Tienen ganas, pero no tienen con quién. O tienen con quién, pero no tienen dónde. O tienen dónde, pero no tienen plata para una cena o un trago. Y en el medio, el miedo a que quede el chat guardado, a que se filtre la foto, a quedar como intensa. El sexo entre personas de entre 20 y los 30 se volvió tan complicado.
En esa franja etaria están los que todavía estudian y viven con sus padres, los que consiguieron su primer trabajo y están aprendiendo a mantenerse, y los que ya intentaron irse a vivir solos y descubrieron que con un sueldo no se llega. Esa es la bisagra. No es solo una cuestión de deseo, es que no hay resto material ni emocional para sostenerlo.
Todo arranca por Instagram. Esa es la primera coincidencia. Nadie encara en el boliche.
—Para mí los chamuyos hoy generalmente se dan por las redes porque la gente no está saliendo tanto como antes. Es un efecto de la pandemia que nos quedó —cuenta Regina, 25 años.
—Hoy una conversación arranca más que nada por Instagram, con alguien que quien tengas algún conocido o amigo en común. Siento que ya no es tan normal que alguien muy random aparezca — explica Florencia, 26 años.
El boliche murió como lugar de levante. Matías, 29 años, lo pone en crudo:
—En mi grupo de amigos nunca hicimos eso de salir de levante. Intentar conocer gente adentro del boliche, eso no. Desde mi perspectiva lo sentí siempre como muy tosco o forzado.
Y si Instagram es el único canal, el chamuyo se vuelve una curaduría.
—Ves a una pibita que te gustó, le mirás la cantidad de seguidores. Tiene 2.000, 2.500. Le hablan un montón de pibes. ¿Para qué le voy a hablar? Y si va al gimnasio, las barreras físicas crecen también. Decís «no, pero si va al gimnasio le gustan chabones más trabados» —desliza Matías.
Acá entra Sebastián, de 31 años, con un matiz:
—El chamuyo en persona sigue vivo pero más que nada en boliches donde la situación se presta. Sin embargo creo que es más habitual hoy bajarte una app como Tinder y empezar a intentar conocer gente desde ahí.
La huella digital
Primer paraguas: el miedo a que quede registre.
—Si queda registro de lo que dije hablando con alguien por redes, la verdad no me molesta. Sí es algo que me quedó muy instalado, el miedo a mandar fotos desnuda, porque cuando tenía 17, 18 años se filtraban fotos de chicas. Quedé muy traumada. Por eso no le mando a nadie. Hasta con mi novio le tengo respeto —reconoce Regina.
—A mí no me da vergüenza interactuar cara a cara, pero sí me da un poco de vergüenza el tema del registro de lo que charlé. Prefiero que no quede registro, que quede solamente un registro mental —suelta Vera, de 20 años.
Sebastián lo vive al revés:
— Sin duda me da más vergüenza encarar cara a cara a que quede registro de lo que dije. Intentar chamuyar digitalmente si te sale mal queda en un mensaje que quizá en dos semanas ni te acordás.
Florencia resume el desgaste:
—Este tema del chamuyo por redes lo hemos hablado con mis amigas y cada vez nos termina hartando más. No se siente genuino, entonces te saca todas las ganas.
El cuerpo y el lugar donde no entra
—Yo vivo sola en un departamento que alquilo y sale muy caro mantener. No quiero invitar a alguien a mi casa sin conocerlo previamente. Salir a tomar un trago puede implicar una comida que no se hago o un turno médico que no voy a poder pagar —cuenta Florencia. Y agrega:
—Chateás, chateás, un mes hablando, y después al final nos vemos y no nos podemos decir ni tres palabras y se enfría todo — agrega.
Coger “para cumplir»
— Para mí no hay que tener sexo por tener sexo, por decir estoy teniendo sexo seguido. Es lo mismo que no tener. Si estás con gente que ni siquiera te calienta, quedás más vacío que antes. Es preferible la intimidad de la masturbación, que es algo muy tabú hoy —plantea Regina.
— Me pasa que tengo ganas pero no tengo con quién. Y es por esto de no tener conexiones reales — reconoce Florencia.
Y aparece un dato que no esperaban: parejas jóvenes que no cogen.
— Me di cuenta que otras parejas, amigas de 22 años, pasaban dos meses sin tener sexo. Lo romantizaban tipo, bueno, él es atento conmigo, el sexo no es importante. Yo no lo logro entender — dice Regina.
Los miedos y la guita
— Me da miedo el rechazo y me da miedo quedar como intensa. Me dan miedo las enfermedades de transmisión sexual. Siento que hay mucha desinformación — admite Vera.
— Veo mucho con ellos cuando salgo a bailar, mucho de la ostentación y el vivir el ahora. Se suben a eso de «a pelo», se hizo una moda, se suben y se la mandan completamente inconscientes — observa Matías.
— La plata es bastante determinante a la hora de salir con alguien, por lo menos desde la perspectiva del hombre. Que tengas un auto con el que la puedas pasar a buscar, que invites vos lo que consuman, que estés viviendo solo. Todo eso suma — explica Sebastián.
— La plata influye mucho, muchísimo. Los pibes no tienen para el colectivo. Imagínate para pagar un telo. Una cena te sale un fangote. Y ni hablar de los preservativos que cada vez salen más caros y se consiguen menos de manera gratuita. Irte a vivir solo hoy es imposible. Yo vivo con mis papás porque un alquiler es equitativo a mi sueldo — remata Regina.
— Tomarte dos tragos con alguien puede ser una sesión de terapia. Y yo hago terapia y es una de las cosas que recontra priorizo para pagar — cierra Florencia.
No es falta de ganas. Es que entre la ganas y el acto hay que pasar por filtros que agotan. Y todos esos filtros, la plata, la casa, el cansancio, el miedo a quedar expuesta, ponen al sexo y al contacto físico en otro lugar. Ya no es prioritario.
Cuando todo cuesta, se prioriza lo que cuida. Los lugares seguros, los amigos, la casa donde no tenés que rendir, el plan que no te deja en rojo. El sexo pasó a segundo plano por agotamiento.
Y quizá por eso, como dice Regina, al final prefieren estar tranquilo que estar con cualquiera. No es que no quieran tener sexo. Es que para coger hoy hay que tener demasiadas cosas resueltas antes. Y hoy casi nadie las tiene.
LDC/VDM








