En una cultura marcada por la aceleración, el aburrimiento y la espera se vuelven experiencias incómodas. ¿Qué pasa con el tiempo en momentos de hiperconexión?, ¿Por qué sentimos que el tiempo no nos alcanza? De eso se trata el primer episodio del ciclo de entrevistas conducidas por Jose Amore que lanza La Pluma en su canal de Youtube, @laplumaok. Podés ver la entrevista clickeando aquí (o seguir leyendo, como prefieras).
El doctor en Ciencias Biológicas, profesor de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet, Diego Golombek, habla de “pobreza de tiempo” y resalta las consecuencias que las tecnologías tienen en la vida cotidiana. “Las pantallas engordan”, lanza y abre el debate.
Golombek explica que la estimación del tiempo depende de cuánta información reciba una persona. “Todo el tiempo el cerebro está siendo bombardeado, el cuerpo, los sentidos. A eso nuestros relojes internos lo procesan como que todo está yendo rapidísimo. La multitarea, el multiempleo, el hacer varias cosas al mismo tiempo, el estar escuchando noticias mientras estás escribiendo algo. Todo eso acelera el tiempo y nos parece que es algo normal. Y no, de normal no tiene nada”.
Una nueva: el «jet lag» social
El investigador, que es autor del libro “Abecedario del Sueño” (Siglo XXI), trabaja sobre un concepto que llama “jet lag social”, que es parecido al desfasaje en los horarios que generan los viajes, pero sin moverse de la propia casa. “Cuando el horario biológico – un reloj que todos tenemos en el cerebro, el reloj circadiano– difiere del horario social, eso se llama jet lag social. Entonces, tu reloj biológico dice que te querés levantar a las 8 de la mañana, pero tu alarma está puesta a las 6 porque sino no llegás al laburo, tenés un desfasaje entre lo que tu cuerpo necesita o quisiera hacer y lo que la sociedad impone”, explica.
Según sus cálculos, el jet lag social en Argentina es de dos horas. “Nuestro reloj biológico está más o menos dos horas desfasado de lo que impone la sociedad. Y eso implica que no rendís bien, que te enfermas más, que estás de mal humor, que hay mayor incidencia de problemas de trastorno de salud mental y lo que fuera, porque obviamente uno tiene que estar sincronizado con el mundo en el cual quiere vivir”, describe.
Para Golombek, las pantallas son “la luz mala” porque emiten estímulos de un color y de una longitud de onda que es la que más estimula el reloj biológico y le indica al cerebro que es de día, lo que retrasa el horario de ir a dormir. “Cuanto más podamos exiliar a las pantallas del dormitorio, vamos a dormir mejor. Y otra razón es que esas pantallas, aunque sea la tele a varios metros, engordan, alteran el metabolismo por que hay ciertas hormonas que son sensibles a la luz y hay que secretar de noche y si hay pantallas no se secreta tan bien. Entonces, comiendo lo mismo podés engordar más”, aclara.
«Uno puede ser pobre de tiempo»
Vinculado con la adicción a la conexión permanente y al uso excesivo de las redes sociales, Golombek habla de la “pobreza de tiempo”. “Uno puede ser pobre de tiempo porque no tenés el tiempo adecuado para hacer las cosas que tenés ganas de hacer: estar con tus amigos, con tu familia, salir a dar una vuelta o lo que fuera. Si vos estás pendiente permanentemente de las redes o del teléfono, no sos dueño de tu tiempo”, detalla.
Como contrapartida a la aceleración del ritmo de vida, Golombek reivindica el ocio: “Tenemos que estar un poco haciendo nada. Dejar fluir, dejar que las cosas pasen, eso recontra necesario para la creatividad, para la innovación, para el descanso, para rendir bien cuando efectivamente te pones a laburar”.
CDB/VDM






