A nueve días del doblete sísmico que afectó a Venezuela, la cifra de muertos llegó ayer a 2.500, la mayoría en La Guaira, zona costera ubicada a 30 kilómetros de Caracas. Reportan, además, 11.200 heridos y habría unas 50.000 personas desaparecidas.
La noche en La Guaira se volvió un escenario lúgubre. Luces y linternas. El ruido de los martillos neumáticos. Ráfagas que huelen a cadáver. Quedó muy lejos ese pasado alegre de balneario sobre el mar Caribe. Hay barrios enteros arrasados por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5.

Mientras, familiares, amigos y voluntarios se esfuerzan para sacar cuerpos de entre los escombros, sin que se les apague la pequeña esperanza de sacar a alguien con vida. Este jueves ocurrió el milagro de Hernán Gil, un guardia de 43 años, a quien socorristas internacionales consiguieron rescatar en Playa Grande, un barrio de Catia La Mar después de 119 horas de operativo.
«Sándwich de losas»: ocho pisos en seis metros de escombros
Alumbradas por grandes linternas, una decena de personas excavan en una montaña de seis metros de alto formada por los escombros de un edificio de ocho pisos que se desmoronó como un «sándwich de losas», según la descripción de Manuel Alejos, que opera la grúa.
«Estamos sacando losas, picando las losas, losa por losa, para sacar los cadáveres. Sus familiares necesitan también recuperar su cuerpo para darle su despedida», explica este hombre que dice haber extraído siete fallecidos de ese edificio. Ángelo González, un mototaxista de 27 años, llega con agua y comida para repartir. «Ayudamos a nuestros hermanos. Todos tenemos la misma sangre», dice.
Decenas de personas esperan sentadas en sillas de plástico alrededor del puerto de La Guaira, donde se instaló una morgue improvisada. Owuar Herrera y doce de sus familiares han estado esperando desde las cinco de la tarde. Este hombre llevó el cadáver de su nieta Dasleidy Herrera, una niña de diez años que fue hallada junto a su abuela, Mildred Moreno, de 50. Al cabo de una semana, «las encontramos, estaban abrazadas», rememora mientras espera las actas de defunción para poder llevarse los cuerpos y hacer una misa.
En Caraballeda, otra de las zonas duramente afectadas, no queda más que un montón de piedras de lo que fue el elegante edificio Coral Beach. Encima de los escombros, un grupo de hombres busca el cuerpo de Dennis Velásquez, de 26 años, hijo de un amigo. Sobre los restos de metal del edificio han sido colocadas botellas plásticas para evitar que causen heridas. Los voluntarios trabajan como hormigas, pasándose de mano en mano cubos llenos de escombros.
«Pasamos el Penthouse, el piso 12, en el 11 sacamos una familia de seis con un niño de 6 años, y ahora (estamos) en el décimo», señala Carlos Velásquez. «Queremos encontrar a mi hijo. Desde el día cero estoy aquí para sacar el cuerpo de mi hijo. Si tengo que sacarlo con las uñas, lo sacaré. Mi hijo va a descansar en un cementerio digno», asegura con la mirada triste.
«Entre más pase el tiempo, van disminuyendo las esperanzas. De hecho, todavía hasta hace dos días, digamos que la esperanza era mucho más alta. Y actualmente, pues, ya sabemos que sería raro, sería un milagro», explica un rescatista.
Policías y militares patrullan para evitar saqueos. El sargento Yonder Maita, de 24 años, custodia a los rescatistas, pero principalmente quiere impedir los robos. «Hay gente que se mete en las casas, en los edificios para robar. Se aprovechan», advierte.
En las fachadas de las casas que aún están en pie hay graffittis que dicen «Ya nos saquearon». En una cancha de fútbol, María Arteaga, de 33 años y madre de cuatro niños, se prepara para dormir en un refugio improvisado bajo un toldo. Nueve personas pasarán la noche en colchones sucios encontrados en la calle. «Es muy difícil. Perdimos la casa, todo. Todo lo perdimos, menos la vida, gracias a Dios», exclama la mujer.
«Casi no teníamos nada y ahora lo perdimos todo», comenta su vecino Alexis Ramírez, de 25 años, quien trabajaba en un taller de neumáticos. Está junto con su hija Mía, de dos años, su esposa Fabiola, embarazada de siete meses, y su suegra. ¿Teme convertirse en una persona sin hogar? ¿Le dan miedo las réplicas del sismo? ¿Le tiene miedo a los ladrones? «Perdimos el miedo», responde.
Los niños tienen más chances de ser hallados con vida
A pesar del paso de los días, los rescatistas no descartan encontrar más sobrevivientes, sobre todo niños, que son los que tienen mejores condiciones físicas para sobrellevar situaciones así. “No perdemos las esperanzas”, sostienen. La literatura indica que hasta el día 9 hay mayores chances. Vicente Bosnia, que llegó desde Chile, dijo que “los rescates tardíos pueden llegar al día 9. Todavía hay esperanzas. Depende de las condiciones, los lugares. Los niños duran harto (mucho tiempo). En México, después de un terremoto y muchos días de búsqueda rescataron harto niños. Por lo tanto la esperanza sigue, vamos a seguir trabajando”.

Ayer, un equipo de rescatistas de Jordania logró sacar con vida a un nene de tres años. Klieber Moran estaba en el edificio Los Corales Garden 1, en el estado de La Guaira, donde pasó seis días aprisionado por los escombros.
Lo confirmó la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, en un mensaje difundido por Telegram. La tía del nene, Andreína Sarmiento, de 23 años, habló con BBC y dijo que de Kleiber «con el cariño de una madre hasta que aparezca mi hermana, que es lo que tanto anhelamos». «Le pido mucho a Dios que me dé fuerzas, porque él tiene solo dos años y yo no soy madre», agregó.
El rescatista Bosnia dijo en una nota con C5N que “los niños tienen más grasa y más capacidad de tener energía por más tiempo”. Y sostuvo: “Hay posibilidades todavía”.
CDB / VDM con información de AFP






