Mientras Cautiva, la serie de protagonizada por Lorena Vega y Carolina Kopelioff , devuelve la imagen del convento como castigo, una monja de La Carlota reza el rosario en Instagram.
La ficción está inspirada en el caso de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá a partir de la denuncia de Silvia Albarenque en 2016 por abusos, torturas y privación de la libertad en el Monasterio de la Preciosísima Sangre. Un drama que pone en circulación una idea muy vieja: monja es igual a encierro.
Yo venía siguiendo en redes a otra monja. Nada que ver.
Josefina Cattaneo tiene 31 años, es de Buenos Aires pero vive en La Carlota, Córdoba, en un colegio. No en un monasterio. Es Mercedaria del Niño Jesús, una congregación de vida activa fundada en 1887. Josefina ofrece educación religiosa en el secundario y en el profesorado, coordina la pastoral de dos escuelas, estudia Comunicación Digital y, en pandemia abrió sus perfiles en TikTok e Instagram. Es @joseecattaneo
La entrevisté por Zoom. Se cortaba un poco. Cuando le pregunté por Cautiva me ordenó toda la nota:
—No vi la serie. Acá vemos algo los viernes o sábados para distendernos, no algo religioso. Sí me llegaron comentarios del tipo ¿por qué no hacen un posteo de Cautiva? y el otro, más incómodo: ¿A vos no te pasa nada de eso?

Y ahí empiezan las diferencias.
Una Carmelita Descalza de clausura no es lo mismo que una Mercedaria del Niño Jesús de vida activa. No es el mismo carisma, ni el mismo fundador, ni la misma regla.
—El personaje responde al Concilio de Trento. Es previo al Concilio Vaticano II, que es la gran actualización de la Iglesia que empieza con Juan XXIII y cierra Pablo VI, donde se revisan un montón de prácticas. Hasta ese momento el cilicio y otras prácticas de sacrificio extremo eran comunes en algunos sectores. Esto no lo justifica, pero explica de qué época y de qué formación viene esa mirada.
No habla del expediente. Habla de su vida para que se entienda que no todo es intercambiable.
—Cada congregación tiene su estilo propio. Es como cada familia. Hay un montón de familias en la sociedad, pero cada familia tiene su modo de ser familia. No podés ver a una hermana y pensar que le pasa lo mismo que a otra.
Le pido que me cuente un día de su vida.
— Nos despertamos y tenemos laudes, la oración de la mañana en la Liturgia de Las Horas, que es una de las tres horas mayores junto con las Vísperas y las completas. A las 10, mates. A las 14:30, almuerzo. A las 17, Vísperas. A las 19:30, misa. A las 20:30, cena. Eso es lo que se mantiene. Después ningún día es igual. Estoy esperando el momento de aburrirme.
En el medio: clases, viajes a Arroyito, un grupo de niños y jóvenes que vienen a jugar, a conocer a Jesús, a enloquecer un poco, recreos donde juega a la mancha y la llenan de tatuajes de mentira, y correr. Ahora tiene un esquince porque corrió un «10k».
—Entré a los 18, no para quedarme para siempre, sino para sacarme la duda de encima. No sabía rezar el rosario. No tenía perfil de monja. Me gustaba el atletismo, salir de joda con amigas. Los primeros años buscaba motivos para irme. Nunca fueron lo suficiente como para decir esto no es lo mío.

Y entonces, la pandemia.
—Salíamos a comprar y no hablábamos ni entre los que estábamos en un kiosco por el barbijo y la distancia. Dije, ¿por qué no anunciar a Jesús en las redes? Lo recé un mes. Me bajé TikTok e Instagram. Pensé que era solo para ese momento.
No fue solo para ese momento.
El algoritmo le dio lo mejor y lo peor. Por un lado, 300 personas en un rosario en vivo. Por el otro, odio, hipersexualización y el comentario interno de la propia Iglesia más tradicionalista: “Vanidosa, andá a rezar”.
Un día cerró todo. Un año sin redes.
—Me empezó a afectar. No quería sacarme ni una foto, me ponía roja y no podía grabar. Grabar un video me llevaba una hora y era insostenible porque yo no vivo para las redes. La gente le preguntaba a mi superiora si me habían hecho cerrar. No, era que yo no podía.
Volvió distinta.
—Ahora me siento libre. Si a alguien no le gusta, que vaya a otro perfil. Que digan lo que quieran de mí.
No bloquea al que la manda a rezar. Bloquea al que se desubica.
—Me llegan mensajes en orden a lo sexual, fotos, videos. Cuando insisten, sí los bloqueo. Intento cuidar mi vida consagrada.
Le pregunto por los jóvenes que ve todos los días.
—Viven mucha soledad. Se encuentran con adultos que no sonríen, que no los saludan, que se viven quejando. ¿Qué les estamos mostrando a los jóvenes para que vivir valga la pena? No hablo de papá y mamá, hablo de un lugar seguro al que ir, al que volver. Alguien que los espera con una sonrisa, que los está esperando con la comida. Lo que más necesitan es que alguien los ame en serio, gratuitamente y bien. Cuando tu propia vida no es digna de mirar, mirás la vida de los otros. Vivimos como robots, como que el más capo es el que no siente. Y sin amor no podemos vivir
Cautiva nos devuelve la monja como víctima o victimaria, siempre encerrada. El algoritmo nos devuelve a la hermana Josefina como productora de contenido. Las dos son trampas.
En el medio hay una mujer de 31 años que corre y sufrí un esguince, que toma mates a las 10 y que elige todos los días quedarse. No porque no quiera casarse o tener hijos.
—No es que no quiero. Es que elegí esto – dice Josefina.
LDC/VDM









