotros». No es lo mismo decir «compatriotas» (personas que pertenecen a la misma patria) que «los argentinos de bien» (una frontera moral entre personas que son parte de esa misma patria). No es lo mismo «pueblo» que «gente» (que sería «pueblo sin mística»), ni un «trabajador» que un «emprendedor» (que sería «trabajador sin empoderamiento colectivo»).

Si repasamos discursos, cadenas nacionales, comunicados, spots gubernamentales o contenidos digitales, vemos cómo la lengua va dibujando un mapa afectivo del país. Hubo décadas de «reconstrucción nacional», de «unidad», de «modelo», de «batalla cultural». Hoy es mainstream la gramática de enemigos, independientemente de las ideologías; incluso tenemos palabras y expresiones nuevas —o más bien, significantes recauchutados— como casta, mogólicos o zurdos que construyen adversarios.

Hoy es mainstream la gramática de enemigos, independientemente de las ideologías; incluso tenemos palabras y expresiones nuevas como casta, mogólicos o zurdos que construyen adversarios.

Pero Argentina tiene una historia tan dinámica como su lengua. Hijos de italianos, españoles, mapuches, guaraníes, árabes, bolivianos, paraguayos, peruanos, fuimos armando una lengua que no termina de pertenecerle a nadie y por eso es un poco de todos: un castellano que agita en el pogo, que desborda en la cancha, que organiza en la asamblea, que intensifica un chisme familiar.

Un país es, también, aquello de lo que se puede hablar sin que vuele todo por los aires. Si la palabra “derechos” pasa de ser conquista colectiva a mentira de cínicos, si “trabajador” se convierte en sinónimo de perdedor, y “pobre” en sinónimo de vago, no es solo el sentido lo que se degrada: es el vínculo. Es la posibilidad misma de reconocernos en el otro. Es, en definitiva, la fraternidad lo que empieza a resquebrajarse, y la patria se nos va achicando en la boca.

Podemos seguir haciendo pogo cuando cantamos el Himno, pero si el vocabulario compartido que históricamente nos hermanó se llena de desconfianza, el territorio simbólico que habitamos juntos se vuelve cada vez más pequeño, más frágil, más difícil de sostener.

Defender nuestra lengua es defender la excepcionalidad argentina, pero también es cuidar la comunidad que esas palabras hacen posible. Es sostener, incluso en el conflicto, un suelo común donde todavía podamos entendernos.

M/VDM

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Marisin

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Marisol De Ambrosio -Marisin, para los amigos- es comunicadora social y política digital. Pampeana, fan de Sandro y de Francisco. Vive en España y la pueden encontrar en instagram, @marisin.ok y en Youtube: youtube.com/marisin.

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