Fue inteligente y hábil la estrategia del gobierno de Javier Milei para salir del rincón.
La secuencia incluyó diez días de aislamiento en Olivos, ola de especulaciones sobre su salud, una salida al mundo exterior errática y a puro insulto, discursos y tuits en su pico máximo de desconocimiento de la realidad y falta de empatía. Este coctel, junto al deterioro de la situación económica, puso al presidente en una posición de debilidad. Después de días en los que quedó expuesto más que nunca que la que lleva adelante la gestión es Karina y no Javier, el libertario se puso en el centro de la escena en cadena nacional bajo los lineamientos comunicacionales de Santiago Caputo.
Hay un hilo rojo detrás de la maniobra oficial. Un trapo escrito por un anónimo en una sábana de hotel. Una Mundial. Una sociedad que hizo el link inmediato tras los goles a los ingleses y logró frenar la venta de tierras a extranjeros que promovía el gobierno que hoy sale a sobreactuar soberanía.

Donald Trump, en un movimiento de las piezas de sus intereses del tablero internacional, dijo en una declaración de menos de cuatro segundos que EE.UU. podría cambiar su postura de neutralidad en el diferendo entre Gran Bretaña y la Argentina por las islas Malvinas. Ni lerdos ni perezosos, los Milei y el Mago del Kremlin -quien viene con sus acciones a la baja en la interna libertaria- vieron la ventana para torcer la agenda y salir de la defensiva en la que se encontraban. El anuncio de la cadena nacional se hizo con dos días de anticipación. Generó expectativa, revuelo, especulaciones y repercusiones post discurso.
Días antes de hablarle a todo el país sobre su maquillado reclamo de soberanía de Malvinas, Milei estuvo en Chile donde reivindicó nada más ni nada menos al dictador Pinochet tras elogiar “el derrocamiento del comunista Allende”. El presidente habló en el Foro Madrid, una reunión de la ultraderecha en Santiago de Chile, donde celebró el golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet, quien supo colaborar en secreto con Reino Unido durante la guerra.
Pero no solo eso, Milei tampoco se refirió durante su paso por Chile a la firma de un contrato entre la Corporación de Desarrollo de Islas Malvinas y la naviera chilena Easter Island para establecer una nueva vía comercial marítima entre la ciudad chilena Punta Arenas y Puerto Argentino, en las Islas Malvinas, asunto que ya encendió las alarmas a ambos lados de la cordillera.
Sin embargo, sin ponerse colorado, con gesto adusto y tono serio, rodeado por sus ministros en el Salón Blanco, Javier Milei dio un giro de 180 grados en su posición sobre Malvinas y sobreactuó un sentimiento nacional que nunca tuvo. «Los isleños son población implantada, no tienen derecho a la autodeterminación, cualquier referendo es inválido», lanzó. El archivo reciente lo fulmina. El 2 de abril de 2025, en el acto oficial con granaderos a sus espaldas dijo: “Anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros y prefieran ser argentinos”. Aquellos dichos generaron rechazo por doquier. Implicaban ir completamente en contra de la posición histórica de la Argentina y alinearse con el planteo de los británicos. Darle voz y voto a los ocupantes de un territorio usurpado.

El pragmatismo de Milei salió a la cancha una vez más. Vale mentir, sobreactuar posiciones y tergiversar con tal de ganar el partido que se juega en 2027. Pero usar la causa Malvinas sin resultados concretos para recuperarlas es pan para hoy y hambre para mañana. Lo hizo Galtieri, lo hizo Menem, lo hace ahora Milei.
Es una trampa
Pedir «bajar las armas» a la oposición y unirse bajo el reclamo de soberanía le queda incómodo al Milei que hasta hace dos minutos atrás y como será en los dos minutos próximos, califica de mierdas humanas a todo aquel que deslice una mínima crítica. Por eso el anuncio y las medidas sobre Malvinas son una trampa. Y porque eminentemente es una causa que unifica y porque lo anunciado ya estaba contemplado en una ley aprobada en 2011 (26.659) y que el gobierno incumplía. Porque la construcción de la base naval Integrada de Ushuaia había empezado a ejecutarse en 2022 y el gobierno de Milei la frenó ni bien asumió en 2023. Porque Sea Lion ya había comenzado con sus operaciones de exploración en 2025 sin que el gobierno argentino dijera una sola palabra, ni aplicara sanción alguna. Fue en diciembre de ese año que las firmas Rockhopper y Navitas anunciaron la decisión final de inversión para desarrollar la primera fase del proyecto petrolero en la Cuenca Malvinas Norte. Pero recién ahora para el gobierno esta incursión sobre nuestros recursos naturales es un «amenaza inminente».
Humo
Milei prometió modificar la Ley 26.659 para endurecer las sanciones contra las compañías que participen de actividades hidrocarburíferas sin autorización argentina. Pero la legislación vigente ya contempla penas severas, multas, inhabilitaciones, suspensión de actividades y sanciones a las personas jurídicas. Así y todo, el presidente no hizo nada hasta el momento. Ahora anunció que va a firmar un decreto para que se aplique una ley vigente. Es decir, que lo que Milei presentó como una nueva ofensiva de soberanía se apoya en herramientas jurídicas que el Estado argentino ya tenía a disposición, antes de la cadena nacional.
La otra pata del anuncio fue la creación de un Consejo de Seguridad Nacional destinado, supuestamente, a definir una política transversal de seguridad y a establecer un marco para la protección de infraestructura crítica. Esto incluye un proyecto de ley de “Defensa de la Soberanía Nacional”. Humo sobre el agua, diría la Deep Purple.
Por si hay algún distraído por ahí, vale decir que tres años de un proceso de desmalvinización y de retroceso no se revierten con un repentino giro discursivo. La recuperación de la soberanía sobre las islas debe ser una política de Estado de largo plazo que requiere diplomacia, estrategia internacional, capacidad, desarrollo económico, presencia efectiva en el Atlántico Sur y una política coherente que sobreviva a los cambios electorales.
Por el contrario, lo que hizo Milei -admirador confeso de Margaret Thatcher- fue convertir una disputa histórica en una puesta en escena para recuperar centralidad política. Efectivamente le funcionó en un primer movimiento. Durante unas horas consiguió que la conversación dejara de girar alrededor de los problemas económicos, la interna y sus insultos que ya no le reditúan como antes. Pero el propio gobierno lo sabe. Si bien fue una jugada comunicacional inteligente para salir del rincón, en tanto y en cuanto no mejore la economía de las y los argentinos que salen a trabajar todos los días, usar la causa Malvinas puede servir solo por un rato.

Claro que se celebra siempre que cualquier gobierno defienda la causa Malvinas, aunque se acuerde tarde y por motivaciones oportunistas. Pero la verdad de la milanesa se va a ver más adelante. Si las sanciones efectivamente se van a aplicar. Si las empresas involucradas en Sea Lion encuentran obstáculos concretos para operar en la Argentina o tendrán vía libre como hasta ahora. Si el proyecto de ley consigue convertirse en una norma efectiva y sirve para algo de verdad. Si la Base Naval Integrada avanza con presupuesto y obras reales. Si la diplomacia argentina consigue algo más que declaraciones aisladas.
Y, sobre todo, si esta supuesta nueva postura sobre Malvinas sobrevive cuando la coyuntura electoral deje de necesitarla.
SC










