No es novedad. Sin embargo, estos días en la Argentina se cristaliza como nunca antes el debilitamiento de la democracia en manos de una derecha neofascista y el capital concentrado tecnofascista como fenómeno globlal. Javier Miei y su amigote Peter Thiel corporizan el ejemplo acabado de un tiempo histórico difícil para el gobierno del pueblo.
La primera semana de la implementación de la reforma laboral coincidió con el día del trabajador. El sueño húmedo del poder económico cumplido, la pesadilla de las mayorías. El calendario, como una daga al corazón de los que viven de un salario, sumó otra coincidencia: también fue la semana en la que el Congreso se transformó en el escenario del circo libertario. El presidente en modo barra brava se llevó la marca a fuerza de insultos a viva voz contra periodistas y legisladores de izquierda, mientras el jefe de Gabinete sospechado de corrupción lograba no salirse del libreto, blindarse y salir fortalecido al menos por un rato. El país del revés. Un presidente que protege a su coordinador de ministros y absorbe el costo político. No obstante, el escándalo que envuelve al deslomado pasará (se quede o renuncie), como pasó el escándalo de Espert y de tantos otros. Urge, entonces, la necesidad de mirar más allá de las coyunturas y las provocaciones, que incluyeron el cercenamiento de la libertad de prensa con el cierre sin precedentes de la Casa Rosada para los periodistas y la reapertura sin más, diez días después. Todo pasa. Nada queda.

La pregunta central debería ser por nuestra Democracia de baja intensidad que parece que –casi– todo lo permite y lo perdona, siempre y cuando el dólar esté tranquilito entre sus bandas.
El presidente de la Nación insulta a los gritos a periodistas; ocupa su mayor parte del tiempo en redes sociales con discursos de odio y se reúne con magnates fascistas a los que la democracia les resulta cada vez más un obstáculo para sus proyectos de acumulación de capital. Mientras tanto, las mayorías populares sufren el paso de la motosierra despiadada. El Mirador de Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE) calculó la destrucción de los ingresos desde que asumió Javier Milei. A un trabajador estatal le sacaron del bolsillo casi 12 millones y medio de pesos. A uno del sector privado, más de 2 millones 200 mil. Y a un jubilado le arrebataron casi 6 millones de pesos. El cálculo total arroja una pérdida para todos los trabajadores activos de 58 billones de pesos desde diciembre de 2023. La casta eran los trabajadores. El resto, viaja en avión privado a Punta y cancherea en el Congreso.

Mirador de Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE)
Aquella megadevaluación de diciembre de 2023 fue la piedra basal de la transferencia de ingresos de los asalariados hacia los grandes empresarios. Luego la ley Bases, la reforma laboral y el ajuste en jubilaciones, salarios, discapacidad, ciencia, cultura, educación y salud completaron el cuerpo de una democracia débil que ya ni cura, ni educa, ni da de comer. Una democracia al servicio de las corporaciones y una república impopular. Dice el politólogo Juan Martín Gené en la tercera edición de la revista Porvenir que «las que no son populares, no son repúblicas sino oligarquías disfrazadas. Las instituciones democráticas sin poder social se vacían, son moldes para las vidas de derecha, juguetes cooptados por una elite embrutecida, que ya no funda diarios, no hace literatura, no dirige: domina acá sirviendo como lumpen a otras mayores«. Lejos de aquella derecha ilustrada, esta que gobierna exhibe con orgullo su ignorancia y degrada todo lo que puede el nivel de los debates. Arrastra a la sociedad al sosiego de no llegar a fin de mes, de perder derechos, de viajar como el traste y elegir entre comida o remedios; mientras pasea a sus cuadros destacados para dar su batalla cultural: el Gordo Dan, Nicolás Márquez, Lilia Lemoine, Tronco, Santillán, Virginia Gallardo, Karen Reichardt y sigue la lista.

Con este telón de fondo y forma, el escenario en vísperas del 1 de mayo para quienes viven de un salario es desolador; pérdida voraz del poder adquisitivo; más de un millón de trabajadores/as de plataformas sumidos a la informalidad; más de 80 mil puestos de trabajo industriales destruidos; cuatro de cada diez que buscan un segundo empleo para no caerse del mapa y salarios pisados mientras sube la inflación.
No hay fórmulas posibles cuando todo parece roto y corrido de su cauce. Pero al menos una premisa debería caer de maduro: organización popular y dirigencia a la altura de las circunstancias, que vuelva a representar a los que sufren. Dos condiciones sine qua non para fortalecer nuevamente el Estado democrático y ponerlo al servicio de las mayorías. Para construir otra realidad posible y sacar a la política de la profunda degradación en la que sucumbió.






