Como pocas veces en la historia, las elecciones de medio término de EE.UU. fueron vitales para América Latina. Había tres escenarios posibles. El tercero, que los demócratas se quedaran con las dos cámaras, era el peor para Donald Trump. Es exactamente lo que ocurrió. Pero lo que pocos imaginaban era la magnitud de la derrota de Trump y los republicanos. No fue una corrección de rumbo, como suele pasarle al partido de gobierno en estas elecciones. Fue una paliza que abrió una etapa política totalmente nuevas en Estados Unidos. La derrota republicana, una de las más contundentes de las últimas décadas, frena la ofensiva conservadora en Washington, abre una ventana para América Latina y deja al gobierno argentino aislado y débil, justo cuando la economía cruje
Por qué perdió
La encuesta a votantes de la agencia AP, con unos 80.000 casos, da algunas pistas. Seis de cada diez desaprueban a Trump y una proporción similar cree que antepone sus intereses personales a los del país. Cuatro de cada diez fueron a votar expresamente para oponerse a él, contra menos de dos de cada diez que lo hicieron para respaldarlo. La economía y el estado de la democracia encabezan las preocupaciones, y la mitad del electorado consideró decisivos la corrupción y el costo de vida, por encima de la inmigración o de la guerra con Irán. El día de la elección la nafta promedió 4,15 dólares por galón, el precio más alto registrado en una jornada electoral. La guerra se pagó en el surtidor.
Hay un dato especialmente relevante. Los jóvenes, que en 2024 se habían repartido entre Trump y Kamala Harris, votaron esta vez a los demócratas en una proporción de siete a tres. Y los latinos, que hace dos años le habían dado a Trump cerca del 40% de sus votos, ahora apoyaron a los republicanos apenas en un tercio. Siete de cada diez dicen que sus políticas empeoraron la economía. Todo indica que las deportaciones masivas, la militarización de la ICE y el maltrato a los migrantes tuvieron un costo electoral.
Conviene no perder de vista el contexto. En Jacobin América Latina sostuvimos recientemente que estas iban a ser las elecciones menos democráticas en décadas. No porque se suspendieran, sino por la acumulación de financiamiento corporativo sin límites, rediseño de distritos a medida, restricciones al voto y despliegue de fuerzas federales. Propusimos hablar de un «autoritarismo competitivo plutocrático». La cancha estaba inclinada y aun así el oficialismo perdió. Elon Musk, que invirtió más de 450 millones de dólares para financiar a sus candidatos, fue otro de los grandes perdedores, junto a Trump. Eso dice mucho del hartazgo social, pero no debería llevarnos a pensar que la democracia estadounidense se curó sola. Las reglas de juego siguen ahí, y también el poder del dinero en la política.
Un pato rengo con garrote
Estamos ante el inicio del final del trumpismo. Lo sostenemos, con un matiz. Trump llegará a enero de 2027 convertido en un pato rengo, como se conoce a los presidentes que entran en los últimos dos años de gobierno sin poder ir por un mandato más, lo cual está prohibido por una enmienda constitucional. Con un Congreso sólidamente opositor pierde la iniciativa legislativa y queda expuesto a comisiones investigadoras.
Pero un presidente debilitado no es un presidente inofensivo. Trump conserva el poder de veto (el lunes declaró que sería “Mr. Veto”) y amplias facultades en política exterior, comercial y militar, y es probable que las use con más intensidad para compensar su debilidad interna. Lo vimos en el último año. El garrote reemplaza a la zanahoria porque la zanahoria escasea. Esa es la lógica del corolario Trump de la doctrina Monroe: ante el declive relativo, recurrir a la coerción para retener el patio trasero. Esta derrota electoral y política frena la ofensiva conservadora, pero también acelera el declive hegemónico de Estados Unidos. Una potencia en retroceso suele volverse más peligrosa, no menos.
Tampoco hay que idealizar a los demócratas. La vocación de dominio hemisférico es bipartidaria y buena parte de la dirigencia demócrata comparte el objetivo de desplazar a China de la región. Lo que cambia es el margen. Un Congreso opositor puede votar resoluciones sobre poderes de guerra frente a una eventual escalada contra Cuba, que hasta ahora fueron bloqueadas, revisar los acuerdos comerciales y pedir explicaciones por el salvataje a la Argentina.

Una derrota de proporciones
Los números son elocuentes. Los demócratas tienen asegurado el Senado con 54 bancas contra 44, y quedan dos estados sin definir. Le arrebataron siete bancas a los republicanos: Texas, Ohio, Kansas, Iowa, Maine y las dos Carolinas. James Talarico será el primer senador demócrata por Texas desde 1988, y en Kansas no ganaba un demócrata desde 1932. En Carolina del Sur, que Trump había ganado por 18 puntos hace dos años, cayó la senadora Darline Graham.
En la Cámara de Representantes, con 60 distritos todavía en conteo, los demócratas ya suman 231 bancas, y la estimación de NBC News los ubica en torno a las 258 cuando termine el escrutinio, superando por 80 escaños a los republicanos, que hasta ahora tenían una ajustada mayoría. Podría ser su mejor resultado desde comienzos de los años noventa. En términos de porcentaje de votos, y una diferencia entre ambos partidos tan holgada, habría que remontarse a los años setenta. También perdieron los republicanos en gobernaciones emblemáticas: Gina Hinojosa le ganó a Greg Abbott en Texas, Amy Acton a Vivek Ramaswamy en Ohio y Keisha Lance Bottoms se convirtió en la primera mujer negra electa para gobernar Georgia.
Hubo además novedades por izquierda. En Michigan, Abdul El-Sayed, respaldado por los socialistas democráticos Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, le ganó al republicano Mike Rogers y será el primer senador musulmán de la historia del país. Trump lo había llamado «yihadista». Siete candidatos de los Socialistas Democráticos de América (DSA) llegaron a la Cámara, entre ellos Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib, y la neoyorquina Darializa Avila Chevalier y la coloradense Melat Kiros, que en las primarias habían derrotado a legisladores del aparato demócrata. La interna demócrata rumbo a 2028 también se reconfigura.
Quedan dos senadurías abiertas, y ninguna es un detalle. En Mississippi, el demócrata Scott Colom aventaja a Cindy Hyde-Smith por 1.138 votos, con unos 3.600 votos por correo pendientes. Si se confirma esta tendencia sería otro batacazo. En Alaska, Mary Peltola encabeza por 626 votos con más del 98% de las mesas escrutadas, y el desenlace se conocerá recién el 18 de noviembre, cuando se cuenten las segundas preferencias. Es la misma Alaska donde el Departamento de Justicia intentó frenar la certificación si perdía el candidato republicano. El reporto en el Senado quedaría 56 a 44, con una robusta mayoría demócrata.
La reacción de Trump fue la previsible. Primero escribió que él no estaba en la boleta y que, de haber estado, los republicanos habrían ganado «por paliza». Después culpó a los candidatos y terminó admitiendo que los demócratas «hicieron un buen trabajo». Durante semanas había pedido a sus votantes que se imaginaran que su nombre estaba en la boleta. Le hicieron caso, y por eso la elección funcionó como un plebiscito sobre su gestión.
Crujidos en la coalición trumpista
La derrota abrió de inmediato la pelea por la sucesión rumbo a 2028, y con una velocidad que sorprendió. Al día siguiente de la elección, el vicepresidente J. D. Vance, que al comienzo se había opuesto a la guerra con Irán, escribió en X que «todos saben por qué perdimos» y que «la razón por la que perdimos es la guerra». Desafió a quienes la defienden a explicar si valió la pena «perder el Senado por seis años». Trump le respondió que su análisis era «en gran parte cierto», pero que la derrota se debió «al precio, no a la guerra». Dijo que volvería a tomar la misma decisión, y sobre las aspiraciones presidenciales de su vice deslizó: «Quizás no se presente. No sé quién se va a presentar».
One of the things the data analysts on our side obsessed over was «composition»—whether the electorate looked close enough to 2024 for Republicans to win. And despite polls that showed a Democrat blowout, the data kept on telling us the same story: in some states turnout was merely OK, in other states it was downright amazing, and in no state was it catastrophic. There was a genuine sense of optimism on our team: our people were showing up.
So, I asked the smartest data guy I know, does that mean we’re going to shock the world? «No,» he told me. «We might do better than the polls suggest. But the data is telling us that a lot of Trump/Vance 2024 voters are pissed and planning to vote for the other guys. Our voters are turning out, but they may not vote for us.»
Well, that looks prophetic now. Our voters did show up. In Florida, for example, the electorate was 9 points more Republican than Democrat, just a couple points worse than 2024. Undoubtedly there were places we could have done better on turnout. But the main problem is not turnout. The main problem is that many people who voted for Trump/Vance in 2024 voted for Democrats in 2026.
There will be a lot of infighting and arguing over what happened and why that is. One of the pollsters I really respect told me that our economic messaging wasn’t sharp enough down the stretch. I’m sure that’s true.
But the real reason we lost is obvious to almost everyone.
Another pollster—one of the smartest people I know in politics, told me yesterday we’d lose the generic ballot by 13 points. I felt negative going into Tuesday, but even I was shocked by this. In his polling, he saw that a lot of Trump 2024 voters were angry and planning to vote for Democrats. He asked those voters who had abandoned us what would cause them to come back on our team. The top four answers, accounting for nearly all of the responses were:
1) End the war
2) Focus on cost of living/inflation
3) Put America First
4) Change our relationship to IsraelOur voters showed up. And the above four reasons are why many of them voted for Democrats. This is according to a pollster who nailed the results. While many spent Monday attacking Rachel Campos Duffy for calling for a diplomatic resolution to the conflict, it turns out her political advice was sound. (She’s also a great person.)
In the next few months, there’s going to be a lot of gaslighting. Expect to hear any number of establishment politicians say the solution to our woes is amnesty. I’m open to the idea that we should change enforcement—by focusing more on businesses that hire illegal labor, for instance. But anyone pushing amnesty is lying to you.
The reason we lost is the war. The president himself said so last night.
If you’d like to argue it was worth it, that losing the Senate for the next 6 years was worth it, then do so. Argue it was a worthwhile cost to pay. Agree or disagree, that’s at least honest.
But everyone knows why we lost. And any honest conversation about where we go from here must start there.
I remain hopeful about our country. To the people who are pissed off and want to say, “I told you so”: you’re right, you did tell us so. Take that energy into electing Republicans who share your worldview. To the people who are just pissed at the results, you should be. Let’s take that anger and get back to the work of saving our country.
— JD Vance (@JDVance) November 4, 2026
Ron DeSantis, el gobernador de Florida que compitió en la interna republicana con Trump por la candidatura en 2024, fue todavía más gráfico. Definió el resultado como «el equivalente político de un meteorito que impactó en todo Estados Unidos», admitió que «la mayoría no pensaba que sería tan malo» y advirtió que el impacto se sentirá «dos, cuatro, seis años, quizás más». Habló de algo «cercano a un evento de extinción» para su partido. No nombró a Trump, pero leyó la derrota como un rechazo a «los republicanos en Washington» y reivindicó a Florida como la excepción.
Rumores sobre Rubio, el arquitecto de la ofensiva regional
La novedad más relevante para nuestra región llegó este jueves. Según Bloomberg, Marco Rubio evalúa dejar sus cargos de secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, y ya lo conversó con funcionarios de la Casa Blanca, que le pidieron que se quede. El Departamento de Estado lo desmintió de manera tajante y habló de «noticias completamente falsas basadas en fuentes anónimas». Pero el solo hecho de que circule el rumor es significativo. Rubio es, junto con Vance, uno de los presidenciables republicanos para 2028, y es también el principal operador de la ofensiva sobre América Latina, de Caracas a La Habana y de Tegucigalpa a Buenos Aires. Si se fuera, o si quedara condicionado por su propia carrera, la política hemisférica de Washington perdería a su arquitecto más obstinado.
América Latina: cambia el viento
El resultado se suma a otros reveses de la ultraderecha global en apenas dos semanas. Lula derrotó a Flávio Bolsonaro en Brasil y Netanyahu se quedó sin mayoría para formar gobierno en Israel. Fueron dos golpes para las ultraderechas latinoamericanas, y ahora llega el tercero, el más importante. La red que articulaban Washington, la CPAC y sus satélites regionales se debilita de golpe.
Las reacciones de los gobiernos son elocuentes, sobre todo por los silencios. Claudia Sheinbaum dijo que el resultado «muestra un sentimiento del pueblo estadounidense», aclaró que México negocia con el gobierno y no con el Congreso, y celebró los triunfos de los gobernadores de origen mexicano en California y Texas (Bloomberg Línea). El expresidente colombiano Gustavo Petro festejó. Del otro lado, según un relevamiento del DDIA, Milei, Daniel Noboa, José Antonio Kast y Abelardo de la Espriella no dijeron nada. Los aliados más fervorosos del trumpismo prefirieron guardar silencio.
Esto no resuelve los problemas de la región, ni mucho menos. El «Escudo de las Américas», el bloqueo energético contra Cuba, la presión sobre México y la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro en enero siguen vigentes. Pero el escenario externo es otro. Gobiernos como los de Brasil, México y Colombia ganan margen de maniobra. La pregunta sigue abierta: si América Latina va a aprovechar esta ventana para coordinar posiciones o la va a dejar pasar, como tantas otras veces.
Milei, huérfano
Ningún gobierno de la región apostó tanto a una sola carta como el de Javier Milei. El salvataje de 20.000 millones de dólares del Tesoro, que el propio Trump condicionó al resultado de las legislativas argentinas de 2025, un acuerdo comercial asimétrico, el ingreso de tropas estadounidenses por decreto y veinte viajes a Estados Unidos. En el portal Tektónikos recordamos su discurso en Washington del 14 de octubre, cuando prometió no ceder «ni un milímetro» en la «reconquista del hemisferio». Hoy esa reconquista luce bastante más lejana. La derrota de Trump deja a Milei en una cada vez más ostensible orfandad política.
El gobierno eligió minimizar. Luis Caputo dijo que el resultado «era lo esperado, quizás no por tanto» y que «no va a cambiar la relación». Los mercados no parecen tan convencidos. Este jueves el riesgo país superó los 900 puntos, su nivel más alto en más de un año, y ya duplica el de hace cuatro meses. Influyen también la guerra en Ormuz y el freno de la actividad, es cierto, pero el dato de fondo es otro: el respaldo de Washington, que era el principal activo político del gobierno, pasó a valer menos.
Lo habíamos advertido antes de la votación: con un Congreso demócrata, a Scott Bessent «le va a quedar menos muñeca» para un nuevo auxilio. Y es probable que los demócratas, que criticaron el salvataje, quieran saber en qué se usó la plata de los contribuyentes estadounidenses. Hay otro efecto, más sutil. El círculo rojo argentino, que sostuvo a Milei mientras garantizaba el alineamiento y el respaldo externo, puede empezar a buscar un candidato «más digerible» para 2027.
Mientras tanto, la Casa Rosada sigue esperando la visita del vicepresidente J. D. Vance, prevista para este mes, con la que Washington buscaba convertir el alineamiento personal de Milei en compromisos de Estado. Vance llegaría ahora como vocero de un gobierno que acaba de perder el Congreso y, a la vez, como un precandidato que empezó a tomar distancia de su propio jefe. Habrá que ver si el gobierno argentino acelera las concesiones para asegurarse lo que queda del favor de la Casa Blanca, o si toma nota de que atar el destino de un país a la suerte de un presidente extranjero es siempre una mala apuesta.

Una ventana, no un final
La ola azul no termina con el trumpismo ni con la ofensiva de Estados Unidos sobre la región, que tiene raíces más profundas que un liderazgo personal. Pero cambia la correlación de fuerzas. Debilita a los gobiernos que hicieron de la subordinación una política de Estado y les da aire a los que buscan mayor autonomía. Para la Argentina, la lección debería ser clara. Hace un año, en plena campaña legislativa, escribimos que el dilema volvía a ser «Patria o colonia». La alternativa sigue vigente, pero el viento empieza a soplar en otra dirección. Hoy, a la luz de las derrotas de Bolsonaro y Trump, y de la crisis en Paraguay y la salida de Santiago Peña, aliado de Milei y alineado con Estados Unidos, se abren esperanzas para la oposición a Milei, y para todas las fuerzas del campo nacional y popular, progresista y de izquierda que cuestionan la sumisión neocolonial del actual inquilino de la Casa Rosada.
LM/SC










